En Almassora, que es mi pueblo, es una costumbre desde hace muchos años escuchar el estruendo de un cohete cada vez que Real Madrid o Barcelona --en ocasiones también el Valencia-- marcan un gol en partido televisado. Se trata de dar a conocer al vecindario la alegría de sus seguidores más acérrimos y, a la vez, fastidiar a los fanáticos del equipo rival. Una ventaja que tenemos, entre otras muchas, respecto de los que viven en la capital.

El sábado, sentado en el sofá de casa delante del televisor, me llevé tres grandes alegrías. Las correspondientes al estallido de tres cohetes simultáneos en el tiempo a los tres tantos que el Villarreal anotó en Anoeta frente a la Real Sociedad.

Algo está cambiando. Pero, aún así, no es suficiente. Algún día nos daremos cuenta de la historia que el club amarillo está escribiendo con letras de oro. Una cosa impensable para cualquier ciudadano de la provincia de Castellón. Porque además es una hazaña que salta las barreras estrictamente deportivas para adentrarse en lo social. Por eso duele que la fiebre amarilla no acabe de calar en todas las comarcas, de norte a sur, para colaborar a que este sueño que estamos viviendo dure muchos años.

En lo deportivo, sólo dos apuntes. Primero, Guayre debe renovar su contrato y seguir en la plantilla. Y segundo, Fernando Roig tiene que hacer un esfuerzo y traer un jugador importante en Navidad.