Nuestro libro de la semana
'Una casa sola': la nueva novela de Selva Almada que convierte el silencio en una forma de existencia
La escritora argentina presenta una obra inquietante donde una casa abandonada recuerda el misterio de la desaparición de una familia, transformando el espacio en memoria viva

Selva Almada regresa a las librerías españolas con su nueva novela 'Una casa sola' (Literatura Random House). / Alejandra López
Selva Almada escribe como quien escucha antes de hablar. Como si la literatura no fuera un gesto de invención sino una forma de atención prolongada hacia aquello que suele quedar fuera del foco: los márgenes, el monte, las voces bajas, las vidas que no dejan archivo. Desde hace más de una década, la autora argentina (Villa Elisa, Entre Ríos, 1973) ha ido construyendo una de las obras más sólidas y singulares de la narrativa latinoamericana contemporánea, una cartografía emocional del litoral donde paisaje y destino se confunden hasta volverse inseparables.
Su irrupción supuso también una pequeña revolución silenciosa: desplazar el eje de la literatura argentina fuera de Buenos Aires sin convertir la provincia en folklore. Almada escribe desde el interior, pero no sobre el interior entendido como postal; lo suyo es otra cosa, una poética de la intemperie donde el calor, la humedad o el aislamiento operan como fuerzas morales. En novelas como El viento que arrasa, Ladrilleros o No es un río, esa exploración cristalizó en una indagación incómoda sobre la masculinidad rural, la violencia heredada y la dificultad de nombrar los afectos.
Lenguaje que murmura
Su prosa —seca, contenida, casi ascética— parece desconfiar del adorno. Las frases avanzan con una precisión que recuerda a la respiración del poema, herencia quizá de sus inicios en la poesía y de una memoria auditiva extraordinaria que le permite capturar la oralidad sin convertirla en caricatura. En Almada el lenguaje nunca exhibe: murmura. Y en ese murmullo aparece lo ominoso, aquello que la crítica ha llamado el gótico litoraleño, una variante argentina del gótico sureño donde la naturaleza no acompaña a los personajes, sino que los observa.

Selva Almada es una de las escritora argentinas de mayor proyección internacional y reconocimiento. / ALEJANDRA LOPEZ
Una casa sola (Literatura Random House, 2026) lleva esa búsqueda un paso más allá. La novela, breve y profundamente inquietante, está narrada por una casa abandonada en medio del campo entrerriano. No se trata de un artificio formal ni de un capricho experimental: la casa habla porque recuerda. Y recordar, en el universo de Almada, es una forma de existir.
El rumor de lo ausente
La familia Lucero desapareció diez años atrás sin dejar rastro. Desde entonces, la vivienda permanece como un organismo atento al regreso imposible, mientras la vegetación avanza, los animales ocupan los espacios y el tiempo se vuelve espeso. La investigación policial apenas importa; lo central es el vacío, esa ausencia que transforma el espacio en memoria viva.

'Una casa sola'
Autora: Selva Almada
Editorial: Literatura Random House
160 páginas; 17,95 euros
«Los pobres solo pueden tener hijos hasta que crecen y se van», dice uno de los pasajes más devastadores del libro, condensando en una línea la transmisión inevitable de la precariedad. En otro momento, la casa reflexiona: «No era yo realmente una casa. Seguía siendo un refugio». Esa distinción —entre habitar y apenas resguardarse— atraviesa toda la novela y la convierte en una reflexión silenciosa sobre la pertenencia.
Una casa que recuerda
Durante la lectura, y salvando todas las distancias, asomaba a veces el eco de La casa, de Julien Gracq: esa sensación de que los espacios piensan, de que las construcciones humanas conservan una conciencia lenta que sobrevive a quienes las ocuparon. Almada, sin embargo, desplaza esa intuición hacia el paisaje americano, donde la naturaleza no guarda memoria: la reclama.
El resultado es quizá su libro más espectral y delicado. La autora logra que el tiempo se escuche, que la ausencia tenga textura y que el monte funcione como un archivo vivo donde conviven gauchos, fantasmas históricos y heridas recientes. Todo ocurre en una prosa que parece avanzar sin peso y, sin embargo, deja una marca persistente.
Con Una casa sola, Selva Almada confirma algo que ya era evidente: su literatura no busca explicar el mundo, sino escuchar lo que queda cuando el ruido desaparece. Y en ese silencio —hecho de tierra, voces antiguas y casas que esperan— emerge una de las escrituras más necesarias del presente.
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