Entrevista | David Uclés Escritor
David Uclés en Benicàssim: «Soy un escritor de imágenes, no de personajes»
El escritor jienense presenta el 22 de mayo en Benicàssim su novela 'La ciudad de las luces muertas', galardonada con el Premio Nadal, que condensa Barcelona en veinticuatro horas de oscuridad

David Uclés visita Benicàssim este 22 de mayo para presentar su novela 'La ciudad de las luces muertas' (Destino). / David Zorrakino
En La ciudad de las luces muertas (Destino), novela galardonada con el último Premio Nadal, David Uclés condensa Barcelona en veinticuatro horas de oscuridad, pero dentro de ese día caben muchas épocas, voces, fantasmas culturales y presencias literarias. Tras La península de las casas vacías (Siruela), el escritor vuelve a cruzar memoria, imaginación y territorio, esta vez para levantar una ciudad superpuesta, caminada y llena de destellos incluso cuando la luz desaparece.
El próximo viernes, 22 de mayo, Uclés presentará en Benicàssim el que es hasta la fecha su último y reconocido libro. La librería Noviembre, en colaboración con la editorial Destino y Club Palasiet, organiza esta cita literaria (acceso gratuito previa reserva hasta completar aforo) en la que el autor jienense desgranará algunas de las claves de su imaginario. El encuentro tendrá lugar en Club Palasiet a partir de las 19.30 horas.
—La ciudad de las luces muertas ocurre en 24 horas, pero dentro caben muchas épocas. Cuando construías ese día, ¿pensabas más en una cuenta atrás, en un paseo o en una partitura?
No me lo había planteado como una cuenta atrás, pero me gusta mucho esa idea. Es cierto que, de alguna forma, sí lo es. Yo pensaba más bien en una noche de los tiempos, en un día en el que se mezclan todas las épocas, un totum revolutum, un caos ordenado.
De las tres categorías que planteas, quizá la que más encaja es la cuenta atrás: una ciudad que poco a poco va viéndose sumida en una oscuridad total.

David Uclés visitará por primera vez la provincia de Castellón para presentar su novela ganadora del Nadal en Benicàssim. / Miguel Ángel Montesinos
—Carmen Laforet suele aparecer en la memoria literaria casi como una figura fija, asociada a Nada y al misterio posterior. Aquí, en cambio, la pones en movimiento. ¿Qué te interesaba de una Laforet todavía no convertida en estatua literaria?
Tanto en La península de las casas vacías como en La ciudad de las luces muertas doy vida a varios escritores. Siempre que lo hago tengo que investigar su biografía, intentar ponerme en su piel y pensar cómo pensarían ellos.
En el caso de Carmen Laforet no fue especialmente difícil, porque conecto mucho con sus textos. Además, tuve el honor de poder hablar con su hija, Cristina Cerezales, que me ayudó bastante. Meterme en su piel y darle movimiento fue intenso, pero también fue muy bello.
«Me gusta dejar información algo oculta»
—El libro apaga la luz, pero no apaga la percepción. Cuando el lector ya no puede fiarse del ojo, ¿qué otros sentidos quería que mandaran en la novela?
Lo tuve muy en cuenta durante toda la novela: los personajes están faltos de visión. Normalmente, cuando describes una escena, siempre hay luz en ella. Yo tenía que repetirme muchas veces: «David, están en la oscuridad, no te olvides».
Más que un sentido físico, creo que debía mandar el sentido de la comunión, de crear comunidad con el entorno. Como hacen las hormigas, que a ciegas se organizan y logran crear una sociedad mejor, protegerse de otras más agresivas.
—Barcelona aparece como una ciudad superpuesta, pero también como una ciudad caminada. ¿Hubo una calle, una plaza o un edificio que te obligara a cambiar una escena porque tenía demasiada fuerza propia?
Más que un lugar, hubo personajes que me obligaron a cambiar la novela. Uno fue Zafón: a última hora consideré que debía tener más presencia, un homenaje mayor, y por eso lo coloqué en el prólogo.
También ocurrió con Carmen Laforet. Al principio no iba a haber ningún personaje más importante que otro, pero al final entendí que ella sí debía tener un peso especial.
En cuanto a los lugares, casi todos tienen un protagonismo parecido. Quizá el Laberinto de Horta, por su forma y por su romanticismo, sí pedía ocupar un lugar más destacado.

Cartel de la presentación del libro 'La ciudad de las luces muertas' en Benicàssim. / MEDITERRÁNEO
—En una novela con tantos nombres reconocibles, el riesgo no es solo que aparezcan, sino que suenen a monumento. ¿Cómo encontrabas la grieta humana de cada personaje para que no fueran solo homenajes?
No todos los personajes reflejan una herida de forma obvia, ni todos están retratados con la misma profundidad. Hay personajes que aparecen apenas un segundo y no vuelven a hacerlo; son presencias casi anecdóticas. Pero hay otros en los que sí pude detenerme más y explorarlos desde la intimidad.
Creo que eso también ocurre en la vida. En una ciudad, en una región o en una tradición literaria, no nos da tiempo a leerlo todo ni a conocer a todos sus autores. Muchos se nos quedan en la memoria de una forma parcial, casi como una estela. Intenté que la novela fuera también un reflejo de eso.
—¿Hubo algún personaje real que decidiste dejar fuera porque la novela necesitaba menos brillo y más silencio? ¿Qué te enseñan los descartes en un libro tan poblado?
Sí: dejé fuera a los políticos. Sin embargo, en cuanto a literatos, artistas y demás figuras culturales, están todos los que quería que estuvieran.
Por ahora no noto ninguna ausencia importante. Seguro que aparecerá alguna con el tiempo, pero de momento no.
—En la novela, el arte parece una forma de devolver luz. Pero la belleza también puede consolar demasiado rápido. ¿Dónde quisiste que el lector desconfiara de la belleza, no solo se refugiara en ella?
La belleza no está solo en las escenas más armónicas o más evidentes. También en los momentos caóticos encuentro cierta lírica. Creo que el lector puede refugiarse tanto en la belleza más instantánea como en escenas que, en apariencia, no deberían ser bellas: escenas desagradables, situaciones que nos afectaron e incluso nos destruyeron como sociedad.
El refugio puede estar en cualquier página, sobre todo en los momentos líricos, sean más agradables o menos.
«Barcelona es una ciudad cosmopolita, antigua y llena de misceláneas culturales»
—Tu imaginación tiende a la abundancia. ¿Cómo sabes cuándo una imagen debe quedarse en la página y cuándo, por muy brillante que sea, está ocupando el lugar de una emoción más sencilla?
En esta novela hay un exceso constante de imagen lírica. Era algo buscado. Quería transmitir un poco ese célebre síndrome de Stendhal. Por eso no me detuve tanto a ponderar si había demasiadas imágenes o no: era consciente de que había muchas, de que la novela funcionaba como un torrente de imágenes.
La novela quería reflejar también el caos propio de las ciudades, y sobre todo de una ciudad tan cosmopolita, antigua y llena de misceláneas culturales como Barcelona. Todo debía ser, de alguna forma, excesivo. Hay momentos más sutiles, pero pocos.
Esa atención a contenerme sí la tuve en otra novela, en La península de las casas vacías. En este caso, no.

'La ciudad de las luces muertas'
Autor: David Uclés
Editorial: Destino
288 páginas; 22,90 euros
—El libro dialoga con muchos autores, obras y fantasmas culturales. ¿Cómo evitas que esas referencias funcionen como contraseña para lectores cultos y no como una puerta abierta para cualquiera?
Leí hace unos días una frase de Leila Guerriero que me gustó mucho. Decía algo así como que ella siempre piensa que el lector es más inteligente que ella. Yo también quiero trabajar desde ahí.
No quiero darle todo masticado al lector. Me gusta dejar información algo oculta, referencias que tal vez desconozca si no ha investigado un tema concreto, pero también distintas puertas abiertas para que pueda entrar. Si conoce esas referencias, las disfrutará de una manera; si no las conoce, tampoco debería perderse.
De hecho, releo mucho mis textos imaginándome que soy un lector que no conoce la mitad de las referencias, para comprobar si se pierde o no.
En esta novela utilicé un recurso: al principio de los episodios aparecen los personajes que van a salir, para que el lector pueda investigarlos previamente si quiere. También les puse un mote, por si no sabe quiénes son, para que pueda seguir la acción a través de ese mote. Intenté facilitar el acceso, pero sin dejarlo todo masticado. Nunca he querido hacer eso.
—En La península de las casas vacías, la fantasía empujaba hacia una memoria familiar y colectiva. Aquí parece empujar hacia una memoria urbana y artística. ¿Qué descubriste de tu manera de narrar al pasar de la casa a la ciudad?
En realidad, no pasé de una novela a otra de forma sucesiva, porque las escribí prácticamente al mismo tiempo. Las últimas correcciones de La península de las casas vacías fueron en la Navidad de 2023 o 2024, y en ese momento La ciudad de las luces muertas ya estaba escrita en un porcentaje muy alto. En los parones de La península, en esos barbechos, me ponía con La ciudad.
Son novelas distintas. La primera no se centra solo en una casa, sino en un país entero, aunque parta de una casa y de una familia. La segunda se centra en una ciudad, pero a lo largo de toda su historia.
Lo curioso es que el reto fue mayor para mí con La ciudad. En La península tenía que reescribir un país entero; en La ciudad, una única ciudad. Y, sin embargo, me costó más lograr esa identidad barcelonesa que la ibera. Probablemente porque he vivido muchísimos años en distintos lugares de la península y solo medio año en Barcelona, aunque fue un medio año intenso.
—Hay algo musical en la novela: voces que entran y salen, motivos que vuelven, escenas que crecen como un crescendo. Cuando corriges, ¿corriges por sentido, por imagen o también por oído?
Cuando corrijo, corrijo sobre todo por oído. No leo el texto exactamente en voz alta, pero sí moviendo los labios y soltando un poco de aire, para comprobar que hay cierta métrica en cada frase.
También corrijo por imagen, porque siempre digo que soy un escritor de imágenes, no de personajes. Me centro mucho en construir escenarios, imágenes quietas, como en las películas de Roy Andersson, de Ghibli o de Wes Anderson. Congelo una imagen y desde ahí describo una escena.
Así que corrijo la arquitectura visual de la escena, pero también la métrica. Por eso, cuando estoy corrigiendo, no pongo música. Solo la pongo cuando escribo de cero. Y, al final, el porcentaje de escritura quizá roza el dos o tres por ciento. El resto es corregir, corregir y reescribir.
—Después de terminar una novela tan llena de presencias, ¿qué personaje, escena o frase se quedó contigo de una manera inesperada, como si todavía no hubiera abandonado el libro?
Sin lugar a dudas, la muerte de Caravaggio y la muerte de Gil de Biedma. Son dos escenas de las que estoy contento y orgulloso. Todavía, cuando las releo, me emociona.
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