Cuántas y cuántas veces hemos hablado del Valladolid como ese equipo que durante un montón de años estaba ahí, en Primera División, sin hacer ruido, pero casi perenne en su permanencia en la máxima categoría. Casi sin previo aviso, llegó el inesperado y trágico descenso. Luego, al gallito Valladolid le pasó lo mismo que a tantos equipos recién descendidos, que no hay manera de que se adapten a las primeras de cambio a la categoría de plata.

Puede que no se renovara lo suficiente la plantilla; el caso es que acabar la temporada a 13 puntos del ascenso fue un fracaso en toda regla. Ni Kresic, primero, ni Marcos Alonso, después, encontraron la fórmula para que los pucelanos parecieran serios candidatos a subir.

Ahora da la impresión de que se han hecho mejor las cosas, mezclando veteranía y juventud, y el equipo es mas de Segunda A que el anterior. Incluso cuenta con la ventaja de que la categoría no parece tan fuerte esta temporada, teniendo en cuenta que los que subieron eran de los más potentes.

Si en el primer año no se consigue el ascenso, excusas puede haberlas de varios tipos, pero, a la segunda, al Real Valladolid sólo le vale que sea la vencida, el conseguir el éxito a cualquier precio, porque para un clásico habitual de la Liga de las Estrellas una tercera temporada en el pozo de Segunda sería una invitación a la ruina en todos los sentidos.