Luis Figo ganó su batalla particular con Raúl y podrá seguir soñando con vestir de campeona a la generación de oro del fútbol portugués, que ha pasado durante años por los trances depresivos de quedarse siempre a mitad de camino. Un mal que amenaza con cebarse ahora en España, un grupo de jugadores que promete lo mejor y se arruga en las citas trascendentales.

El fracaso de anoche hizo sangre especialmente en Raúl. El delantero madridista, capitán y líder indiscutible de la selección española, ha hecho también todo lo posible por convertirse en guía espiritual del equipo. De una selección que, a su juicio, estaba llamada a no dejar pasar este tren con el objeto de dar un salto de calidad y mentalidad para colarse en el reducido ramillete de selecciones que casi siempre llegan al último tramo del camino con posibilidades de alzar el título.

EL TERCER TROPIEZO

No importó que llegase a Portugal después de una de sus temporadas más negras en el Madrid. Aseguraba que lo peor había pasado y que había recuperado el mejor tono físico y mental para tirar de un equipo que estaba obligado a despejar muchas incógnitas. En lo personal, además, no quería dejar pasar otra oportunidad, la tercera consecutiva, de subirse al carro de las estrellas en un gran campeonato. Es lo que dicen que le ha faltado para alcanzar el Balón de Oro. Falló el penalti ante Francia que cerró a España las puertas de las semifinales de la Eurocopa 2000 y se perdió por lesión los cuartos en Corea.

Su primera aparición digna en este Europeo, la de la jugada del gol ante Grecia, le devolvió al primer plano después de un estreno muy gris y un aluvión de críticas que encajó con disimulada deportividad. Su puesta en escena ayer, buscando siempre a Torres, levantó ciertas expectativas, pero pronto se hundió en la mediocridad. No llegó a tiempo de culminar una buena jugada de Vicente en el primer tiempo y cabeceó de mala manera un balón puesto con excelencia por el extremo valencianista en el segundo.

Dos puñaladas directas a su corazón. Había depositado todas las esperanzas en esta Eurocopa y acabó, a una semana de cumplir los 27 años, con el alma hecha jirones. Hundido, derrotado, pero sin dar la espalda a las labores que conlleva su liderazgo. Al término del partido obligó, tiró más bien, de sus compañeros para que homenajeasen a los miles de seguidores que les alentaron. Una actitud honesta.

LA OTRA CARA

Todo lo contrario que Figo. La carrera entre ambos empezó en la misma boca de vestuarios. Pronto se vio que el portugués estaba en otra onda, como lo ha estado durante todo el curso en el Madrid. El capitán de la selección lusa anduvo con el equipo blanco a sus espaldas. Con Portugal ha hecho lo mismo, pero con otra clase de acompañamiento. Tuvo que transigir con hacer un hueco a Deco, en lugar de su amigo Rui Costa, y fue el primero en lanzarse a la yugular de los españoles en el partido de ayer. Un héroe merecedor de todos los honores hoy en Portugal. Raúl no resiste en estos momentos la comparación.