Espígol Fest: cine y resistencia contra la despoblación a través de la cultura en el interior de Castellón
El certamen cinematográfico consolida su cuarta edición con más público, nuevas casas de la localidad donde se proyectaron las cintas seleccionadas y muchos grandes retos para el futuro

Una de las proyecciones que tuvieron lugar durante el fin de semana en el Espígol Fest. / Javier Ortí
En Herbers, un pequeño municipio del interior de Castellón donde la memoria y el viento comparten protagonismo entre piedras centenarias, volvió a brotar el cine. Del 17 al 20 de julio, Espígol Fest celebró su cuarta edición, reafirmándose como un festival íntimo, pero de mirada amplia, donde las imágenes proyectadas dialogan con la despoblación, la inclusión y la diversidad.
Un festival-boutique que echa raíces no solo en la comarca de Els Ports, sino también en la conciencia de quienes creen que la cultura puede -y debe- transformar el territorio.
Más de 30 proyecciones, debates, conciertos, talleres y encuentros con creadoras marcaron una programación tan diversa como comprometida. Desde las secciones oficiales a las sesiones en casas particulares, ampliadas este año de dos a cuatro, el certamen demostró que el cine no necesita grandes salas para emocionar, sino paredes dispuestas a abrirse y vecindarios con ganas de mirar juntos.

Foto del público asistente a una de las proyecciones. / Javier Ortí
Altavoz cultural para toda la comarca
«Queremos que el festival crezca en red, que contagie a otros pueblos y sirva de altavoz cultural en toda la comarca», explica Pau Guillén, nuevo director del festival. La idea de red no es retórica: el equipo trabaja ya para extender el modelo a localidades vecinas como Monroyo, Torre de Arcas o Peñarroya de Tastavins, al otro lado de la linde aragonesa.
Herbers, que pasó en pocos años de 42 a 72 habitantes gracias a proyectos de inclusión y vivienda sostenible impulsados por el Ayuntamiento y la Asociación Àmbit, es hoy un ejemplo de resistencia rural, con el cine como herramienta de cohesión.
Entre las proyecciones más aplaudidas estuvieron L’Àvia i el foraster, de Sergi Miralles, un canto a las segundas oportunidades desde el medio rural, y La dansa del pastor, de Andreu Signes, que recupera la memoria colectiva a través de una danza tradicional casi olvidada. Ambas contaron con la presencia de sus protagonistas, fortaleciendo el lazo entre pantalla y realidad.
También hubo espacio para el futuro: la colaboración con EDAV cristalizó en un primer encuentro de guionistas que aspira a convertirse en residencia creativa. «Queremos que este pequeño pueblo se convierta en un lugar donde los guionistas vengan a crear sus películas, a inspirarse, a convivir con la realidad rural», afirma Guillén. Una visión que trasciende la exhibición y apunta hacia la producción cultural con arraigo.
Espígol Fest no es un escaparate de modas ni un evento turístico al uso. Es un festival que se celebra con calma, desde el detalle, como quien cuida un huerto o conversa al fresco al atardecer. Un festival que siembra cine donde otros solo ven silencio. Y esa siembra ya empieza a dar frutos.
Con un público cada vez más diverso, el Espígol Fest logra también mayor implicación del vecindario y la voluntad firme de construir comunidad desde la cultura.
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