El paso del tiempo ha dejado bien clara la manifiesta debilidad disciplinaria de Augusto César Lendoiro y de Javier Irureta al frente del Deportivo. Vaya por delante que nadie les va a negar su gran cuota de culpabilidad en el crecimiento y éxitos del club gallego en los últimos años, pero se veía a la legua que, a poco que vinieran torcidas las cosas, no habría bastantes extintores para apagar tanto incendio. Y así está ocurriendo exactamente en la presente temporada.

Han sido escasos los jugadores que no se le hayan amotinado a Irureta en algún momento de su trayectoria en el club. En los entrenamientos, en los partidos, en los viajes... casi siempre hubo gestos o palabras por parte de alguien --el más contundente fue el famoso cabezazo de Djalminha--, pero todo se resolvió siempre con un aquí paz y allá gloria. La credibilidad y la autoridad de Irureta han ido menguando con el paso de las temporadas, aunque tampoco el guipuzcoano ha sabido irse de tierras gallegas en el momento oportuno, que lo hubiera hecho por la puerta grande. Que si me voy, que si no me voy, que si los deberes no están hechos... Y como el presidente tampoco ha sabido, no ha querido o no se ha atrevido a frenar los conatos de indisciplina de sus futbolistas, pues pasa lo que pasa. El penúltimo en soltarse el pelo ha sido el uruguayo Pandiani, quien parece haberse quedado muy a gusto con lo de las copas, en alusión directa a alguno de sus compañeros en la delantera coruñesa.

El Deportivo vivió en el pasado muchos días de vino y de rosas, pero, con el paso del tiempo, el vino se ha tornado agrio y de las rosas, en la actualidad, se puede decir que no quedan más que las espinas.