Nuestro libro de la semana
¿Quién es el dueño de una historia? Gustavo Faverón y los espejos rotos de Vargas Llosa
El autor peruano publica 'Madame Vargas Llosa' (Fulgencio Pimentel), una fantasmagoría literaria entre Canudos, el delirio y los límites de la razón narrativa

Gustavo Faverón convierte la identidad literaria en un territorio inestable y peligroso en su novela 'Madame Vargas Llosa' (Fulgencio Pimentel). / Paul Vallejo
Tras años de lecturas, uno diría que existen novelas que no se leen: te leen. Madame Vargas Llosa, la nueva pieza narrativa del autor peruano Gustavo Faverón publicada por Fulgencio Pimentel, pertenece a esa estirpe rara y peligrosa. Un artefacto literario que avanza como una fantasmagoría tropical, entre el sertón brasileño, las playas de Río y los vapores amazónicos de Fitzcarraldo, pero también –y sobre todo– entre los restos calcinados de la literatura, la historia y la identidad.
Faverón vuelve a practicar aquí su particular improv-literatura: una escritura que no simula orden sino que se alimenta del desvío, de la digresión, del contagio de voces. Tras el terremoto narrativo de Vivir abajo y la miniatura envenenada de Minimosca (ambas publicadas aquí en España por Candaya), Madame Vargas Llosa se presenta como una nouvelle tatuada en el lado oscuro de la tradición decimonónica y moderna, pero escrita bajo el influjo mutante de Machado de Assis, Clarice Lispector o David Lynch. Aquí, como en el cine de Lynch, la lógica no se rompe: se vuelve sospechosa.
Ser otro para ser uno mismo
El punto de partida es tan sencillo como perturbador. Una mujer recorre Río de Janeiro presentándose como Mario Vargas Llosa. No como una imitadora, no como una farsante, sino como una nueva encarnación del escritor. Un doppelgänger femenino que no aspira a copiar una obra sino a ocupar un método, una mirada, una posición en el mundo. Convertirse en otro –sugiere la novela– no es traicionarse, sino persistir.

Gustavo Faverón publica con Fulgencio Pimentel su nueva novela, 'Madame Vargas Llosa'. / Carolyn Wolfenzon
Ese juego de espejos se articula alrededor de un núcleo histórico y literario muy concreto: la guerra de Canudos y la sombra de La guerra del fin del mundo, célebre novela del Nobel peruano. Con Euclides da Cunha bajo el brazo y el sertón como escenario, la novela interroga el relato mismo de la modernidad. ¿Y si el progreso, la ciencia o la democracia no fueran menos supersticiosos que el fanatismo que dicen combatir? ¿Y si la barbarie no estuviera solo en el atraso, sino también en la razón que se cree incontestable?
En ese sentido, Faverón introduce una de las ideas más corrosivas del libro: la simetría moral de la violencia. Guerrilleros y skinheads, oprimidos y opresores, diablitos chicos y diablotes grandes. La Historia, con mayúsculas, aparece como una fábula disparatada escrita a posteriori para justificar el desastre. De ahí que la novela cuestione con insistencia el estatuto del escritor: ¿debe investigar, rastrear archivos, disciplinar la imaginación, o basta con fabular? ¿No será la propia Historia una invención mal contada?

'Madame Vargas Llosa'
Autor: Gustavo Faverón
Editorial: Fulgencio Pimentel
192 páginas; 22 euros
La respuesta de Madame Vargas Llosa no pasa por elegir, sino por contaminar. La novela mezcla telenovela, ensayo, relato histórico y delirio metaficcional con una naturalidad inquietante. Un personaje lo formula con precisión brutal: el ojo humano no es microscopio ni telescopio, sino un caleidoscopio. Todo se mezcla. Desde dentro, una telenovela y una novela «sesuda» son lo mismo. La jerarquía cultural se disuelve en el consumo, en la experiencia vivida.
¿Qué es más real?
Ahí emerge otra de las claves del libro: «la extrañeza era el realismo». Faverón escribe desde la convicción de que el mundo, observado de cerca, ya es lo bastante raro como para exigir formas narrativas insólitas. No se trata de deformar la realidad, sino de asumir su carácter intrínsecamente descompuesto. Mentir, sí, pero con conocimiento de causa.
En ese juego de apropiaciones aparece también Ruy Guerra, cineasta y personaje, como recordatorio de que toda forma –literaria, cinematográfica, televisiva– es un modo parcial de ordenar el caos. Al final, lo que queda no es una respuesta sino una pregunta insistente: ¿quién es el dueño de una historia? ¿El que la vive, el que la investiga o el que se atreve a perder la razón para contarla?
Con Madame Vargas Llosa, Gustavo Faverón no parodia a un autor ni ajusta cuentas con un canon. Hace algo más inquietante: demuestra que la literatura sigue siendo un territorio de posesión, contagio y riesgo. Y que, a veces, solo volviéndose otro –o volviéndose loca– una novela logra decir algo verdadero.
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