Alfredo Bryce Echenique a su paso por Castellón: «El vino blanco es para los pescados, el tinto para las personas»
El escritor peruano, fallecido recientemente, dejó un legado marcado por el humor y la ironía, como demostró en una conferencia en Castellón en 2009, donde defendió el valor de la risa

El reconocido escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, que ha fallecido a los 87 años, visitó Castellón hasta en tres ocasiones. / MEDITERRÁNEO
El recuerdo no siempre es fiel, pero sí revelador. A veces una ciudad queda resumida en una frase, una sobremesa o una carcajada pronunciada con elegancia. En mi memoria, Alfredo Bryce Echenique permanece ligado para siempre a una sentencia pronunciada —o quizá atribuida— durante una cena en Castellón: «El vino blanco es para los pescados, el tinto para las personas».
Era el 6 de noviembre de 2009. La asociación Amics de la Natura y la Fundación San Isidro de Caixa Rural Castelló habían invitado al escritor peruano a ofrecer una conferencia. Aquella jornada comenzó por la mañana en la Universitat Jaume I, donde compartió diálogo con el catedrático de Literatura Santiago Fortuño, y terminó en el Real Casino Antiguo, alrededor de una mesa donde la literatura dejó de ser conferencia para convertirse en conversación.

Conferencia del escritor peruano Alfredo Bryce Echenique en Castelló en noviembre de 2009. / MEDITERRÁNEO
Recuerdo que me invitaron a aquella cena en su honor. Nos acompañaban el propio Fortuño, la entonces vicerrectora de Cultura Margarita Porcar, Charo Gutiérrez —impulsora de la visita— y otras personas vinculadas al ámbito cultural castellonense. De aquella velada quedó grabada la frase del vino, aunque quizá no fuera suya. La memoria, ya se sabe, reescribe sin pedir permiso. Y quizá esa incertidumbre también sea profundamente bryceana.
El humor como forma de libertad
Por la mañana de ese 6 de noviembre de 2009, Bryce Echenique había desplegado en la UJI una de las constantes de su obra: la defensa del humor como herramienta moral. Su conferencia, Del humor quevedesco a la ironía cervantina, fue menos una lección académica que una declaración de principios.
Reivindicó el humor —dijo— «para tener una sociedad libre e inteligente», desmontando teorías y recordando que la risa no es lo contrario de la seriedad, sino del aburrimiento. Ante un auditorio entregado, defendió la socarronería, la ironía inteligente y esa ternura crítica que atraviesa tanto a Cervantes como a Quevedo.
Para Bryce, el humor servía «para que el mundo duela menos». No era evasión sino lucidez: relativizar las verdades absolutas, sospechar del dogma y humanizar la literatura. Citó a Cortázar, a Galeano, a Pirandello, y habló de la capacidad inglesa de reírse de sí mismos como síntoma de libertad colectiva.
Aquella no era su primera visita a Castelló. La definió como una ciudad «entrañable», palabra que pronunciaba con una mezcla de timidez y gratitud, como si cada viaje fuese también una forma de refugio.
Una cena con don Alfredo
Sabía por entrevistas y lecturas que Alfredo Bryce Echenique poseía un don raro: el buen humor. Confirmarlo in situ fue una experiencia difícil de olvidar. Compartí mesa con una de las plumas más inteligentes de la literatura latinoamericana, autor de novelas esenciales como Un mundo para Julius, La vida exagerada de Martín Romaña o No me esperen en abril.
Cada comentario suyo era una pequeña pieza literaria improvisada, como ya indiqué entonces en una columna de opinión. Hablamos de su Lima natal, de su llegada al Madrid de los años sesenta —donde, según él, todos se llamaban «Paco»—, de la política peruana, de amistades literarias y de su amada estancia parisina. Hablamos de todo y de nada, que es como se recuerdan las conversaciones verdaderamente importantes.

El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique ha fallecido a los 87 años. / MEDITERRÁNEO
Allí apareció un Bryce distinto: cercano, sin el traje de conferenciante, más narrador que personaje público. Escuché fragmentos de una vida hecha de historias mientras intentaba asumir que estaba sentado junto a un escritor que había acompañado silenciosamente a generaciones de lectores.
Aún hoy agradezco a Charo Gutiérrez aquella invitación inesperada. Para alguien que siempre se ha sentido un intruso feliz en los territorios de la cultura, aquella cena fue un premio improbable.
Al despedirme, estreché su mano y le di las gracias. Recuerdo una frase que resumía su mirada: «Mi humor no es un dardo envenenado sino una forma de observar el mundo».
El final de una generación irrepetible
La muerte de Alfredo Bryce Echenique no solo clausura una trayectoria individual; marca el final simbólico de una edad de oro de la narrativa peruana. El escritor Gustavo Faverón lo expresaba recientemente con contundencia al hablar de una «orfandad incalculable» tras la desaparición de los grandes autores del medio siglo literario peruano.
Según Faverón, Bryce no fue únicamente un gran novelista: fue un escritor que modificó la sensibilidad de sus lectores. Un mundo para Julius, señalaba, introdujo una forma nueva de empatía social y una mirada crítica hacia las desigualdades, envuelta en un humor elegante que escondía una profunda carga moral.
También el escritor Iván Thays recordaba estos días cómo las novelas de Bryce —especialmente Tantas veces Pedro— trascendían lo literario para convertirse en experiencias vitales. Para muchos lectores latinoamericanos, sus personajes fueron compañeros sentimentales antes que simples criaturas de ficción: Julius, Martín Romaña o Pedro Balbuena como un “Charlie Brown tercermundista”, frágil y entrañable.
Entre Vargas Llosa, Ribeyro y Bryce se levantó una tradición narrativa que dejó la vara literaria peligrosamente alta para las generaciones posteriores.
La memoria, esa novela imperfecta
Quizá por eso regreso hoy a aquella noche de 2009. No para reconstruirla con exactitud —empresa imposible— sino para aceptar que la literatura también vive en los recuerdos mínimos: una mesa, una conversación sin solemnidad, una frase sobre el vino que resume una filosofía vital.
Bryce Echenique escribía desde la ironía, pero también desde la vulnerabilidad. Sus personajes dudaban, se equivocaban, amaban demasiado y pensaban más de la cuenta. Tal vez por eso resultaban tan humanos.
Castellón fue apenas una escala en su trayectoria internacional, pero para quienes lo escuchamos aquel día quedó la impresión de haber asistido a algo más que una conferencia: una lección de ligereza inteligente, de humor como resistencia y de literatura entendida como conversación infinita.
Hoy, al recordarlo, uno comprende que ciertos encuentros no terminan nunca. Permanecen suspendidos en la memoria, como una sobremesa que se resiste a acabarse.
Y quizá ahí siga Bryce, sonriendo con discreción, corrigiendo nuestros recuerdos con elegancia, mientras alguien vuelve a servir vino —blanco para los pescados, tinto para las personas— y la literatura continúa, obstinadamente viva.
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