Harold Pinter, el dramaturgo que hizo del silencio una forma de verdad
El 23 de noviembre, el Teatre Principal de Castelló acoge la representación de la obra 'Viejos tiempo', del Premio Nobel de literatura

Harold Pinter recibió el Premio Nobel de Literatura en 2005. / Faber & Faber
El teatro de Harold Pinter nunca se deja atrapar. Se mueve en esa frontera incómoda donde lo real y lo irreal conviven, donde la memoria es terreno inestable y donde cada palabra –y, sobre todo, cada silencio– abre un abismo bajo los pies del espectador. Este domingo, 23 de noviembre, el Teatre Principal de Castelló vuelve a ese territorio movedizo con Viejos tiempos, una de las piezas más deslumbrantes de su etapa madura, dirigida por Beatriz Argüello y con un reparto encabezado por Ernesto Alterio, Marta Belenguer y Mélida Molina. Un lleno absoluto para una obra que sigue siendo un desafío: un espejo que devuelve más dudas que certezas.
Nacido en 1930 en el East End londinense, Pinter creció en un barrio golpeado por la guerra y la precariedad. Esa infancia marcada por los bombardeos y el exilio temporal forzado por la Segunda Guerra Mundial dejó algo más que imágenes grabadas: le enseñó que la amenaza puede ser silenciosa, que lo cotidiano está lleno de grietas por las que se cuela lo siniestro. Quizá por eso, ya desde sus primeras piezas, convirtió una habitación cualquiera en un espacio de tensión latente, un lugar donde la violencia no se expresa con golpes, sino con respiraciones entrecortadas, frases suspendidas y miradas que no encuentran descanso.
De intérprete a creador
Antes de convertirse en dramaturgo fue actor. Recorrió teatros de repertorio bajo el nombre de David Baron, aprendiendo a escuchar lo que ocurre entre líneas. Después llegarían The Room, The Birthday Party y The Dumb Waiter, obras que pusieron nombre a un estilo: lo «pinteresco». Ese adjetivo, hoy parte del vocabulario crítico internacional, describe un teatro donde el silencio es arquitectura, el diálogo es combate y la verdad siempre se escabulle.

Ernesto Alterio, Marta Belenguer y Mélida Molina protagonizan la obra 'Viejos tiempos' en el Teatre Principal de Castelló el día 23. / MEDITERRÁNEO
Pero Pinter no se conformó con construir atmósferas. Fue un creador obsesionado con la fragilidad del lenguaje. Influenciado por Beckett y por la filosofía de Wittgenstein, rechazó la idea de que el teatro deba explicar o unificar nada. Los personajes pinterianos no dicen lo que sienten; o lo dicen demasiado, pero sin decir nada. Lo importante no es lo que se pronuncia, sino lo que se oculta, lo que late bajo la superficie. De ahí sus célebres pausas –elipsis, «pause», «silence»– que más que interrupciones son estallidos comprimidos.
Un triángulo emocional
Viejos tiempos pertenece a esa fase en la que el pasado se convierte en materia dramática. Estrenada en 1971, la obra propone un triángulo emocional que se deshace a medida que cada personaje recuerda –o inventa– versiones contradictorias de lo vivido. Anna llega a visitar a Kate y a Deeley, y ese reencuentro abre una guerra sutil en la que los recuerdos funcionan como armas, como territorios a conquistar. Nada es estable: lo que uno afirma, otro lo reformula; lo que parecía un gesto inocente se convierte en una revelación amenazante. Pinter muestra así cómo cada biografía es una narración en disputa, un relato que se rehace para sobrevivir.
Lo extraordinario de esta obra –y lo que explica su vigencia– es que no ofrece claves. No invita a descifrar un enigma, sino a aceptar que no hay solución. Pinter lo dijo con brutal claridad: «No hay una cosa tal como la verdad en el arte dramático. Hay muchas». La producción que recala en Castelló acentúa esa opacidad luminosa: la dirección de Argüello se apoya en la precisión rítmica, en la vibración emocional contenida, en una tensión que se respira incluso cuando nadie habla.
Harold Pinter murió en 2008, pero su teatro continúa respirando con la misma inquietud. Su obra no envejece porque habla de algo que no cambia: la fragilidad de la memoria, la violencia del lenguaje, la imposibilidad de poseer la verdad del otro. Viejos tiempos lo recuerda con fuerza. Y Castelló, este domingo, 23 de noviembre, se convertirá en ese cuarto cargado de sombras donde tres personas se debaten por algo tan humano como inasible: el recuerdo de quien fuimos.
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