Entrevista | Manuel Rivas Premio Castelló Negre 2026
Manuel Rivas, Premio Castelló Negre 2026: «Soy de la estirpe de Cervantes; ese es el lugar y la patria que elegiría»
El escritor, poeta y periodista gallego recibe el premio a toda su trayectoria del festival Castelló Negre 2026 en un acto que se celebra este 20 de febrero en el Menador, Espai Cultural

Manolo Nebot
Manuel Rivas no responde: piensa en voz alta. Cada una de sus frases parece llegar precedida por un rodeo, por una imagen o por una memoria que se abre paso antes que la idea. Escucharlo es entrar en una forma de tiempo distinta, donde el lenguaje no sirve para imponer sentido, sino para hacerlo respirable. En esa respiración —lenta, asociativa, a veces digresiva— se reconoce a un escritor que sigue entendiendo la literatura como un acto de disponibilidad radical frente al mundo.
Reconocido en 2026 con el premio a toda su trayectoria del festival Castelló Negre —que recoge este 20 de febrero, a las 19.00 horas, en el Menador—, Rivas llega a este punto de su carrera sin voluntad de síntesis ni de clausura. Más bien al contrario: habla desde una obra en expansión, concebida como un único libro escrito a lo largo de décadas, donde memoria histórica, periodismo, ecología, lengua y novela negra no forman compartimentos estancos, sino círculos concéntricos que se tocan y se contaminan. Para él, los géneros están hechos para cruzarse y la literatura avanza «campo a través», como el andar del vagabundo: atenta al peligro, al miedo y a las zonas de sombra donde el poder deja sus huellas.
La escucha, imprescindible
A lo largo de nuetra conversación, el autor gallego vuelve una y otra vez a la escucha como gesto fundacional. Escuchar implica dejarse sacudir, ponerse en cuestión, resistirse al «terror semántico» de un lenguaje diseñado para intimidar y dominar. Frente a esa contaminación —que compara con un pesticida invisible que ocupa la atmósfera—, la literatura aparece como un espacio clandestino donde todavía es posible el afecto, la ironía y el intercambio no mercantil. Un lugar donde las palabras, frágiles como insectos, actúan sin embargo como centinelas del malestar de la época.

El escritor gallego Manuel Rivas fue reconocido en 2024 con el Premio Nacional de las Letras Españolas. / Julio Munoz
Su concepción de lo local como punto cero del mundo, la memoria transmitida por los objetos, la defensa de la lengua materna como lugar de hospitalidad y su lectura del noir como una cartografía moral del presente atraviesan esta entrevista sin jerarquías ni consignas. Rivas no teoriza desde arriba: narra para pensar, piensa recordando, y recuerda para devolverle aura a lo que parecía condenado al olvido. Incluso cuando habla de pérdida, de derrumbe o de infierno, lo hace desde una convicción obstinada: que mientras las palabras quieran seguir diciendo, habrá una forma de felicidad —clandestina, sí, pero irreductible— que la literatura todavía puede custodiar.
—Has dicho en alguna ocasión que la literatura nace de la escucha. En un tiempo saturado de ruido, de opinión inmediata y de escritura acelerada, ¿cómo se entrena hoy esa escucha que permite que aparezcan las «voces bajas» y no solo las más estridentes?
Es verdad, sostengo que la herramienta más importante es la escucha. La escucha porque, además, significa que quien escucha, de alguna forma, está dispuesto a ponerse en cuestión. La escucha puede sacudirte, puede abanar opiniones; es lo contrario del dominio. Y es cierto que hoy todo parece conspirar para no escucharnos. Se me ocurre que un elemento para hacer frente a esa conspiración del ruido sería cultivar una suma de palabras: ironía y afecto.
En el mundo domina una fórmula que define esa conspiración del ruido y la dominación: la suma de despotismo (la pulsión de mando) con la depredación (la excitación destructiva). Sería despotismo más depredación más terror semántico. Ese terror semántico es el lenguaje que impera: palabras que quieren imponerse. Esa fórmula nos da las iniciales DDT; hay un DDT en el ambiente.
«Babel me parece una bendición; las palabras tienen una pulsión erótica, desean abrazarse. Toda lengua materna contiene, en potencia, todas las demás lenguas»
—Hablas de una toxicidad casi química en el lenguaje, ¿cómo se manifiesta eso en la realidad?
Leyendo estos días sobre el juicio a Mark Zuckerberg, pensaba en los primeros juicios contra Monsanto por el glifosato. Aquellas personas abrieron paso contra un gigante químico que parecía inexpugnable. Veo un paralelismo —perdona si me voy por las ramas—, porque hay algo químico en esta conspiración del ruido: ocupa la atmósfera, la hace irrespirable e imposibilita la escucha. Es un terror semántico con palabras que buscan intimidar en el ámbito político e incluso en la vida real, a través de micropoderes. Cuando alguien quiere mandar, utiliza esa autorización del lenguaje que trata de meter miedo.

Manuel Rivas, junto a Pedro Tejada, durante su charla en el Menador, Espai Cultural. / Manolo Nebot
—¿Y qué se puede hacer al respecto?
Frente a esto, la literatura y los espacios de encuentro deben formar una «psicogeografía» que, tal como está el mundo, tiene algo de clandestina. Debemos cultivar lugares donde la escucha sea posible. Esa escucha surge en lo casual, donde no media la compra-venta. Me remito a la formulación del joven Marx: «llegará un día en que la transacción no será dinero por dinero, sino afecto por afecto». Puede parecer idealista, pero en la realidad sí se producen esos espacios donde la escucha existe porque no hay una transacción comercial de por medio.
—Gran parte de tu obra parece escrita desde una desconfianza radical hacia los relatos oficiales. ¿La literatura sigue siendo un lugar donde se puede disputar el sentido del poder?
La literatura es frágil, pero creo que es un recurso irreductible e indomable. Va al núcleo donde gravita la realidad: las palabras. Nosotros somos seres que hablamos —bueno, todos los animales hablan aunque no los entendamos—, pero ese núcleo gravitatorio está en el lenguaje. Por eso los procesos de dominación tienen tanta fijación con él; es el primer objetivo a controlar, a apropiarse. El contrapunto a esa «palabra de orden» es lo que llamamos literatura.
Aparentemente es algo muy débil. Es como si lleváramos un saquito de habas a la feria. Las palabras, si tuvieran forma natural, se parecerían a los seres menudos: libélulas, grillos, mariquitas o luciérnagas. Pero resulta que esos son los seres que detectan el malestar; son los primeros indicadores que avisan de que algo pasa. Son palabras centinelas, como la becada en el bosque. Con esta curva quería llegar a lo que comentas: la literatura, y esto puede parecer pretencioso, es de las pocas cosas que puede parar la política del daño. Puede parar una guerra porque las guerras se pavimentan con palabras de odio. Ese mundo frágil es el mayor depósito de esperanza y humanidad que tenemos.

Algunos de los títulos de Manuel Rivas publicados durante estas últimas décadas. / MEDITERRÁNEO
—Monte Alto, el mar, la cárcel, el faro... tu geografía emocional está muy localizada y, sin embargo, tu obra es universal. ¿Cuándo comprendiste que lo local podía ser una forma de estética global?
Ahí está la declaración de Miguel Torga: «Lo universal es lo local sin muros». Yo nunca tuve la sensación de ser un escritor periférico o marginal. Tenía la sensación de que la esfera del mundo estaba sobre mi cabeza. Ese «punto cero» puede ser Monte Alto —la vida se mueve, cualquier lugar puede ser tu punto cero—, pero en ese noroeste, en ese «cuarto oeste» al lado del mar, había una idea de Cunqueiro que me marcó. Él decía que Galicia se sitúa entre el río del Olvido (el Limia, que los romanos temían cruzar por miedo a perder la memoria) y el antiguo fin del mundo. Algo extraño tiene que pasar cuando tus coordenadas son esas.
«Escribir es una forma de ir limpiando el miedo»
—Ese «fin del mundo» parece, paradójicamente, una puerta abierta, ¿no es así?
Exacto. En esa atmósfera estaba muy presente la inmigración. Aunque hoy hablemos de ella en términos realistas de la España actual, yo me crié en un lugar de donde la gente se marchaba. Las referencias de la conversación eran cómo iban las cosas en Buenos Aires, en Montevideo o en Londres. Una amiga de la infancia decía: «cuando marché no sabía que el Reino Unido era una isla». Mirábamos desde Monte Alto hacia allá arriba, más allá del mar.
Hay otro episodio decisivo: la mesa de mi abuelo paterno en Corpo Santo, una aldea muy pequeña. Él era un campesino pobre, analfabeto, viudo con diez hijos. Trabajaba la huerta de la rectoral y un día se quedó mirando cómo escribía el cura. El párroco le ofreció enseñarle a cambio de más trabajo, cosa que hizo. Al final, mi abuelo acabó abriendo una oficina en su casa de labranza los fines de semana donde escribía cartas para emigrantes. Yo me senté muchas veces en esa mesa de pino, blanca de tanto fregarse con lejía, rodeado de postales que llegaban de vuelta. Allí estaba el mundo: Nueva York, Santos en Brasil, toda América Latina. Tenías la sensación de que en esa mesa se había posado el planeta. Siempre sentí que las fronteras estaban para hacer pasos clandestinos. Babel me parece una bendición; las palabras tienen una pulsión erótica, desean abrazarse. Toda lengua materna contiene, en potencia, todas las demás lenguas.
—En tus libros los objetos —un lápiz, el humo, un libro quemado— acumulan memoria. ¿Es una forma de devolverle al mundo su textura material frente a las abstracciones?
Totalmente de acuerdo. Las cosas hablan y empiezan a existir cuando nos cuentan algo. Es algo que vemos en la naturaleza, pero tengo una visión muy amplia de ella. Si una bombilla parpadea por una tormenta, nos está contando esa tormenta. Es fundamental recuperar el «aura» de las cosas, esa reflexión de Walter Benjamin sobre la pérdida de aura por la producción industrial. La literatura puede devolverle el aura a los objetos que no son obras de arte convencionales. Todo tiene algo que contar, incluso lo traumático; un arma también tiene mucho que decirnos.
«Si escribes es porque las palabras todavía quieren decir algo; hay una pulsión de deseo»
—Has practicado el «contrabando de géneros». ¿Ese mestizaje responde a una necesidad expresiva o a una desconfianza hacia el orden establecido?
Lo primero que escribí en narrativa, Todo ben (1985), era ya una historia de serie negra sobre un periodista gallego que huye a Brasil. Esa pulsión noir siempre ha estado ahí. Pero para mí, todos mis libros forman parte de un solo libro. Como mi abuelo campesino, no pongo muros entre lo que cultivo. Mi andar es campo a través; se parece al andar del vagabundo, al estilo Charlot, que pisa simultáneamente en una cosa y en la contraria, siempre con la lógica de la sombra y atento al peligro.
Escribir es una forma de ir limpiando el miedo. Si tuviera que describir gráficamente mi obra, tendría forma de círculos concéntricos, como los anillos de un árbol. Por eso veo Los libros arden mal como un noir, aunque se diga que es un libro sobre la memoria. Las etiquetas son convenciones. Si hablamos de un poder oscuro y de una mafia que ha ocupado el Estado, ¿no es eso novela negra?
—¿Crees que el género negro es el que mejor define nuestra época de «capitalismo impaciente»?
Sin duda. La novela negra en España no es tan nueva; ahí está Rinconete y Cortadillo, que es el Padrino de su época. Cervantes ya mostraba esa conexión íntima entre poder, dinero y patriotismo. Es una fórmula tremenda, un escenario digno de Cosecha roja, de Dashiell Hammett. El interés que despierta hoy el noir es por su conexión con la realidad: un mundo donde todo se compra, donde la gente se parte los dientes para defender a los dueños de los yates y compite por el mejor camarote del Titanic. Pero la literatura permite que, al lado del cadáver, sobreviva la pulsión del deseo. En mi última novela, el infierno llamado «Edén» (ese gran burdel de carretera) puede vivir una metamorfosis. La literatura se explica a sí misma, no necesita discursos paralelos.
—Tras cinco décadas de trayectoria, ¿sigues sintiendo que la literatura es un lugar de descubrimiento, o se escribe también desde una conciencia de pérdida, de lo que ya no puede ser dicho del mismo modo?
Está muy bien esto que dices. Escribes entre la pérdida y el viaje. Toda escritura es una migración. Hay una parte de pérdida, pero también de nuevo afecto. Si escribes es porque las palabras todavía quieren decir algo; hay una pulsión de deseo. Evidentemente, Tánatos está presente porque vemos cosas que se derrumban, o se ocultan, y descubrimos eso que dicen de que el infierno está en la tierra.
Pero si todavía escuchas ese aleteo, como en Esperando a Godot, ese crujir de alas, es porque existe una energía alternativa. El mayor coraje es el afecto; la mayor épica está ahí, en los lugares donde habitamos la adversidad. Gracias a la literatura no habitamos el olvido. Que las palabras quieran todavía brincar entre los labios es lo más parecido a una felicidad clandestina: estás solo, pero muy acompañado. Me siento de la estirpe de Cervantes; ese es el lugar y la patria que elegiría.
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