Nuestro libro de la semana
Pascal Quignard y la intensidad de lo que desaparece
'No hay lugar para la muerte' (Shangrila, trad. Manuel Arranz) confirma la singularidad de una escritura que desciende a la memoria, el cuerpo y el origen del lenguaje para celebrar la persistencia feroz de la vida

'No hay lugar para la muerte' es el último libro de Pascal Quignard publicado en España. / Europa Press
No recuerdo qué fue lo que me atrajo o me incitó a abrir por primera vez un libro de Pascal Quignard. Diga lo que diga al respecto, mentiría. Sí conservo, no obstante, la certeza de lo que ocurrió después. Algo cambió en mi manera de leer, quizá también en mi manera de estar en el mundo. Leer a Quignard fue una revelación, el reconocimiento súbito de que uno podía ser lector de algo que iba más allá de lo estrictamente literario.
He leído prácticamente todo cuanto se ha publicado en España o en español del enigmático autor francés. Y no me canso, porque en él, en su escritura, encuentro un consuelo extraño ante la frágil humanidad que nos fue concedida. Pero también una forma de conocimiento: sobre los antiguos y sobre Oriente, sobre las vidas de los músicos, sobre las simas del lenguaje prelingüístico, sobre la guerra, el deseo, el origen del tiempo o ese antes del mundo que Quignard no deja de perseguir.
Una escritura sin fronteras
Su inmenso corpus literario no obedece ni se somete a los dictados de la novela de consumo, del verso lírico, del ensayo histórico o de la especulación filosófica; más bien participa de todos ellos en un lento y continuo fluir de fragmentos, relatos, fulguraciones y meditaciones obstinadas. De esa mezcla nace una hibridez estilística que ya puede definirse, sin exageración, como quignardiana.

El francés Pascal Quignard es autor de una vasta producción literaria. / Francesca Mantovani
No hay lugar para la muerte (Shangrila; traducción de Manuel Arranz) confirma la rara posición de Quignard en la literatura contemporánea: la de un escritor que piensa con la respiración de un narrador y narra con la precisión de quien escucha, por debajo de las palabras, el rumor anterior a la lengua.
La muerte como fuga
El título podría inducir a engaño. No estamos ante un libro funerario, ni ante una meditación sombría sobre el acabamiento. Quignard no se instala en la muerte, sino que la desplaza, la esquiva, la deja sin asiento —él mismo ha dicho que la muerte es «menos que un vacío»—. La convierte en un huésped imposible.
Allí donde otros escritores levantan mausoleos de sentido, él abre ventanas, caminos, fugas. «Incluso la muerte es una entrada en el mundo», se lee en estas páginas, y esa frase condensa la extraña alegría del libro, que no es una alegría simple ni luminosa en exceso, sino una alegría arrancada a la intemperie, una forma de intensidad que sabe que todo desaparece y, precisamente por eso, se inclina sobre cada aparición con una delicadeza feroz.

'No hay lugar para la muerte'
Autor: Pascal Quignard
Traducción: Manuel Arranz
Editorial: Shangrila
142 páginas; 22 euros
La arquitectura de la obra responde a esa poética de la fuga. Cinco partes, veintinueve relatos breves o «minúsculas novelas», voces masculinas y femeninas que se buscan, se separan, mudan de máscara, cruzan ciudades, habitaciones, ruinas, músicas y recuerdos. Nada se fija del todo.
Los personajes no se presentan como psicologías cerradas, sino como presencias en tránsito: amantes, músicos, niños mudos, cuerpos envejecidos, figuras que parecen emerger de una vieja fotografía o de una playa cubierta de restos. Quignard no compone una intriga, más bien dispone apariciones. Y cada aparición trae consigo una pregunta esencial: qué queda de nosotros cuando el pasado no puede revivirse y, sin embargo, no deja de brotar.
La herida del pasado
En ese punto el libro alcanza una de sus mayores honduras. No hay nostalgia en Quignard, o si la hay, está purificada de sentimentalismo. El pasado no regresa como decoración elegíaca ni como refugio confortable; vuelve como una herida que todavía emite calor.
Le Havre, con sus ruinas de posguerra, sus bancos municipales, sus comercios, su puerto y sus fantasmas literarios, no es un escenario, sino una cámara de resonancia. Allí cada objeto —una navaja, unas tijeras, una empuñadura nacarada, el terciopelo amarillo de un escaparate— parece guardar una violencia muda. La prosa avanza como esas hojas de acero, es decir, corta sin alardear, brilla sin embellecer la herida.
Por eso la escritura de Quignard resulta tan singularmente física. Sus abstracciones tienen olor, peso, temperatura. La memoria se aspira, se toca, se oye, no se formula. Un rostro apoyado en una tela, una mano anciana tanteando un corcho, un piano sobreviviente en Nagasaki, una voz que «vuela por el aire»... Todo en el libro insiste en que pensar no es separarse del cuerpo, sino descender a sus cavernas.
«Escribir sumerge», dice una de las frases más hermosas del volumen. Y, en efecto, escribir, aquí, es bajar bajo la superficie de lo vivido para encontrar allí no una explicación, sino una corriente. Una corriente a la que uno acaba entregándose —a la que yo, desde luego, me entrego— y que nos arrastra hacia la sensualidad del presente y la insistencia magnífica de la vida.
Suscríbete para seguir leyendo
- La Guardia Civil mueve ficha en Alcossebre: adjudica por 84.529 euros las obras de su cuartel-residencia
- Aemet avisa de una situación meteorológica 'muy adversa' en Castellón: las máximas llegarán a los 42 grados
- Los talleres de coches de Castelló se quedan sin citas ante la tormenta perfecta del verano
- Los hoteles de Castellón amenazan de nuevo con dejar el Imserso: 'Las pérdidas son inasumibles
- Así será el ‘Central Park’ de Vila-real: casi 7.000 metros cuadrados de jardín junto a Sant Pasqual
- Javier Gallego, vicepresidente de Hosbec en Castellón: 'El Imserso ha llegado a tal nivel de pérdidas que tenemos que cerrar el hotel
- Cuenta atrás para levantar el nuevo Eurosol de Benicàssim: Así será el nuevo complejo
- Álex Calatrava ya brilla en Primera: así fue el debut del traspaso récord del Castellón
