La primera motivación que se había autoimpuesto un país, Alemania, acostumbrado a los éxitos (tres Mundiales y tres Eurocopas) era acabar con un periodo de 12 años sin títulos. La segunda es cerrar esa negra racha a lo grande. Ante un rival con nombre y no ante el típico equipo revelación. Como España, pese a que por historial figura en el segundo escalafón internacional. "Queríamos jugar la mejor final posible. Ser campeones ante España sería magnífico", admitió Metzelder, quien ya había proclamado su deseo de enfrentarse a la Roja. También Lehmann, Mertesacker y Lahm estaban encantados de disputar la final que jugarán mañana. Y los técnicos.

"España ha realizado un torneo impresionante", reconoció ayer Joachim Löw, admirado por el nivel técnico del equipo, y fascinado por su funcionamiento táctico. "Los centrocampistas cambian constantemente de posición, es un equipo imprevisible", añadió el técnico, que afronta el partido cumbre de su carrera relajado. Ha vencido ya la desconfianza que se cernía sobre él por su escaso historial como entrenador de club y las dudas que generaba tras sustituir a Jürgen Klinsmann. "No siento ninguna presión", aseguró.