Volver donde nunca estuvimos: cómo Castellón rescata 25 años de fotografía y memoria de la Guerra Civil
Marta Martín Núñez, profesora de la Universitat Jaume I, reúne en 'Ecos de la memoria' (RM Editorial) más de 120 publicaciones sobre proyectos relacionados con la contienda

Julián Barón es el autor de 'El laberinto mágico', proyecto que parte de las recreaciones históricas de episodios de la Guerra Civil española. / Julián Barón
¿Cuántas formas existen de representar la memoria? ¿Cómo se fotografía el eco de algo que ocurrió hace casi un siglo, cuando quienes levantan la cámara ya no estuvieron allí? ¿Puede una imagen hacer justicia, aunque sea una justicia pequeña, tardía, acaso solamente poética?
Esas preguntas están en el origen de Ecos de la memoria. Volver donde nunca estuvimos. 25 años de fotolibros de la Guerra Civil, el proyecto dirigido por Marta Martín Núñez que ahora culmina en papel después de haber sido investigación, archivo y exposición. No es casual que ese recorrido haya nacido en Castellón. Martín Núñez es profesora de la Universitat Jaume I, donde desarrolla buena parte de su investigación en torno a la fotografía contemporánea, la memoria y las formas visuales de nuestro tiempo.
Desde allí, desde una universidad pública situada lejos de los grandes centros culturales de Madrid y Barcelona, ha terminado levantándose uno de los mapas más minuciosos realizados hasta ahora sobre la manera en que la fotografía española contemporánea ha vuelto los ojos hacia la Guerra Civil.
Y quizá volver sea precisamente el verbo.

'We came for games', trabajo de Roberto Aguirrezabala, que se incluye en 'Ecos de la memoria' / Roberto Aguirrezabala
Porque el subtítulo del libro encierra toda una poética: Volver donde nunca estuvimos. Los artistas reunidos por Martín Núñez pertenecen, en su inmensa mayoría, a generaciones que no vivieron la contienda. Algunos ni siquiera conocieron la dictadura como adultos. Son hijos, nietos y ya incluso bisnietos de quienes atravesaron aquel tiempo. No recuerdan la guerra: recuerdan, en cambio, sus consecuencias. Los silencios en las sobremesas. Una fotografía familiar sin explicación. Un nombre que no se pronunciaba. Una fosa. Un paisaje aparentemente vacío. Una historia escuchada a medias.
Ahí comienza el eco.
Profusa investigación
El libro recoge el resultado de una investigación dedicada a recuperar, catalogar, analizar y conservar proyectos fotográficos sobre la Guerra Civil publicados entre 1999 y 2025. El Archivo de Memoria Fotográfica de la Guerra Civil, creado en 2022 en la Universitat Jaume I y depositado en su Biblioteca, supera ya las 120 publicaciones; alrededor de noventa corresponden a obras contemporáneas realizadas por generaciones que no conocieron directamente la guerra. Catálogos, libros fotográficos y fotolibros que hasta ahora se encontraban desperdigados, descatalogados, agotados o reducidos, en ocasiones, a tiradas mínimas y autopublicaciones.
Eso es, antes que nada, lo que consigue Ecos de la memoria: evitar una segunda desaparición.
Porque existe una forma discreta de olvido que no necesita censura ni destrucción. Basta con la dispersión. Un libro agotado aquí; otro del que apenas quedan ejemplares; una publicación vinculada a una exposición que terminó hace años; una pequeña edición financiada por su propio autor. Cada pieza conserva una manera de mirar el pasado, pero aisladamente apenas permite comprender el fenómeno. Reunidas, en cambio, empiezan a dibujar una constelación.

'Memorias revolucionarias' es otro de los fotolibros que comprenden este archivo sobre la Guerra Civil. / Martí Llorens
Y la palabra constelación resulta especialmente apropiada. Martín Núñez no propone un catálogo funerario ni un inventario administrativo. Lo que aparece al aproximar unas obras a otras son afinidades, fracturas, cambios generacionales. Formas distintas de responder a una misma ausencia.
La Guerra Civil y la fotografía española
Durante buena parte del siglo XX, sostiene la investigación, la Guerra Civil permaneció prácticamente fuera de la fotografía española de creación. Hubo primero una generación marcada por el miedo y el silencio; después, otra que buscó alejarse de un pasado que sentía gris y asfixiante. Serían los nietos, ya desde finales de los noventa, quienes comenzarían a utilizar de manera decidida la cámara para desenterrar aquello que permanecía oculto.
Y al principio desenterrar fue casi literal.
Las fosas, las exhumaciones, los huesos, los rostros de supervivientes, las cárceles, los lugares de represión. La fotografía tenía entonces una misión cercana al testimonio: mostrar lo que durante demasiado tiempo no había podido verse. Obras de Francesc Torres, Clemente Bernad, Gervasio Sánchez, Ana Teresa Ortega o Sofía Moro se inscriben en ese impulso de recuperación y reparación. La imagen todavía conservaba, de forma poderosa, su antigua condición de prueba.
Después ocurrió algo. La fotografía empezó a preguntarse no solamente qué recordamos, sino cómo recordamos.
La cámara dejó de funcionar exclusivamente como una prueba orientada hacia el pasado y comenzó a convertirse en una herramienta para interrogar el presente. Llegaron el montaje, la apropiación de archivos, la intervención material, los relatos familiares, el juego entre documento y ficción. El silencio ya no necesitaba ser perforado únicamente mostrando aquello que ocultaba; podía ser señalado, rodeado, convertido en forma.
El fotolibro como fuente
Es ahí donde el fotolibro adquiere una importancia decisiva. No es simplemente un recipiente para fotografías. Su papel, su tamaño, su encuadernación, el modo en que una página oculta o revela otra imagen, los vacíos y las interrupciones también producen significado.
Un fotolibro obliga, de algún modo, a tocar la memoria. A pasarla con los dedos.
Y en el corazón de esa transformación aparece un fotógrafo castellonense: Julián Barón.
Su El laberinto mágico, publicado en 2019, fue decisivo para Martín Núñez. Ella misma lo explica en las páginas más personales del volumen: cuando Barón le envió de golpe una veintena de imágenes al teléfono, al principio no entendió bien qué estaba viendo. Aquellas fotografías, sin embargo, permanecieron. Insistieron. Le suscitaron preguntas. Con el tiempo comprendió que aquello que había percibido en ellas no pertenecía solamente a un libro: estaba apareciendo también, bajo formas diversas, en otros trabajos contemporáneos sobre la Guerra Civil.

'El laberinto mágico', de Julián Barón, fue el punto de partida para el presente trabajo de investigación. / Julián Barón
Barón fotografía recreaciones actuales de batallas y construye después imágenes en las que el pasado y el presente se contaminan hasta hacer difícil distinguir dónde acaba uno y comienza el otro. Recreadores vestidos de soldados, espectadores contemporáneos, gestos que parecen haber escapado de las fotografías históricas. La guerra se convierte así en representación de una representación.
No estamos viendo 1937. Estamos viendo cómo 1937 continúa siendo imaginado en nuestro tiempo.
La memoria como presente
Ahí reside una de las intuiciones esenciales de Ecos de la memoria: la memoria no habla verdaderamente del pasado. Habla de quienes somos ahora.
La importancia de Barón en el proyecto va todavía más lejos. Su biblioteca personal de fotolibros, reunida mientras investigaba para El laberinto mágico, constituyó uno de los puntos de partida del futuro archivo. Martín Núñez reconoce en el propio volumen que su acompañamiento resultó fundamental durante todo el proceso, desde la investigación hasta las exposiciones y la concepción del libro.
En torno a Barón aparece, además, otra historia castellonense que parece escrita a la medida del propio proyecto.
Paco Rangel tomó en 1994 una serie de fotografías durante el rodaje en Mirambel de Tierra y libertad, la película de Ken Loach. Fotografió escenas rodadas en la plaza de la iglesia, pero también pausas, actores, equipos técnicos: los márgenes de una ficción cinematográfica que intentaba reconstruir la Guerra Civil. Después guardó aquellas imágenes durante 27 años. No encontraba un lugar desde el que publicarlas.
En junio de 2021, Rangel mostró las fotografías a Julián Barón, que terminó editando el trabajo para Polvora Verlag. Así nació Tierra y libertad, un pequeño fotolibro cuya propia historia cuestiona una de las fronteras temporales del archivo: aquellas imágenes habían sido tomadas antes de la gran eclosión memorialista iniciada a finales de los noventa, pero habían permanecido invisibles porque todavía no habían encontrado un contexto desde el que ser leídas.
El libro juega precisamente con esa incertidumbre. Comienza con fotografías en blanco y negro que podrían confundirse por momentos con imágenes originales de la contienda. En el centro, un retrato de Ken Loach rompe la ilusión. Después llega el color y los personajes vestidos de época aparecen mezclados con cámaras y técnicos del rodaje.
La ficción enseña sus costuras. Y la memoria también.
Imágenes a la espera
La historia de Rangel introduce así una idea especialmente hermosa: algunas imágenes no estaban olvidadas; estaban esperando. Necesitaban que el presente encontrase las preguntas capaces de hacerlas nuevamente visibles.
Castellón vuelve a aparecer de una forma completamente distinta en este proyecto con Jesús Monterde.
Desde Benassal, Monterde ha construido buena parte de su lenguaje fotográfico a partir de los paisajes, los habitantes y las sombras del Maestrat. En Maquis, publicado en 2022, entra de noche en los bosques del Alt Maestrat y Benassal donde se ocultaron guerrilleros antifranquistas durante la posguerra.

Jesús Monterde es el autor del fotolibro 'Maquis'. / POLVORA VERLAG
De niño había escuchado hablar de ellos como bandoleros. El conocimiento posterior de la historia de su propia tierra fue alterando aquella palabra heredada.
Monterde no intenta reconstruir sus movimientos con exactitud arqueológica. Busca algo quizá más difícil: imaginar el miedo. Su flash golpea troncos, ramas, paredes y oscuridades. Los árboles dejan de ser árboles para convertirse por momentos en cuerpos. El bosque parece recordar aun cuando ya no quedan testigos. Ante la imposibilidad de fotografiar a aquellos guerrilleros, muchos ya fallecidos, interviene también imágenes de archivo y realiza exposiciones efímeras en bosques y masías relacionados con sus historias.
Incluso la materialidad del libro participa de ese gesto. Maquis fue editado deliberadamente sin ISBN ni depósito legal. Sobre su cubierta negra, el título está pintado a mano en cada ejemplar con pigmentos obtenidos de la propia tierra. Un libro que parece querer circular como circularon aquellos hombres: discretamente, casi en clandestinidad. El territorio deja entonces de ser un fondo. Se vuelve memoria.
'La guerra de les imatges'
Y esa idea reaparece con fuerza al observar otro de los proyectos recogidos por Martín Núñez: La guerra de les imatges, catálogo de un ciclo fotográfico construido a partir de tres trabajos contemporáneos realizados en la provincia de Castellón. Calle Mayor, de Christian Robles, abre la pieza con fotografías actuales de la calle Mayor de Albocàsser, bombardeada durante la Guerra Civil por los Stuka alemanes; después aparecen Maquis, de Jesús Monterde, y El laberinto mágico, de Julián Barón.
La pieza audiovisual que reunió aquellos trabajos se proyectó en mayo de 2022 en el Refugio Antiaéreo de Castelló.
La correspondencia resulta casi demasiado exacta: imágenes contemporáneas dedicadas a preguntarse cómo recordamos la guerra fueron mostradas bajo tierra, en un espacio construido precisamente para protegerse de ella.
Albocàsser, Benassal, los bosques del Maestrat, las calles de Castelló, un antiguo refugio. La provincia contiene también sus propios negativos. Paisajes cuya apariencia cotidiana ha ido cerrándose sobre historias que todavía pueden emerger cuando alguien decide mirarlos de otro modo.

'El legado de la guerrilla', de Juan Plasencia, forma parte del proyecto. / Juan Plasencia
A esa constelación se suma Juan Plasencia, no castellonense de nacimiento pero profundamente vinculado profesional y creativamente a la Universitat Jaume I y al desarrollo del propio proyecto. Su El legado de la guerrilla, publicado en 2012, reúne los retratos y las historias de 56 personas relacionadas con las últimas guerrillas antifranquistas: combatientes, enlaces, puntos de apoyo y familiares. Para encontrarlas, Plasencia recorrió 24.000 kilómetros durante catorce meses.
Frente a un fondo negro, sus rostros son observados con una precisión que transforma la piel en otra clase de archivo: arrugas, cicatrices, ojos, una biografía escrita sin palabras.
Su presencia representa además algo esencial en Ecos de la memoria: la naturaleza colectiva del proyecto. Plasencia no solo comparece como autor. Es responsable de la reproducción de las imágenes del volumen y ha acompañado durante años el trabajo alrededor del archivo. Martín Núñez reconoce expresamente en el libro su complicidad a lo largo de todo ese proceso.
¿Qué queda?
El mapa castellonense que emerge de Ecos de la memoria no responde, por tanto, a una escuela ni a un lenguaje común. Barón fractura el tiempo mediante el montaje; Rangel rescata imágenes que permanecieron casi tres décadas suspendidas; Monterde se interna en la oscuridad de los bosques; Robles fotografía el presente de una calle bombardeada; Plasencia convierte los rostros supervivientes en documentos de carne.
Lo que los aproxima no es una estética. Es una pregunta: ¿Qué queda en los lugares y en las imágenes después de que desaparezcan quienes recuerdan?
Por eso tampoco parece accidental que la primera exposición surgida del archivo, Ecos de la memoria. Fotolibros del presente, se celebrase en 2023 en el Museu de Belles Arts de Castelló. Después viajaría al Castell de Montjuïc de Barcelona y a la Université Paul Valéry de Montpellier. En todas ellas se tomó una decisión fundamental: los libros podían tocarse. Podían abrirse, hojearse, experimentarse. El archivo no quería convertirlos prematuramente en reliquias.

'Ellos y nosotros' es otro de los trabajos recopilados por Marta Martín Núñez. / Sofía Moro
Ahora el proyecto vuelve al papel. «Pero el viaje no podía terminar en las paredes de una sala», explica Martín Núñez. El archivo necesitaba regresar al lugar del que había partido: al libro. A un objeto que pudiera conservar esa constelación y, al mismo tiempo, seguir circulando de mano en mano. Ese movimiento resume muy bien el espíritu de Ecos de la memoria, porque guardar no significa inmovilizar. Guardar también es cuidar.
De y desde Castellón a...
La publicación, dirigida y escrita por Marta Martín Núñez, con prólogo de Antonio Ansón y el acompañamiento de Julián Barón, reúne la investigación, la curaduría y las obras recuperadas, además de conversaciones con especialistas en fotografía y memoria. El proyecto ha contado asimismo con el apoyo de la Càtedra d’Història i Memòria Democràtica y de proyectos y grupos de investigación de la propia Universitat Jaume I.
Ese arraigo importa. Porque aquí Castellón no comparece como una nota al pie de un proyecto de alcance estatal. Es el lugar desde el que se ha hecho posible reunir lo disperso. La UJI funciona como laboratorio, archivo, refugio y punto de partida. En su Biblioteca queda depositada una colección que difícilmente habría podido contemplarse como conjunto hasta ahora.
Y quizá allí se encuentre el valor más profundo del trabajo de Marta Martín Núñez.
No pretende cerrar la memoria de la Guerra Civil dentro de una explicación definitiva. Hace exactamente lo contrario: abre las preguntas. Permite observar cómo cambia la forma de recordar cuando desaparecen los últimos testigos; cómo una generación hereda historias que no vivió; cómo la fotografía abandona poco a poco la voluntad de demostrar para comenzar también a dudar, imaginar, reconstruir y escuchar.

'Ecos de la memoria'
Autora: Marta Martín Núñez
Texto: Marta Martí Núñez y Antonio Ansón
Diseño: Underbau
Páginas: 56 + 288; Imágenes: 210
50 euros
En uno de los fragmentos más íntimos del volumen, Martín Núñez recorre cuatro generaciones de su propia familia. Escribe sobre sus abuelos y los pequeños fragmentos de guerra que alguna vez asomaban entre las conversaciones cotidianas; sobre sus padres; sobre ella misma; y finalmente sobre su hijo Joel, que pertenece ya a una generación para la que aquella memoria carnal estará a punto de desaparecer. El libro está dedicado precisamente a ese movimiento entre pasado y futuro: «A Joel. Ojalá tu futuro se construya desde la memoria».
Los últimos testigos se van. Quedarán sus relatos, cuando fueron contados. Las fotografías. Los nombres. Los objetos. Quedarán los libros.
Por eso los ecos tienen esa extraña propiedad: nunca devuelven intacta la voz que los produjo. Llegan después, transformados por la distancia. Y Ecos de la memoria escucha precisamente esa distancia. Y desde Castellón —desde una universidad, desde una biblioteca, desde una calle de Albocàsser, desde los bosques de Benassal, desde los libros de Julián Barón, Paco Rangel o Jesús Monterde— recuerda que el pasado no permanece detrás de nosotros como una fotografía quieta.
A veces sigue delante. Esperando que aprendamos a mirarlo.
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