Dada la manifiesta insolidaridad campante, navegamos de ola en ola y tiro porque me toca, con un indisimulado desprecio a la vida del prójimo y abocados a la espera de que los demás nos salven, ya sea cumpliendo a rajatabla las normas legales y cívicas que nosotros orillamos o descubriendo el remedio científico que aquí desterramos en un tsunami de recortes en las inversiones públicas. Llegado este punto, la mayor crisis sanitaria y económica de la historia --decir de la civilización sería considerarnos superiores a lo que somos-- ha sido fiada por completo a la aplicación masiva de las vacunas, esa inmunidad de rebaño como se ha convenido en llamar en clara alusión al comportamiento del género humano. Y, claro, este subjetivo rincón no podía resistirse a la tentación extrapoladora.

Mira que habíamos aceptado la doctrina de Maquiavelo, renunciando por ello a toda concepción exquisita del juego y entregarnos sumisamente al pragmatismo imperante y aceptar el aburrimiento a cambio del resultado. Incluso reconocíamos la guía espiritual del entrenador que, día sí día también, sustentaba su racanería en la ausencia de valores técnicos en la plantilla. Total, en puridad nunca se trató de fútbol, ni deporte en sí, sino de algo más profundo para nosotros como es el orgullo y pasión con que vivimos el CD Castellón.

Ese fervor es el que nos ha llevado ahora a lo más alto de la montaña rusa emocional, como tantas otras veces, desde donde no distinguimos bien la realidad y creemos atrapar el cielo. Y la verdad es que ni siquiera han sido las dos victorias encadenadas fruto de esa capacidad de sacrificio que derrocha a espuertas la plantilla, si no regalo de la diosa Fortuna, milagro de la Lledonera o vulgar casualidad. Solo el fútbol permite la licencia de ganar sin chutar a puerta, premiar la cesión del balón al contrario y anotar como acierto propio el fallo del contrario, ora en un penalti o en un rebote contra tu portería. La suerte es tan necesaria como volátil, caprichosa y, por tanto, un argumento falso.

Sigamos aprovechando esas virtudes que tenemos pero no creamos que ya se ha acabado el sufrimiento. La mejor vacuna para los problemas respiratorios de este Castellón son los resultados, pero fiarlo todo al demérito del rival de turno parece más un placebo que no una cura.