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El auge de los talleres literarios en Castellón: escribir como quien busca aire en medio del ruido

Los cursos o talleres de escritura funcionan o pueden llegar a funcionar como espacios de acompañamiento, lectura, comunidad y resistencia. Exploramos algunos de ellos

Los talleres o clases de escritura creativa ayudan a las personas a ser lectores más atentos y críticos.

Los talleres o clases de escritura creativa ayudan a las personas a ser lectores más atentos y críticos. / MEDITERRÁNEO

Eric Gras

Eric Gras

Cada año se editan en España alrededor de 90.000 libros. Es una cifra que, más que impresionar, abruma. Según los últimos datos presentados a mediados de 2025 en el Avance del Informe de Comercio Interior del Libro –elaborado por Conecta para la Federación de Gremios de Editores de España, con el patrocinio del Ministerio de Cultura y CEDRO–, el mercado editorial sigue creciendo tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, y todo apunta a que en 2026 la tendencia continuará. De ese océano de novedades pueden extraerse varias conclusiones, pero hay una que resulta especialmente reveladora: nunca tanta gente quiso escribir. O, siendo más precisos, nunca tanta gente quiso publicar.

La autopublicación es quizá el síntoma más visible de este fenómeno. En un artículo de Raúl Alonso para Zenda, se recordaba que en 2023 los títulos autopublicados superaron a los tradicionalmente editados en una proporción de 4,6 a 1 —2,6 millones frente a 563.019—. No todos los que escriben se autopublican, por supuesto, pero las cifras apuntan a algo más profundo que una mera cuestión de mercado: la escritura se ha convertido en una experiencia deseada, en un espacio donde volcar inquietudes, ordenar el pensamiento o, simplemente, buscar una forma de reconocimiento simbólico en una sociedad saturada de estímulos.

Existe, negarlo sería una necedad, un altísimo porcentaje de personas que quieren ser escritores o, al menos, considerarse escritores. Unos porque ven en la palabra un verdadero acontecimiento; otros porque creen que la literatura sigue otorgando cierto prestigio en la escala social. De todo hay, claro está. Y quizá por todo eso, desde hace ya muchos años proliferan los talleres de escritura a lo largo y ancho del país. Castellón no es ajena, ni por asomo, a esa realidad.

¿Se puede aprender a escribir?

Antes de entrar en nombres propios y programas concretos conviene hacerse una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué es exactamente un taller de escritura? ¿Escribir se aprende? Escribir se aprende, claro. Pero dedicarse a la narrativa, al ensayo, a la poesía o al teatro es otra cosa. Al menos, esa ha sido siempre mi opinión. La mejor escuela de escritura posible sigue siendo la lectura. Leer como si no hubiera un mañana. Leer con voracidad, con método, con curiosidad, con desobediencia.

Recuerdo una escena de hace más de una década, durante la charla inaugural de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la FIL, mi querida FIL. En aquel diálogo moderado por Juan Cruz participaron Mario Vargas Llosa y David Grossman. En un momento dado, el escritor israelí aseguró que para escribir mínimamente bien uno debe haber leído mucho, leer mil páginas para poder escribir una sola línea. Hay quien encuentra la palabra justa con mayor facilidad, pero no siempre es así. De ahí la búsqueda de herramientas, de métodos, de acompañamientos que ayuden a construir una historia.

Porque escribir es un riesgo y una responsabilidad. Lo es por el cuidado del lenguaje, por el respeto a las estructuras narrativas, por la necesidad de conocer la tradición antes de intentar desmontarla. Y porque, de un tiempo a esta parte, parece haberse perdido cierto gusto por el estilo, por el trabajo paciente con la frase, por el atrevimiento bien fundamentado. En ese contexto, los talleres pueden aparecer como espacios de resistencia –o al menos de reflexión– frente a la escritura apresurada.O eso quisiera yo pensar.

Acompañamiento individual

Si alguien quisiera escribir en Castellón, ya sea por ocio o por una necesidad más profunda –ese impulso vital que le empuja a uno a asomarse al abismo y a desnudar el yo mediante la imaginación o la confesión–, existen varias opciones. Una de las más relevantes llegó hace unos años de la mano de Fuentetaja, prestigiosa escuela de escritura que aterrizó en la capital de la Plana con Óscar Gual al frente. Tras su marcha, tomó el relevo Carlos Tosca, quien finalmente dejó la escuela para seguir su propio camino.

«Doy clases particulares para novelistas que tienen un proyecto», explica Tosca. «Ahora me dedico más a ofrecer clases individualizadas para aquellos que, con esa idea concreta en mente, necesitan o requieren de ayuda para escribirla, o ya la tienen escrita y lo que buscan es publicarla, sea en mi editorial o en cualquier otra. Tratamos de acompañarlos en el proceso, tanto de escritura como el posterior. Es algo que llevo haciendo desde hace años con resultados notables debido a mi experiencia como lector, como escritor y también, claro, como editor», destaca el propio Tosca, quien recordemos es el editor de La Pajarita Roja, sello en el que ha aparecido recientemente la novela Olvido, del autor de Moncofa Pedro Paradís, quien desde 2016 también imparte talleres de escritura creativa tanto presenciales como on line. Aquí la enseñanza literaria se entrelaza con el conocimiento del circuito editorial, una combinación que muchos aspirantes consideran clave.

Unaria: escritura como comunidad

Otra de las iniciativas más consolidadas en la provincia es la que impulsa Unaria Ediciones, con Amelia Díaz Benlliure al frente. «Desde 2018, nuestros talleres se imparten quincenalmente en la sede de Unaria ediciones en Castelló, o en distintos municipios de la provincia, en bibliotecas o asociaciones culturales (La Vall, Onda, Betxí, Alcalà de Xivert, Vila-real…)», explica la también poeta.

El número de participantes oscila entre 4 y 12 personas, a partir de los 14 años, aunque también se realizan talleres infantiles y juveniles. La metodología combina lectura, análisis colectivo y propuestas creativas. «Cada taller se inicia con la lectura en voz alta de los relatos propuestos en la quincena anterior. Se comentan y sugieren mejoras, con mucho respeto, entre todas las personas asistentes», señala Díaz Benlliure.

A partir de ahí, el taller se adentra tanto en cuestiones técnicas –creación de personajes, escritura de diálogos, voz narradora, escaleta– como en ejercicios de carácter más lúdico y experimental. «Siempre les digo que estos talleres les van a ayudar a mejorar su escritura, a organizarla, a estimularles; pero que la creatividad la tienen dentro. Y eso no se enseña», matiza. En esa frase se condensa una idea clave: el taller como catalizador, no como fábrica de escritores.

Miguel Torija: escribir como excusa

El escritor Miguel Torija comparte una visión similar, aunque desde una experiencia muy diversa. «Imparto talleres de escritura creativa periódicamente por Europa, en centros educativos y de formación de profesores que imparten Lengua Castellana fuera de España», nos dice. En Castelló, actualmente dirige la cuarta edición del taller de escritura de la Biblioteca Rafalafena, que se desarrolla desde el pasado diciembre hasta junio de este 2026 y ha ampliado su aforo hasta los 25 alumnos debido a la alta demanda.

Torija es claro: «Los talleres literarios solo sirven como excusa para escribir. El objetivo no es enseñar a escribir ficción. Lo más que deberían pretender es animar y acompañar en la escritura para que cada uno encuentre su estilo». En su caso, trabaja con tres perfiles muy distintos: público adulto aficionado, estudiantes de lengua castellana en Europa y profesores de lenguas que desean incorporar la escritura creativa a sus clases.

La metodología combina microrrelato, cine, propuestas prácticas y una intensa labor de devolución crítica. «Lo importante es que escriban, que ellos mismos generen un espíritu crítico con lo que escriben, que se lean y relean, que corrijan, que mejoren…», apostilla. A veces, incluso, el taller desemboca en la participación en concursos literarios, no como meta, sino como estímulo.

La universidad y la técnica

Otro gran pilar de esta variada oferta lo encontramos en la Universitat Jaume I, donde la escritora Carmen Amoraga, toda una premio Nadal, coordina un ambicioso taller de escritura creativa desde octubre del pasado 2025 hasta el próximo mes de junio. El programa es exhaustivo y aborda desde la construcción de personajes hasta la relación entre literatura e inteligencia artificial, pasando por estructura, diálogo, narrador, tiempo, espacio y mercado editorial.

Aquí la escritura se plantea desde un enfoque claramente técnico y profesionalizante, algo coherente con el contexto universitario. Es, quizá, la propuesta más sistemática, la que más se aproxima a una «escuela» en sentido estricto.

'Enfermar' de literatura

Llegados a este punto, conviene volver a la pregunta inicial. ¿Sirven los talleres de escritura? Mi tesis –si es que importa– es que pueden ayudar, y mucho. Pero si alguien quiere dedicarse de verdad a la literatura debe, antes que nada, enfermar de ella. Abandonarse a la lectura, a la reescritura, a la duda constante. Escribir no por la promesa de publicación ni por la mediatización que conlleva un libro, sino por la necesidad íntima de vivir a través de las palabras.

Hay escritores de verdad que no han publicado nunca, o que han publicado muy poco. Y, sin embargo, han hecho de la literatura su forma de estar en el mundo. Tal vez los talleres no formen escritores, pero sí pueden crear algo igual de valioso: lectores más conscientes, escritores más humildes y comunidades donde la palabra aún importa.Y eso, en tiempos de ruido, no es poca cosa.

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