Icono de la cultura pop
10 años sin David Bowie, la ‘estrella oscura’ que hizo de la transformación un arte
Una década después de su muerte, el 10 de enero de 2016, el artista británico es percibido como un visionario que se adelantó a muchas tendencias actuales, en la música y más allá de ella

Vista de las flores depositadas junto al mural de David Bowie en el primer aniversario de su muerte en Londres, Reino Unido el 10 de enero de 2017. / FACUNDO ARRIZABALAGA / EFE
Jordi Bianciotto
Han pasado diez años desde que, aquella madrugada (en Europa), corrió la noticia de que David Bowie había muerto, un enunciado que todavía hoy puede despertar la incredulidad. Hacía solo dos días que nos había asombrado con una obra bella y turbia, ‘Blackstar’, llena de preguntas a las que su fallecimiento dio súbita respuesta. Sí, entendimos de repente que Bowie había estado muy enfermo, algo que solo sabían en su círculo más cercano, y que el álbum era un majestuoso acto final destinado a consagrar para siempre su aura de artista total.
La ‘estrella oscura’ titular apuntaba a la vaga idea de una fuerza gravitatoria primigenia que retiene su propia luz y que puede distorsionar la noción de tiempo, situando así aquella pieza de música a las puertas de la eternidad. Es una lectura posible, entre la ciencia y la poesía, en línea con la realidad de un Bowie consciente de su cercano final: 18 meses antes se le había diagnosticado el cáncer de hígado, y en noviembre de 2015 le hicieron saber que era inoperable (parte médico que se sumó a un intenso historial cardíaco, con seis infartos registrados desde 2004, cuando tuvo que interrumpir su última gira). Bowie falleció con 69 años recién cumplidos, el 10 de enero de 2016, impidiéndonos contemplarlo adentrándose en la vejez y dejando un álbum final que hoy suele ser citado entre los mejores de su tiempo.
Y lo que casi es más difícil: tan bueno o mejor que sus propias y canonizadas obras de su período imperial, entre 1969 y 1980. Una década larga en la que Bowie fascinó con su transformismo sonoro y estético, en la que fundió impacto popular y vanguardia, y fue ‘crooner’ mod y cantautor folk, la andrógina criatura glam y el estilizado Duque Blanco del ‘plastic soul’, un explorador electrónico y el icono definitivo del art-rock, justo antes de convertirse, con ‘Let’s dance’ (1983), en figura para todos los públicos y poner en riesgo todo el prestigio acumulado. De ahí parte el nuevo documental ‘Bowie, el último acto’, de Jonathan Stiasny (estreno, este sábado en Movistar+), que sitúa el punto de conflicto en su establecimiento como estrella ‘mainstream’ y en el largo camino de vuelta a la notoriedad cultural.
Llorar por una crítica
Visto con los ojos actuales, puede sorprender, pero, sí, hubo un tiempo en que David Bowie era el artista comercial que había perdido el ‘mojo’ y que alimentaba el apunte sarcástico-destructivo en la prensa especializada. El filme se detiene ahí y muestra al crítico británico Jon Wilde un tanto abochornado al releer en la actualidad su propia reseña que, en 1991, escribió del segundo álbum de Tin Machine en ‘Melody Maker’ (donde llamaba a Bowie “pobre iluso”, “hazmerreír internacional” y “puto desastre”), y que, según revela el productor Tony Visconti, hizo llorar al artista.
Buena parte de la crítica británica (y no solo) era así en aquellos años en que todo lo ‘indie’ parecía fenomenal y lo ‘major’ era sinónimo de adocenado, si bien es cierto que Bowie se acomodó como creador (aunque incluso en sus complacientes años 80, alumbró canciones consignables como ‘Loving the alien’ o ‘Absolute beginners’) y luego falló al mostrarse desesperado por parecer moderno. Incluso 'Tin Machine' se adelantó, a su incomprendida manera, al rock alternativo guitarrero y al grunge, pero, entrados los 90, Bowie, aunque entregó buenos discos (‘Outside’, reencuentro con Brian Eno) ya no era percibido como el artista que anticipaba las modas, sino el que se apuntaba a ellas (el drum’n’bass de ‘Earthling’). Dejó de ser ‘mainstream’ sin capturar al público alternativo. En España fue visible su declive popular: su última visita, en 1997, recaló en un Pabellón Príncipe Felipe, de Zaragoza, con media entrada, y el concierto de Madrid se tuvo que trasladar de Las Ventas a la sala Aqualung (aforo: 2.000 personas).
El agente transformador
Todo ello contrasta con el actual consenso admirativo hacia su figura. Los patinazos fueron enterrados por su posterior remontada artística (el reencuentro con su yo neoclásico en el excelente ‘Heathen’, 2002, y sobre todo, el deslumbramiento que produjo ‘Blackstar’) y, más importante si cabe, hay una asimilación transversal de los logros, desafíos e innovaciones amontonados en el conjunto de su carrera.
El legado no es solo musical. Apunta a la transformación como eje vital, a quemar etapas y convertirte en alguien distinto en cada una de ellas, un principio que se alinea con carreras actuales como las de Taylor Swift (con sus ‘eras’) o Rosalía (y su metáfora de la crisálida). Es probable que el joven público de estas cantantes no tenga a David Bowie en su radar, aunque ellas se beneficien de las sacudidas que él practicó. Cambios que se proyectan también a la esfera colectiva, y en la identidad sexual, ahora que conceptos como liquidez y autodeterminación de género están en el ambiente. Y a la insinuada atracción por lo no humano, por el alma que pueda atesorar un flujo de datos.
Una vida alienígena
Bowie deslizaba esa idea en una entrevista de 1999, reflejada en ‘El último acto’, cuando apunta que la música ya ha dejado de ser “rebelde”, “subversiva” y de estar en disposición de “provocar un cambio”, reclamos que le acercaron a ella cuando tenía 19 años y que décadas después se habrían desplazado a un nuevo actor: Internet. Un ente “emocionante y aterrador”, “una forma de vida alienígena”, advierte ante el incrédulo entrevistador. Vida marciana que ya está aquí, en la Tierra, acaba diciendo con una sonrisa chispeante, tal vez soñando con la hoy materializada IA.
La última transformación de Bowie fue la más sobrecogedora: avistaba la morada final, la conversión en ‘estrella oscura’, haciendo de la muerte y la dimensión trascendente un inspirador material pop (aunque ‘Blackstar’ fuera concebido como un disco de rock interpretado por músicos de jazz). Ese último episodio, que protagoniza un libro publicado esta semana en el Reino Unido (‘Lazarus: the second coming of David Bowie’, de Alexander Larman), podría haber tenido continuidad: Bowie tenía ideas de nuevas canciones, esbozos, cuando la muerte sobrevino. Tal vez en otra vida, allá en Marte.
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Fuente: El Periódico
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