Y van tres, tres remontadas seguidas. Todas ellas en las segundas partes, aunque, eso sí, diferentes. La primera, con himno europeo y en el Borussia Park, donde caben todos los habitantes de Vila-real. La segunda, ante el Rayo, fue brillante y sobre el estrenado tapete del Madrigal. La de ayer no tuvo himno y fue en un campo reducido, donde igual no cabe un barrio de Vila-real. Condicionantes que en Ipurua, contra el Eibar, llaman a la humildad y condicionan el fútbol.

Porque si hay campos y campos, también existe el otro fútbol, que también es fútbol. La posesión, calidad, toque parecían vencidos por el juego práctico --dicho sin desmerecimiento; cada uno hace lo que puede con lo que tiene--.

Me gustó que el Villarreal luchara por el punto. Y lo trabajó y lo consiguió gracias a un humilde, Gerard Moreno. Un punta crecido, y que sigue creciendo, en la cantera, capaz de hacer la cola junto a los aficionados para llenar como uno más el Mini Estadi blaugrana hace dos temporadas. Un jugador agradecido con el Villarreal, que se estrenó en Primera con un gol colocadito para sumar un buen punto; aunque Marcelino no lo comparta --y me parece bien, me gusta que sea ambicioso--.

Quizá el técnico ya pensaba en el Madrid, el descanso extra de los blancos y en que el sábado la humildad se tiña de amarillo. Claro que la humildad se puede llevar con orgullo y ambición. Y el Villarreal sabe conjugar las tres. H