El Villarreal tuvo a la galaxia a tiro, al borde de la derrota, y no supo ni pudo tumbarla. Y eso que el Submarino atómico lo tuvo más fácil que nunca. Empezó adelantándose en el marcador merced a un penalti de esos que sólo se pitan a favor del Madrid cuando juega en el Bernabéu. No fue suficiente, al igual que tampoco jugar en superioridad numérica durante 24 minutos (incluidos los cinco de descuento) por la expulsión de Samuel. El Villarreal tuvo al Madrid muerto y consiguió resucitarlo.

Mientras en el Bernabéu se buscaba a alguien que quisiera conocer a Beckham o las cámaras buscaban las mejores tomas de Zidane para una película, el Villarreal se dedicaba a otro tipo de márketing que le ha funcionado perfectamente esta temporada: jugar bien al fútbol.

El Real Madrid le dispensó un trato de respeto casi reverencial, huyendo del tuteo y apelando al usted para dirigirse al equipo revelación de la Liga. Y eso que sólo el triunfo le otorgaba derecho a los merengues de agarrarse a sus opciones de campeonar.

El Villarreal distaba mucho del equipo temeroso que debutara en Primera División, precisamente en este escenario, hace siete temporadas. Anoche podía perder, empatar o ganar, pero en Madrid se le temía.

Para ganarle al Real Madrid en su estadio es necesario que cuadren una serie de circunstancias en una misma dirección. Al Villarreal siempre se le habían torcido alguna de ellas en el momento más inoportuno. Los amarillos sumaron victorias parciales en la batalla desplegado sobre el rápido césped. En defensa, se rozó la perfección con la firmeza de Gonzalo y Quique Álvarez, a la que se sumó la solvencia del Mariscal en la salida del balón.

Marcos Senna, fundamentalmente, y Román impusieron su criterio y su ley en la parcela ancha, unido al impresionante trabajo de Josico y Sorín. Arriba, Forlán y José Mari bailaban al mecanismo de contención blanco.

Parecía que era el día indicado para acabar con la maldición que persigue al Villarreal en sus partidos con el Madrid.

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