Entrevista | Andrés Neuman Escritor
Andrés Neuman, en Benicàssim: «Escribo para recuperar el asombro infantil por las palabras»
El reconocido escritor protagoniza este 21 de julio la nueva sesión del ciclo 'Leeinfluencers' que organiza el Ayuntamiento de Benicàssim en Villa Ana

El escritor Andrés Neuman habla con 'Mediterráneo' de su última novela sobre María Moliner antes de visitar Benicàssim. / Javier Cebollada
El escritor hispanoargentino Andrés Neuman es el autor de una novela sobre una mujer que ya era literatura antes de convertirse en personaje. En Hasta que empieza a brillar (Alfaguara), María Moliner —la lexicógrafa que ideó un diccionario desde el margen y la resistencia— se transforma en heroína terrenal de la lengua, los cuidados y la cultura pública. Desde una escritura que reivindica la lentitud, la reflexión y la utilidad social de la palabra, Neuman no solo reconstruye su figura, sino que dialoga con ella.
Neuman llega este lunes 21 de julio a Villa Ana, en Benicàssim, para participar en el ciclo Leeinfluencers, una iniciativa del Ayuntamiento que invita a grandes nombres de la literatura a compartir cinco lecturas esenciales. Acompañado por el poeta y dramaturgo castellonense Javier Vicedo, moderador de este encuentro, el autor de libros como Bariloche, Una vez Argentina, El viajero del siglo (Premio Alfaguara y de la Crítica), Hablar solos y Fractura, entre muchos otros, hablará sobre la potencia silenciosa de obras como El baile de Irène Némirovsky, Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, Atlas de Borges o Autobiografía de Irene de Silvina Ocampo.
En esta conversación, el autor defiende el valor político de la ficción, desmonta el falso dilema entre lo bello y lo útil, y propone a la lectura como un acto de hospitalidad radical en un mundo saturado de ruido, algoritmos y dogmas.

El escritor hispanoargentino Andrés Neuman estará en Benicàssim este 21 de julio para participar en el ciclo 'Leeinfluencers'. / Mario Guzmán
Has dicho que el diccionario de María Moliner «brilla desde su resistencia secreta». ¿Hasta qué punto esta novela también es un homenaje a quienes escriben —como tú— contra el ruido, desde la intimidad y la lentitud?
Es una manera bonita de verlo, porque no hay escritura más lenta, reflexiva, plena y, en el fondo, generosa que la de un diccionario como el que escribió, como el que creó María Moliner. Un trabajo que terminó influyendo y mejorando la vida de mucha gente, pero que se gestó en la más solitaria de las situaciones y cuando, aparentemente, era una empresa tan imposible como disparatada.
María Moliner tenía, precisamente, una convicción no solo en la belleza y el placer, sino también en la utilidad social de la lectura y de los libros. A ella la conocemos, sobre todo, por ese diccionario maravilloso que es quizá la gran aventura, o la más grande aventura, en la historia de la lengua castellana. Pero se recuerda menos su labor absolutamente sensacional y conmovedora como bibliotecaria que fue durante toda su vida; de hecho, su oficio, del que se jubiló a los 70 años, era el de archivera y bibliotecaria. Ser archivera le sirvió para rellenar, organizar y estructurar medio millón de fichas, que son las que compusieron su diccionario, pero su experiencia como bibliotecaria, que es riquísima y que se cuenta también en la novela, la lleva a transitar por todos los puestos, por todos los papeles que se pueden tener con respecto al libro y a la lectura: desde fichar y catalogar libros hasta comprarlos para las bibliotecas, hasta fundar bibliotecas. Porque María Moliner, precisamente en la Comunitat Valenciana, fundó casi dos centenares de bibliotecas rurales en los años 30, y ejerció un oficio que yo encuentro particularmente novelesco y precioso que es el de inspectora de bibliotecas rurales. Entonces, ella supo, mejor que nadie, hasta qué punto una biblioteca y un puñado de libros podían influir y enriquecer la vida de pueblos enteros.
Precisamente, esa labor de Moliner como bibliotecaria y su empeño en acercar los libros a todos, ¿no contrasta con la percepción actual de la lectura como un pasatiempo o incluso un lujo? En tu novela, hay un pasaje que resuena mucho con esto.
Sí, en la novela, hay un pequeño pasaje que es como una especie de elogio de la lectura y que resume bastante lo que yo opino de esta cuestión: «Cómo no iba a ser útil la lectura si mejoraba la vida cotidiana, si fundaba una soledad asociativa, si ofrecía más experiencias de las que nos tocaban en suerte, si ampliaba nuestras identidades, nuestro conocimiento del prójimo y nuestro concepto mismo de realidad, si nos permitía comunicarnos con otras épocas, otros lugares, otras lógicas e incluso hablar con muertos».
Esto creo que resume un poco mi opinión sobre esta cuestión, pero también la actitud que, creo, durante toda su vida mantuvo María Moliner como bibliotecaria y como lexicógrafa. Y te lo digo porque existe esta especie de prejuicio que a veces sostienen las propias personas de letras —para mi pasmo— que es la de la inutilidad del arte y la cultura, ¿no? Como diciendo: «qué bonito es dedicarse a algo inútil», una especie de orgullo aristocrático a la hora de dedicarte a algo que encuentras bello aunque no sabes muy bien para qué sirve. Y yo niego la mayor, porque la lectura y la creatividad sirven para muchísimas cosas. De hecho, son más útiles que la mayoría de cosas que conozco, porque causa todos los efectos que te acabo de leer e influye en nuestra conciencia, nuestra visión del mundo, nuestra manera de leer la realidad, tiene efectos reales, concretos, prácticos. Es decir, la lectura no es solo un pasatiempo, aunque sea muy entretenida y a mí me encanta que los libros entretengan.
Pero, efectivamente, la lectura es más que entretenimiento. Al menos esa es mi opinión.
Para mí no está reñida la utilidad social con el entretenimiento, pero la ficción y la reflexión forman ciudadanos, y nuestra actitud en el mundo está muy impulsada por la ficción. De hecho, la gente que dice no tener tiempo para leer porque se dedica a cosas más útiles, muchas veces se dedica, por ejemplo, a las finanzas o a la economía, que son pura ficción. Porque, ¿qué es el capital, qué es la bolsa, qué es el clima de optimismo financiero…? La economía se mueve por fantasías y temores. O el que dice: «no, yo es que me dedico a la especulación inmobiliaria», pues son abstracciones. Con esto quiero decir que todo capital es simbólico aparte de material, ¿no? No opondría yo lo material a lo simbólico, porque los símbolos tienen consecuencias materiales, que pueden ser muy hermosas o muy violentas, y todo lo material se sostiene en algo simbólico, ya sea una ideología, una religión, unos principios…
«María Moliner era Don Quijote y Sancho Panza al mismo tiempo»
Es interesante cómo desvinculas lo «útil» de lo «material» y lo conectas con lo simbólico, e incluso con la literatura. En un mundo cada vez más polarizado y con tanta información y desinformación, ¿crees que la ficción, los libros, pueden servir como un espacio de encuentro y tolerancia?
Por supuesto, cuando digo que la literatura o la ficción es importante, me refiero a que lo más importante de la vida está sostenido en esa materia de la que está hecha la literatura. Y tal y como está el mundo hoy de fanatizado y algoritmizado, de modo que no seamos capaces de convivir sin violencia con otros puntos de vista u opiniones, los libros en particular y la ficción en general van siendo casi el único terreno donde discrepamos civilizadamente. O sea, que con la ficción podemos convivir con un personaje cuyo comportamiento no compartimos, sus ideas no las compartimos, y podemos aceptar esa otra lógica, meternos en esa otra cabeza, o si es un ensayo en esos otros razonamientos, y podemos subrayar o anotar un libro desde la discrepancia y hacer eso que fuera de la lectura se está volviendo tan difícil. Así pues, diría que es una especie de gimnasio de la tolerancia también, y eso tiene profundas repercusiones en nuestra vida real.
La verdad es que se me caen de las manos las razones por las cuales es útil leer. Otra cosa es que alguien me diga «no me gusta», «no me interesa». Bueno, bien, perfecto, yo no digo que tenga que ser obligatorio, no hay que imponer la lectura. Lo que sí digo es que no hay que comprar la idea peregrina y falaz de que es solo una especie de entretenimiento o un lujo para unos pocos. De hecho, como bien supo María Moliner, quien no se puede permitir comprar un libro en una librería, gente que de verdad vive mucho el céntimo que gasta, tiene a su disposición esos templos de la generosidad y la construcción pública que son las bibliotecas.

'Hasta que empieza a brillar'
Autor: Andrés Neuman
Editorial: Alfaguara
296 páginas; 19,85 euros
Por desgracia, se suele confundir con demasiada facilidad la función y relevancia de la cultura y, en este caso, de la lectura.
A mí me gusta hacer elogios de la lectura porque si no se va creando ese prejuicio de «dedicarse el tiempo o la vida a algo útil versus algo bonito». En el caso de la lectura y la cultura, es útil y bonito, francamente. E insisto, a quien no le interese, no pasa nada, pero útil es, y bellísimo también. A veces, en alguna ocasión, escuchas a alguien que dice: «estudia Derecho, que sí es útil». ¿Pero qué es el Derecho sino una construcción de principios, símbolos y valores, más o menos filosóficos o políticos que permiten la convivencia…? El Derecho es pura literatura. Entonces, cuando te contraponen lo creativo a lo útil, ves que lo que llaman útil comparte muchos rasgos con lo literario o lo artístico, que tiene que ver con leer el mundo y poder reconstruirlo, nada menos.
Entiendo tu punto. En ese sentido, yo suelo decir que todo es, en realidad, una ficción.
Claro, pero si lo dices así, sin explicarlo o ponerlo en contexto, alguien puede entender que somos unos cínicos, que relativizamos todo y que no distingues la verdad de la mentira. Lo interesante es que la ficción y la mentira son dos cosas muy diferentes. No son sinónimos. El antónimo de verdad es mentira, no es ficción; la ficción es otro modo de verdad. La ficción se encamina hacia la verdad por otro camino, porque la mentira es, digamos, una tergiversación interesada —en interés propio— de los hechos, es negar unos hechos por interés propio y por razones más o menos egoístas o mezquinas. La ficción es una exploración de la verdad. Y siempre una buena ficción contiene verdades, que no son necesariamente las de los hechos, pero sí las de las metáforas y los símbolos. Los símbolos y metáforas de la ficción, de la buena ficción, son siempre verdad. O sea, El Quijote es verdad de cabo a rabo. Y lo de menos es si Alonso Quijano existió o si Don Quijote es un personaje imaginario, que por supuesto lo es.
¿Cómo concilias esa idea con la importancia de la verdad en un mundo donde la desinformación es un desafío constante?
Todo lo que contiene ese libro [El Quijote] tiene una lectura en términos de verdad. A eso es a lo que me refiero. Entonces, de mentira nada. Y, de hecho, te diría que hasta hoy en día, que hay tanta fake news y tanta mentira interesada —porque hay una fábrica de mentiras por razones económicas y políticas, estamos hablando de granjas de trolls que están a sueldo para inventar cosas; la mentira como oficio, como trabajo, alguien te paga por mentir—, en un mundo tan dominado por eso, o tan condicionado por eso, que se pueda introducir el matiz de la ficción como modo mucho más noble de indagar en la discusión acerca de la verdad, te diría que es casi un antídoto. Distinguir entre una mentira y una ficción es un ejercicio esencial que sí sería digno de formar parte de la formación básica de cualquier persona, se dedique a lo que se dedique.
«La palabra que guardaría como un talismán es ‘cuidar’, que viene de ‘pensar’»
Y en ese sentido, ¿qué papel crees que puede tener hoy el escritor? ¿Hay una responsabilidad inherente en su labor de explorar la verdad a través de la ficción?
Yo no mitifico la figura de los llamados intelectuales. Tengo una visión muy horizontal de eso. Yo no creo que las personas que nos dedicamos al arte o a la creación ejerzamos ningún tipo de superioridad, ni moral ni estética, o sea, no creo en las élites, en general. Durante demasiado tiempo, se ha construido una figura del intelectual como portavoz privilegiado de las opiniones inteligentes —o inteligentes en el mejor de los casos, ¿verdad?— o dignas de ser escuchadas. Eso, a veces, es a costa de no escuchar otras voces. De ahí que no piense que tengamos un papel esencialmente distinto de ninguna persona que trata de ejercer digna y decentemente su trabajo. Yo solo trato de tener toda la dignidad y decencia de la que soy capaz cuando trabajo en lo mío, que es escribir. Pero eso mismo opinan la mayoría de trabajadores que conozco. No pretendo que mi trabajo tenga una consideración diferente. Es, simplemente, que como parte de nuestro trabajo pasa necesariamente por pensar en estas cosas, a mí me interesan y me atraen naturalmente.
Te diré también que no me gusta que en el mundo de la cultura se reproduzcan los mecanismos elitistas de la política institucional. Por esa razón, no creo que ningún oficio sea el portavoz de los demás oficios en materia de interés general. Es evidente que, ojo, es evidente, que en materia de física cuántica, los físicos tienen una opinión central y en materia de fontanería la opinión de un fontanero importa más que la mía. Pero cuando hablo de las cuestiones que son comunitarias, de lo que nos afecta como sociedad, todas las cuestiones que son de interés común me parecen que tienen que ser debatidas colectivamente, y no que siempre hablen los mismos en presunto nombre de.
Tocas un punto interesante sobre la comunidad, porque a través de tu obra, de tu poesía, tus relatos breves y tus novelas, en cierto modo has generado una comunidad lectora. De ahí que te pregunte cómo crees que ha cambiado tu relación con el lector en esta era digital, con tanto ruido y saturación de información. ¿La lectura sosegada tiene un espacio diferente ahora?
Precisamente, con tanto ruido y tantas distracciones y tanta hiperconectividad se produce un fenómeno paradójico con respecto a la lectura. Porque, por un lado, parece haber menos espacio, tiempo y ocasiones para ejercer la lectura sosegada. Y, por otro lado, y precisamente por cómo son nuestros tiempos, la lectura sosegada es más necesaria que nunca.
En un tiempo tan acelerado y neurótico como el nuestro, es un ejercicio no ya intelectual, sino espiritual y emocional, el parar la máquina, detener las espirales de vértigo que no van a ninguna parte y concentrarte en una historia, en un discurso, en un conjunto de ideas, y tener eso que se llama «un tiempo de reflexión», que es algo que todas las culturas han buscado por todos los medios. Es algo que sana espiritualmente. Si no tuviéramos un tiempo tan ruidoso como mencionabas, no sería tan crucial leer y, como decía Antonio Machado, «pararse a distinguirse las voces de los ecos». Ahora mismo estamos en un mar de ecos, muchos de ellos confusos e interesados, y abrir un libro, un buen libro, lo que cada cual entienda por un buen libro, es el milagro de refrescarse con una voz y no con una maraña de ecos.

Imagen de archivo de la lexicógrafa y bibliotecaria María Moliner en su despacho. / MEDITERRÁNEO
Volviendo a la figura de María Moliner, en Hasta que empieza a brillar, ella se convierte en una heroína del lenguaje. ¿No sé si estarás de acuerdo con esta afirmación?
Sin duda, aunque diría más bien que ella es una heroína terrenal y con conciencia de clase. Lo genial es que es una heroína de la vida cotidiana. No es una heroína porque recorra con sus superpoderes los espacios siderales o un mundo que no es el de su prójimo, sino que María Moliner era Don Quijote y Sancho al mismo tiempo. Era Don Quijote porque se proponía metas aparentemente idealistas, como por ejemplo llenar su país de bibliotecas públicas o poner una biblioteca pública en cada pequeño pueblo, que en su época era una utopía, o escribir ella sola un diccionario ella sola durante 16 años y 80.000 palabras y medio millón de fichas que pusieran en jaque la autoridad de la Real Academia y la censura franquista, pues parecen objetivos bastante altos de alcanzar. Y, sin embargo, era también Sancho Panza porque era una mujer muy consciente y preocupada por las pequeñas necesidades materiales del día a día. Tenía un enorme sentido práctico, mucha sensatez, y tanto en su labor de bibliotecaria como lexicógrafa, ello se fue llevando a la práctica.
«No creo que las personas que nos dedicamos al arte tengamos ningún tipo de superioridad»
¿De qué modo llevó esa práctica de la que hablas?
Ella, como bibliotecaria, aparte de todo lo que te he contado, publicó dos textos fundamentales en la historia de las bibliotecas españolas: una, fue un proyecto de ley para articular las bibliotecas públicas de todo el Estado, una ley que se llegó a aprobar; desgraciadamente, al final de la Guerra Civil, así que solo se aplicó unos pocos meses, pero ya tenía una idea de cómo gestionar, administrar y comunicar todas las bibliotecas públicas del país, y de hecho es una ley que inspiró un poco la reconstrucción bibliotecaria de España tras el regreso de la democracia. Pero al mismo tiempo que tenía esa capacidad de abstracción e idealismo, publicó otro librito hermoso que se llama Instrucciones para pequeñas bibliotecas, y en esas instrucciones ella pensaba en los muebles de las bibliotecas, en cómo iluminarlas, en el estado de ánimo de las personas que trabajan allí, e incluso el material del que convenía que fuesen las estanterías para que resultasen más fáciles de limpiar o no ardieran en caso de incendio o bombardeo. O sea, estaba ocupada articulando las bibliotecas del Estado y en limpiar las estanterías. En lo grande y en lo pequeño, en lo macro y en lo micro, en lo conceptual pero sobre todo en lo cotidiano.
Y, luego, cuando hizo su diccionario, procedió exactamente así con respecto a la lengua. Tenía ideas sofisticadas y modernas, casi de vanguardia con respecto a qué es un diccionario y a quién le pertenece la lengua y cómo usarla, pero al mismo tiempo sus definiciones y sus ejemplos de uso son de una atención al detalle cotidiano y de un sentido común aplastante. Entonces, digamos que en María Moliner hay un proyecto cultural pero también de vida, que es ser audaz y razonable. Rebelde desde el sentido común. La rebeldía del sentido común. Fue una heroína con los pies muy pegados a la tierra y eso es una de las cosas que más admiro de ella y que más admiro en general de las personas que tratan de aportar algo a su comunidad, que no estén elucubrando sin contar con la vida diaria, sino que estén pensando cómo hacer para enriquecer la vida diaria y traducirla a un lenguaje más amable, compartible y placentero para todo el mundo. Y me gusta pensar que la literatura, para quienes la disfruten, puede cumplir esa función.
Entiendo, por tanto, y me atrevería a decir que sí, que encontraste en María Moliner una especie de cómplice insospechada.
No soy quién para ser cómplice de María Moliner. Eso sería intentar ponerme a su altura, y no. Yo he escrito una novela sobre ella porque la admiro, porque adoro su legado, porque me parece necesario y parcialmente olvidado, pero me puedo considerar, en el mayor de los casos y en términos culturales si quieres, su discípulo, no su cómplice; su discípulo porque la maestra es ella. Y en términos afectivos, que es como está escrita la novela también, un poco me gusta imaginármela como una especie de abuela ficcional. Creo que María Moliner, que creó un diccionario que ha estado en muchas casas, en muchas familias, y que ha pasado de generación en generación, de algún modo en la novela la retrata como la abuela de todas las personas que quieren las palabras y que se interesan por ellas. Entonces la veo más como una maestra y una abuela simbólica, que como una cómplice o una compañera, porque quién soy yo para ponerme a su altura. Jamás osaría.

Para Neuman, María Moliner fue «rebelde desde el sentido común». / Mario Guzmán
Si tuvieses que guardar una palabra de su diccionario como un talismán, una que te represente o te acompañe al escribir, ¿cuál sería y por qué?
«Cuidar». Porque estamos en una época en la que se están replanteando los cuidados: quiénes los ejercen, cómo sostenerlos, cuál es la relación entre cuidado, trabajo y economía, conciliación familiar... En fin, que los cuidados son asuntos muy profundos. Y, al mismo tiempo, fíjate, esto es muy Moliner, porque son cuestiones de mucho calado social y al mismo tiempo muy del día a día cotidiano: el cuidado sin atención material al día a día no son cuidados. No puedes cuidar sin atender a la cotidianidad. Y al mismo tiempo, al hacerlo y al pensar en ello, terminas pensando en la sociedad entera. Por otra parte, la palabra «cuidar» la he elegido porque María Moliner la define genialmente en su primera acepción como «pensar», que es una definición que parece extraña hasta que te das cuenta de que te está dando la etimología de «cuidar».
¿Y cuál es?
La etimología de «cuidar» en latín es cogitare, que significa «pensar». Cuidar viene del cogitare latino, del pensar, y fue evolucionando fonética y semánticamente hasta dar «cuidar». Sin querer soltarte un rollo filológico, la evolución es cogitare, coitare, cuitar, cuidar. Eso a lo largo de los siglos. Entonces, al recordarnos ella que el cuidado viene del pensamiento, parece estarnos diciendo primero que las esferas de lo intelectual y lo afectivo no deberían estar separadas y no están ni siquiera etimológicamente separadas. Que lo más inteligente que podemos hacer es cuidar, cuidarnos, lo que nos importa, lo que hace falta, y toda la obra y la vida de María Moliner consistió en cuidar el pensamiento y en pensar en los cuidados. Por eso elijo esa palabra en el sentido en que lo define María Moliner: cuidar el pensamiento y pensar en los cuidados.
Una última pregunta, Andrés. Si tu hijo, dentro de veinte años, te preguntara por qué dedicaste tu vida a las palabras, ¿qué le responderías?
Qué bonita pregunta. Espero estar aquí para cuando llegue esa pregunta y transcurra ese tiempo, y la primera respuesta que se me ocurre es la propia reacción que tenía mi hijo cuando hasta hace no mucho aprendía una palabra y se quedaba mirando y con una sonrisa de felicidad me decía: «qué buena palabra».
Las palabras son asombrosas y fulgurantes, y muy emocionantes, y ese asombro lo vamos olvidando o perdiendo poco a poco, pero lo tuvimos, lo ejercimos en nuestra primera infancia. Yo lo vi en mi hijo, y me atrevería a decir que leemos o escribimos, precisamente, para preservar o recuperar algo de ese fulgor sagrado ante el lenguaje en el que todos nos iniciamos para aprender a hablar. Así que la razón por la que me dedico a las palabras, le diría quizás a mi hijo, es para alcanzar el estado de asombro y disfrute verbal en el que él estaba cuando empezó a hablar.
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