Estoy intentando madurar, por lo que sea, pero no me sale. Intento cumplir con lo que se espera de mí a estas alturas del viaje: salir a tomar el vermú, practicar algún deporte, comprar cosas que no necesito en la sección bricolaje, criticar a los jóvenes, cometer alguna infidelidad y decir que el fútbol era mejor antes.

Lo intento de verdad, pero soy un fraude. Ni siquiera termino de quedarme calvo ni estoy cómodo en traje. Ni siquiera escribo columnas diciendo a los demás lo que tienen que pensar, lo que tienen que hacer o lo que tienen que pagarme. Lo intento de vez en cuando, pero no consigo aplicarme: si voy al vermú, por ejemplo, lo normal es no volver a casa hasta el día siguiente, lo del deporte me da una pereza gigante y aún recuerdo demasiado bien cómo éramos de jóvenes -igual o peores y nada interesantes-. Lo del fútbol de antes ni lo comento, que para eso hay hemerotecas, vídeos y reportajes. Intento ser lo que debería ser, y sin quejarme, pero nada me vale. Necesito construir una mentira confortable y esperar la jubilación instalado en ella, antes de que sea demasiado tarde.

Un trabalenguas

La vida es un trabalenguas, tantas veces: intentar ser lo que pensamos que los demás piensan que debemos ser. Como los equipos que evitan perder tiempo en un córner porque consideran que es propio de equipo pequeño, y ellos piensan que deben ser grandes, aunque eso no se lo haya pedido nadie, aunque en el fondo los demás veamos bien lo del córner y el pillaje.

Se enquista ahí una tara que late. Los viernes, cuando salíamos del instituto, íbamos un rato a los recreativos de enfrente. Lo típico: futbolín, cigarros sueltos, el disco de Dover y flashes de dos sabores, que de todo aquello ya escribí alguna vez antes. “El mejor momento de la semana”, decía siempre mi amigo Juanen, porque enseguida asomaba otra vez el lunes en el horizonte. Ese rato en Recreativos Pili se alargaba un poquito más cada viernes y en consecuencia llegábamos a casa cada vez más tarde. Mi padre preguntó un día a qué se debía mi tardanza, y a mí no se me ocurrió otra cosa que decir que me quedaba patinando en un parque.

La mala vida

Pero qué mierda es esa, ahora me doy cuenta: patinando en un parque. Que mis padres llevaban tiempo dejando caer indirectas sobre lo que me gustaba el fútbol -demasiado-, que solo parecía existir eso entonces, e insinuando a ver si empezaba a salir por las noches, y yo les decepcioné por ocultar que me tiraba a la mala vida a escondidas, y todo por el intento de aparentar ser lo que pensaba que debía ser. No sale del fútbol aún y entra ya en el patinaje, lamentarían, hundidos los pobres. Solo ahora entiendo que mis padres querían que fuera como los demás, normal y menos responsable. Mis padres me dejaban perder tiempo en el córner.

Por eso, equipos del mundo, os envío un mensaje. Tenéis miedo estas semanas y lo sé, y es razonable, pero no estáis solos. Sed vosotros mismos, no lo que penséis que nosotros pensamos que debéis ser. Perded la Liga o bajad a Segunda, pero sed vosotros mismos. Si es que alguien sabe qué significa eso de ser uno mismo, que es un problema aparte. Solventamos un dilema y aparece otro, un nuevo fraude. No se puede escribir del fútbol y la vida sin desesperarte. Intento madurar, y aquí lo habéis visto, pero no me sale.