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El Museo Nacional Reina Sofía cumple 40 años: la huella de Castellón en su ADN

Dos de los históricos directores del MNCARS, Tomás Llorens y Manuel Borja-Villel, marcaron el devenir de la gran pinacoteca desde sus inicios, entre el rigor historiográfico y la crítica institucional

Vídeo: El ADN de Castellón en el Museo Reina Sofía

MEDITERRÁNEO

Eric Gras

Eric Gras

El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía cumple este 2026 40 años y la efeméride invita a algo más que a repasar cifras, ampliaciones arquitectónicas o récords de visitantes. Invita a mirar su historia como se mira una obra compleja: atendiendo a sus capas, a sus tensiones internas y a las ideas que lo han ido moldeando. En ese relato, que es también el de la España democrática, Castellón ocupa un lugar inesperado pero decisivo. Dos directores nacidos en la provincia, Tomás Llorens y Manuel Borja-Villel, fueron responsables de forjar buena parte del ADN intelectual y político del museo.

El Reina Sofía no nació museo. Nació edificio rescatado. El antiguo Hospital de San Carlos, concebido en el siglo XVIII por Sabatini, sobrevivió al abandono, al cierre y a la amenaza de demolición antes de convertirse en contenedor cultural. Las torres de vidrio instaladas a finales de los 80 abrieron literalmente el museo a la ciudad, y la ampliación de Jean Nouvel, inaugurada en 2005, lo consolidó como complejo multidisciplinar. Pero ningún gesto arquitectónico habría sido suficiente sin un proyecto de pensamiento detrás.

De centro de arte a museo

Ese proyecto comenzó a tomar forma con Tomás Llorens, natural de Almassora, que asumió la dirección en 1988, justo cuando el centro pasaba a ser oficialmente Museo Nacional. Llorens llegaba con una idea clara: un museo no es un escaparate, sino un relato construido con método. Su tarea fue titánica y silenciosa. Había que transformar un centro de exposiciones en una institución con colección, criterios historiográficos y vocación de investigación.

Tomás Llorens estuvo al frente del Reina Sofía cuando pasó de ser centro de arte a Museo Nacional a finales de la década de los 80.

Tomás Llorens estuvo al frente del Reina Sofía cuando pasó de ser centro de arte a Museo Nacional a finales de la década de los 80. / DANIEL TORTAJADA

Bajo su mandato se produjo el traslado de los fondos del antiguo Museo Español de Arte Contemporáneo y se inició una revisión rigurosa de casi 9.000 obras. Llorens entendió que el Reina Sofía debía explicar la modernidad desde España sin caer en el localismo. Picasso, Miró y Dalí debían dialogar con las vanguardias europeas. En ese contexto se inscribe uno de los hitos decisivos: la incorporación al museo de un conjunto fundamental de obras de Salvador Dalí, entre ellas El gran masturbador, pieza clave del surrealismo.

Llorens también impulsó la creación de la biblioteca y el centro de documentación, abiertos en 1990, dotando al museo de herramientas de estudio inéditas entonces. Su visión, académica, chocó con las urgencias políticas de una España que se preparaba para 1992 y reclamaba un museo más espectacular. Su salida fue abrupta, pero su legado estructural permanece. Sin él, el Reina Sofía difícilmente habría alcanzado el estatus de museo de referencia.

El MNCARS de ayer y hoy

Dos décadas después, otro castellonense, Manuel Borja-Villel, de Burriana, asumió la dirección en un contexto radicalmente distinto. Era 2008 y el museo ya estaba consolidado; el reto era repensarlo. Borja-Villel ganó un concurso internacional y se convirtió en el primer director elegido mediante un proceso de mérito y transparencia. Su propuesta fue clara: el museo debía ser un espacio situado, consciente de su tiempo y de sus conflictos.

Uno de sus mayores logros fue impulsar la ley propia del Reina Sofía, aprobada en 2011, que otorgó a la institución una autonomía de gestión inédita en España. Esa reforma no fue solo administrativa. Permitió repensar el museo como organismo vivo, capaz de tejer alianzas, resistir recortes y reforzar su función pública sin renunciar a la ambición internacional.

Manuel Borja-Villel es uno de los grandes transformadores de la museología e historia del arte español e internacional.

Manuel Borja-Villel es uno de los grandes transformadores de la museología e historia del arte español e internacional. / David Zorrakino

El giro más visible llegó con la reordenación de la colección permanente, presentada en 2021 bajo el título Vasos comunicantes. Frente al relato lineal de estilos y movimientos, Borja-Villel propuso episodios temáticos que cruzaban arte y política, exilio, colonialismo y movimientos sociales. El resultado fue un museo menos cómodo, pero más permeable al mundo. América Latina, las prácticas colectivas y las artistas históricamente relegadas ocuparon un lugar central.

La propuesta generó polémica. Se acusó al museo de ideologización, de exceso de documento y de abandono de la contemplación estética. Pero también situó al Reina Sofía en el debate internacional sobre el papel de los museos en el siglo XXI. Borja-Villel defendió siempre que un museo no es un panteón, sino un espacio de fricción y pensamiento crítico.

Más que un museo

Las trayectorias de Llorens y Borja-Villel son distintas, incluso opuestas en algunos aspectos, pero comparten una raíz común: una concepción del museo como herramienta intelectual. Que ambos procedan de Castellón no es una anécdota, sino el síntoma de una tradición de pensamiento artístico forjada entre la universidad, la gestión cultural y la mirada periférica.

Cuarenta años después, el Reina Sofía es la suma de esas capas. El rigor historiográfico de Llorens y la crítica institucional de Borja-Villel conviven en un museo que ha aprendido a revisarse constantemente. Celebrar su aniversario es también celebrar que, durante décadas, una parte esencial de su pensamiento se gestó mirando al Mediterráneo desde Castellón.

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