Cuando alguien no nos gusta pero la historia lo pone de nuestra parte, se convierte en un aliado útil, que sería el eufemismo de amigo ocasional o de conveniencia. Podemos no compartir ideas, caernos más o menos simpático o ni siquiera conocerlo personalmente, pero nunca lo consideraremos un enemigo porque, incluso aunque no lo parezca, militamos en idéntico bando. Tampoco es cosa de afearle la profesión de su madre, que así se las gastaba Franklin Delano Roosevelt cuando le cuestionaron sobre su apoyo a la dictadura de Somoza en Nicaragua.

Por eso, y ante la naturaleza de los partidos que le quedan por delante al CD Castellón, vale la pena recordar que navegamos juntos en el mismo barco y que su naufragio es el de todos, que no solo el equipo sube y baja de categoría, el vaivén afecta también a la afición, la prensa, la ciudad y la provincia. Es mucho lo que hay en liza como para mantener vivos criterios narcisistas o pretender cobrar facturas de responsabilidades a destiempo. Lo que toca ahora es ganar.

La necesidad de unidad, la posibilidad de disfrutar de la confianza unánime y la importancia del auxilio de cuantos rodean al equipo podrán parecer irrelevantes cuando ya no se juegan los partidos bajo el calor de una grada incondicional. Mas esa influencia anímica supera cualquier otra consideración.

También es cierto que han sido tantas las veces que se ha apelado al mismo mensaje que sin duda ha quedado desvirtuada la fuerza del colectivo . Esperar esa solución corporativa tampoco es signo de debilidad, más bien de la relevancia del momento que por enésima vez nos toca sufrir. El desamparo y la crudeza clasificatoria bien valen ese esfuerzo de aparcar filias y fobias en pos de ese anhelo común. Para nada supone un abandono de la crítica encaminada a encontrar un remedio a nuestros males, como tampoco una renuncia explícita de aquellas verdades incontestables como la falta de calidad propias para justificar un planteamiento melindroso.

Claro que es difícil jugar a otra cosa con esas limitaciones, pero habrá que convenir que todo lo que no sea ir a ganar en Albacete supone un suicidio deportivo que va en contra del espíritu de la competición y, sobre todo, de lo que significan estos colores para más gente que un entrenador de paso o un columnista dubitativo y angustiado.