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La poética del cuaderno: tres libros para recuperar la avidez y el asombro lector

Tres novelas de Kate Zambreno, Fran Ruiz y Lara Pawson utilizan el cuaderno como método compositivo para abordar la realidad

Analizamos tres libros de Kate Zambreno, Fran Ruiz y Lara Pawson.

Analizamos tres libros de Kate Zambreno, Fran Ruiz y Lara Pawson. / MEDITERRÁNEO

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Eric Gras

Eric Gras

Imagino que cualquiera que se considere lector conoce bien esas rachas irregulares en las que los libros parecen acercarse y alejarse de uno sin demasiada explicación. Leer exige una forma de entrega: concentración, tiempo, cierta disponibilidad física y también una energía mental que no siempre está ahí. A veces, sencillamente, uno prefiere entregarse a cualquier distracción irrelevante antes que abrir una novela o adentrarse en un ensayo. No es el momento, no está el ánimo, la cabeza insiste en ocuparse de otras preocupaciones o la vida reclama su turno.

En mi caso, además, existe una pequeña criatura risueña que requiere mi atención, mis juegos y mis payasadas, y ante cuya mirada pícara suelo rendirme sin ofrecer demasiada resistencia. Desde que me convertí en padre, mi ritmo de lectura se volvió más desigual. He atravesado periodos fértiles y otros de una sequía considerable, temporadas en las que los libros se acumulaban en la mesilla mientras yo apenas encontraba la fuerza necesaria para entrar en ellos.

No lo digo con culpa. Durante mucho tiempo entendí la lectura como una parte inseparable de mi identidad, y quizá por eso me costaba aceptar que también podía cansarme de ella, aplazarla o perder momentáneamente el apetito. Pero leer no debería convertirse en otra obligación ni en una cifra con la que medirnos. La vida desplaza nuestras costumbres, reorganiza el tiempo y altera incluso aquello que creíamos más estable en nosotros.

Hace unos tres meses, sin embargo, algo cambió. Recuperé lo que, medio en broma, he llamado alguna vez mi poder. Volví a sentirme yo después de una temporada larga y recobré una capacidad de concentración y de asombro que echaba profundamente de menos. Los libros dejaron de parecer objetos silenciosos que me esperaban con paciencia y volvieron a convertirse en puertas. Crucé muchas durante estos meses, con una avidez que creía adormecida, y tuve además la fortuna de que casi todo lo leído mereciera la pena.

Portadas de los libros 'Derivas', 'Cuidar crisantemos, leer a Li Bai y tocar la cítara de siete cuerdas al anochecer' y 'Luz de paso'.

Portadas de los libros 'Derivas', 'Cuidar crisantemos, leer a Li Bai y tocar la cítara de siete cuerdas al anochecer' y 'Luz de paso'. / La uÑa RoTa / Rosita y Amparo / Temporal Casa Editora

Entre esas lecturas, tres libros comenzaron a reclamar un espacio común. No porque sus autores se parezcan demasiado ni porque compartan exactamente un género, una tradición o una manera idéntica de entender la literatura. Al contrario: Kate Zambreno, Fran Ruiz y Lara Pawson escriben desde lugares muy distintos. Pero mientras avanzaba por Derivas (La uÑa RoTa; traducción de Montse Meneses Vilar), Cuidar crisantemos, leer a Li Bai y tocar la cítara de siete cuerdas al anochecer (Rosita y Amparo) y Luz de paso (Temporal; trad. Julia Osuna), advertí una afinidad difícil de ignorar. Los tres parecían narrar desde la atención antes que desde la acción; los tres confiaban en la nota, el fragmento, el paseo, el objeto y la asociación como formas capaces de sostener un libro.

Fue entonces cuando empecé a pensar en ellos como tres variaciones de una misma poética: la del cuaderno.

Cuando el apunte deja de ser provisional

Conviene precisar el término. No estamos exactamente ante tres diarios, aunque todos conserven algo de su intimidad, su discontinuidad y su cercanía al instante. Tampoco son simples colecciones de fragmentos, como si la brevedad de sus piezas bastara para hermanarlos. Lo que comparten es más profundo: los tres convierten una forma de escritura aparentemente preparatoria —la impresión fugaz, la frase anotada, la observación cotidiana— en el principio mismo de la composición.

En ellos, la nota no es el material en bruto que algún día será ordenado y domesticado por una trama. Tampoco es una promesa de literatura futura. La nota ya es la literatura.

El relato avanza por acumulación, contagio y resonancia. Una escena llama a un recuerdo; un objeto despierta una imagen histórica; un paseo se transforma en pensamiento; una lectura entra en conversación con un cuerpo, una calle o una preocupación económica. Los libros parecen desviarse constantemente y, sin embargo, esas desviaciones son su verdadera dirección. Conservan la apariencia móvil de una conciencia trabajando: sus interrupciones, sus cambios de escala, sus asociaciones repentinas y hasta sus aparentes distracciones.

Esta forma exige una construcción mucho más precisa de lo que su espontaneidad sugiere. Un cuaderno real admite páginas muertas, reiteraciones involuntarias, hallazgos aislados y largos tramos de pura inercia. Una obra construida como cuaderno debe seleccionar, modular y ordenar sus vacíos sin perder la vibración de lo inacabado. Los tres libros logran esa paradoja: están cuidadosamente compuestos, pero parecen seguir haciéndose delante de nuestros ojos.

Kate Zambreno: escribir lo que impide escribir

A Kate Zambreno ya la conocía. Había leído con entusiasmo Mi libro madre, mi libro monstruo (trad. Carlos Bueno Vera i Violeta Gil), una obra escrita durante trece años en la que la autobiografía, la fotografía, la crítica de arte y la memoria familiar se ramifican alrededor de la muerte de la madre. Aquel libro no trataba de reconstruir una vida con la seguridad de quien recompone una vasija, sino de observar sus fragmentos, incluso aquellos que cortan al tocarlos. Zambreno hacía del duelo un archivo incompleto y de la escritura un lugar donde custodiar el caos sin fingir que podía resolverlo.

Por eso Derivas me resultó reconocible y, al mismo tiempo, sorprendente. Su narradora debe entregar un libro que parece incapaz de comenzar. Mientras el plazo se estrecha, contempla el paso de las estaciones, pasea con su perro, fotografía el vecindario, lee, busca trabajo, piensa en otros escritores y artistas y se preocupa por el dinero. Después, su cuerpo introduce otra temporalidad: el embarazo altera la percepción de sí misma, de la creación y del futuro.

«¿Qué me impide escribir este libro? El calor, el perro, el día…», se pregunta al inicio de una enumeración que pronto se desborda. La respuesta es, en cierto modo, Derivas entero. Todo aquello que parece obstaculizar la escritura —el cansancio, el deseo, internet, la precariedad, la envidia, las tareas domésticas, la ansiedad, la vida del cuerpo— acaba entrando en el libro y componiéndolo.

La escritora estadounidense Kate Zambreno.

La escritora estadounidense Kate Zambreno. / Heather Sten

Zambreno escribe precisamente sobre esa zona fronteriza en la que resulta difícil determinar cuándo se está trabajando y cuándo no. ¿Cuenta como escritura mirar por la ventana? ¿Leer a Kafka o pensar en Chantal Akerman? ¿Tomar una fotografía, redactar un correo, caminar sin rumbo, atender a un animal, dejarse caer en una búsqueda de internet? Su método reúne notas, bocetos, imágenes, lecturas y divagaciones para interrogar la fantasía de una obra pura, producida al margen del cuerpo y de las condiciones materiales de quien escribe.

En una conversación sobre el libro, la propia autora explicó que no pretendía trasladar literalmente un diario a la página, sino capturar «la sensación del día»: el movimiento horizontal de una vida compuesta por pequeños pasajes que continúan, se interrumpen y vuelven transformados. También ha insistido en que la escritura siempre procede de un cuerpo, aunque buena parte de la tradición literaria haya preferido imaginar al escritor como una inteligencia sin hambre, sin alquiler y sin obligaciones.

Esa conciencia corporal y material proporciona a Derivas su atmósfera particular. La novela posee la luz oblicua de una tarde demasiado larga: una mezcla de languidez, deseo de desaparición y alarma económica. La narradora quiere retirarse del mundo para escribir, pero el mundo entra constantemente en la habitación. La página se llena de facturas, correos, cambios de estación, imágenes, dolores, animales y cuerpos. La vida no interrumpe la obra: la invade hasta convertirse en ella.

El cuaderno de Zambreno es, por tanto, un cuaderno sobre la imposibilidad de escribir que termina siendo el libro que parecía imposible escribir.

Fran Ruiz: pasear contra la velocidad

El movimiento de Cuidar crisantemos, leer a Li Bai y tocar la cítara de siete cuerdas al anochecer es distinto. En la primera novela de Fran Ruiz, el cuaderno abandona la habitación y empieza a caminar por Barcelona.

Su protagonista deambula mientras su vida laboral permanece suspendida. Recorre bares, supermercados y plazas; contempla a los desconocidos, recuerda, piensa en recuperar la pintura y registra una ciudad que por momentos parece real y por momentos soñada. No persigue un destino claro. Tampoco parece decidido a reconstruirse o a convertir su crisis en una edificante historia de superación. Flota entre la evasión y el exceso de conciencia, entre la melancolía y una ironía que evita que el libro se ahogue en solemnidad.

Ruiz ha explicado que la novela nació precisamente de apuntes tomados durante sus paseos: frases sueltas, descripciones y escenas banales escritas sin un propósito narrativo definido. Poco a poco, aquellas piezas encontraron una voz y un personaje. «El protagonista flota, pero no avanza. Y en su no avanzar, se ensancha y fluye», escribe el autor al recordar el proceso.

La frase resume el movimiento íntimo del libro. Estamos acostumbrados a pensar la narración como avance: algo debe suceder, una situación tiene que resolverse, un personaje ha de llegar a alguna parte. Ruiz sustituye esa flecha por una expansión. Su protagonista no progresa, pero su percepción se vuelve más amplia. Cada paseo añade una capa a la ciudad y a quien la recorre. La falta de rumbo no implica ausencia de movimiento, sino otra forma de desplazarse.

El escritor catalán Fran Ruiz.

El escritor catalán Fran Ruiz. / MEDITERRÁNEO

El título, con su combinación de jardinería, poesía china y música antigua, funciona casi como un pequeño programa de vida. Frente a la hiperactividad contemporánea, propone gestos lentos, inútiles en el mejor sentido de la palabra: cuidar una flor, leer un poema, tocar un instrumento al caer la tarde. No se trata de un manifiesto ingenuo a favor de la renuncia ni de una fantasía pastoral en medio de Barcelona. La precariedad, el cansancio y el desencanto permanecen en el fondo del libro como un zumbido eléctrico. Pero la contemplación abre una grieta en el mandato de aprovechar cada minuto.

El paseante de Ruiz hereda algo del antiguo flâneur, aunque sus calles ya no sean los bulevares del siglo XIX y su vagabundeo esté atravesado por la ansiedad laboral, la saturación de estímulos y la sensación de llegar tarde a todas partes. Caminar le permite sustraerse durante un rato a la exigencia de convertirse en un proyecto rentable. Mira precisamente porque, al menos mientras pasea, no está produciendo nada que pueda medirse.

La prosa acompaña esa disposición. Se construye mediante anotaciones, aforismos, pequeñas escenas y miniaturas narrativas que no intentan ofrecer una visión total de la ciudad. Barcelona aparece por destellos: la luz de un establecimiento, una conversación escuchada al pasar, una presencia extraña, un gesto ridículo, una inesperada ternura. Cada fragmento es como una pincelada que no pretende completar el cuadro, pero sí modificar nuestra manera de mirar su superficie.

Ruiz escribe con una ligereza que no debe confundirse con falta de profundidad. El humor airea la melancolía; la atención a lo pequeño impide que la reflexión filosófica se eleve demasiado por encima de la calle. Su protagonista puede estar pensando en la inactividad, la identidad o el fracaso y, un momento después, quedar atrapado por una escena absurda en un supermercado. Esa convivencia entre lo elevado y lo banal dota al libro de una rara cercanía.

Su cuaderno es el de un paseante contemporáneo: alguien que camina para escapar de la productividad, pero también para comprobar si todavía queda alguna forma de asombro bajo el ruido.

Lara Pawson: la historia escondida en las cosas

Luz de paso, de Lara Pawson, es quizá el libro más difícil de encerrar en la idea convencional de diario. Su principio organizador no es el paso de los días ni el recorrido por una ciudad, sino la circulación vertiginosa entre objetos, imágenes, recuerdos e historias.

Una tostadora abre la primera fisura. Después llegan un temporizador, un teléfono, las baldosas de una casa, un imán, una ardilla y otros elementos de la vida cotidiana. Pawson los observa hasta que dejan de ser inocentes. Cada cosa se transforma en un umbral hacia las redes de extracción, explotación y violencia que la han hecho posible; pero también hacia el cuidado, la destreza artesanal, la intimidad y el deseo. La edición española, traducida por Julia Osuna y publicada por Temporal Casa Editora, presenta precisamente esa habitación doméstica como una miniatura del mundo entero.

Pawson trabajó durante años como periodista y corresponsal, una experiencia que atraviesa su manera de percibir la materia. Sus objetos no permanecen encerrados en la comodidad doméstica. Arrastran consigo guerras, colonialismo, trabajo forzado, violencia política y explotación económica. El hogar no aparece como un refugio separado de la historia, sino como uno de los lugares donde la historia desemboca, pulida y transformada en mercancía.

La fuerza del libro procede de que esas conexiones no se presentan como un ensayo ordenado ni como una denuncia convencional. El lenguaje salta. Se acelera de un objeto a otro, de una imagen íntima a una atrocidad colectiva, de lo grotesco a lo tierno. La lectura produce una especie de vértigo moral: Pawson no permite que contemplemos una cosa durante demasiado tiempo sin percibir las sombras adheridas a ella.

La escritora británica Lara Pawson.

La escritora británica Lara Pawson. / Peter Clark

La escritora Sara Baume señaló que resulta «imposible predecir» dónde habrá llevado cada párrafo al lector cuando llegue a su final. Esa imprevisibilidad no es caprichosa. Reproduce la movilidad de una conciencia que ha renunciado a separar cómodamente lo personal de lo político, el placer de la violencia o la belleza de las condiciones materiales que la sostienen.

En Luz de paso, las asociaciones no funcionan únicamente como metáforas. Son conexiones materiales. El teléfono contiene el coltán extraído en otro continente; las baldosas de una vivienda se relacionan con la historia colonial; los utensilios domésticos comparten formas y mecanismos con instrumentos de control o destrucción. La materia cotidiana conserva sangre, aunque la superficie haya sido limpiada hasta brillar.

El libro podría haberse convertido en una letanía acusatoria, pero Pawson introduce humor, deseo y una delicada corriente amorosa que impiden la clausura. La voz puede ser implacable, incluso incómoda, pero no se limita a desenmascarar la brutalidad del mundo. También busca aquello que permite habitarlo: la relación con otro cuerpo, el cuidado, la compañía, la posibilidad de regresar a alguien.

Su cuaderno no registra días ni paseos, sino objetos. Es un inventario asociativo en el que cada cosa, observada con la suficiente intensidad, termina confesando la historia que contiene.

Tres libros que se detienen para avanzar

Zambreno, Ruiz y Pawson sustituyen la progresión lineal por tres movimientos distintos. Derivas se desplaza de la nota hacia el libro; Cuidar crisantemos avanza de calle en calle, aunque su protagonista parezca permanecer quieto; Luz de paso viaja de un objeto a otro mediante asociaciones que unen la habitación con la historia global.

En Zambreno, el centro es el tiempo: las estaciones, el bloqueo creativo, el cuerpo que cambia y la dificultad de distinguir la vida de la obra. En Ruiz, domina el espacio: la ciudad recorrida sin propósito aparente, la mirada que se ensancha y la resistencia íntima a la velocidad. En Pawson, manda la materia: los objetos como depósitos de memoria, violencia, deseo y trabajo humano.

Los tres libros confían, sin embargo, en una misma facultad: la atención. Sus voces no parecen dirigirse con urgencia hacia un desenlace, sino detenerse a registrar aquello que normalmente queda aplastado bajo el avance de la trama y de los días. Un pensamiento incompleto, una imagen callejera, un objeto insignificante, un cuerpo cansado o una asociación intempestiva adquieren de pronto una densidad inesperada.

El cuaderno deja así de ser el lugar donde la literatura se prepara. Se convierte en una forma de concebirla: abierta, porosa, capaz de incorporar la duda y de preservar el temblor del pensamiento antes de que este se endurezca en una conclusión.

Recuperar el asombro

Estas tres lecturas llegaron en un momento particular. Después de una temporada en la que leer se había vuelto intermitente, regresaron a mí no solo las ganas de abrir libros, sino la sensación de que un libro podía alterar la luz con la que observaba el resto del día.

Zambreno me recordó que aquello que interrumpe la escritura puede ser su materia más verdadera. Ruiz, que un paseo sin objetivo quizá contenga una dirección más profunda que muchas de nuestras carreras. Pawson, que los objetos más familiares guardan bajo su superficie la memoria del mundo que los produjo.

Ninguno de los tres ofrece una escapatoria sencilla. Sus libros no nos invitan a abandonar la realidad, sino a entrar con mayor profundidad en ella. Mirar más despacio no significa mirar menos. Detenerse no supone necesariamente permanecer inmóvil. La atención puede ser una forma de conocimiento y, en una época organizada para dispersarla, también una forma discreta de resistencia.

Quizá recuperar mi poder lector no consistiera en volver a leer mucho ni en restablecer una antigua disciplina. Tal vez consistiera únicamente en volver a estar disponible: permitir que una frase me detuviera, que un paseo ajeno modificara el mío, que una tostadora dejara de ser solo una tostadora.

Eso hicieron estos libros. Me devolvieron la impresión de que la literatura todavía puede abrir una grieta en la costumbre y dejar entrar por ella una luz distinta. No una iluminación definitiva ni una respuesta que ordene el mundo, sino algo más frágil y quizá más valioso: el deseo de mirarlo otra vez.

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