Aquel domingo, 17 de mayo de 1981, no era un Sant Pasqual al uso; tampoco se vivió igual que siempre la tradicional Romeria de Santa Quitèria. No era para menos. Toda la provincia estaba pendiente del partido del CD Castellón contra el Rayo Vallecano, porque una victoria albinegra le aseguraba una de las tres plazas de ascenso directo a Primera División

Eran los tiempos en que cada triunfo valía dos puntos, por uno del empate. También era el segundo año en que se aplicaba la normativa sub-20, según la cual todos los equipos se veían obligados a alinear a dos futbolistas menores de 20 años como titulares, que podían ser sustituidos a los 15 minutos de juego. Con dicha medida, la federación española intentaba favorecer la eclosión de jóvenes valores con vistas a formar la mejor selección posible cuando, en el verano de 1982, se disputase el Mundial de España. No sirvió de nada, a tenor del ridículo del combinado nacional, pero muchos clubs, entre ellos el Castellón, hicieron de la necesidad virtud y forjaron notables equipos. De hecho, lejos de prescindir de dichas promesas durante el partido, esa misma temporada llegaron a coincidir cuatro de ellos en el once: Roberto, Conde, Ibeas y Javier Beltrán; con el tiempo, los tres primeros fueron traspasados al Valencia, Zaragoza y Murcia, respectivamente; y solamente una lesión impidió la proyección del cuarto, seguido por ojeadores del Real Madrid.

La planificación

El presidente Antonio Sales había prescindido de Paquito para el banquillo --con quien estuvo a punto de ascender-- y contratado a Benito Joanet. Quiso mantener el bloque de la plantilla, con el portero Racic y el centrocampista Planelles como grandes ejes; se había reforzado con el líbero Pulido, procedente del Sevilla; el delantero Mestre, del Poblense; y recuperado al central Ferrer, quien había quedado libre; pasaron desapercibidos los delanteros Bernardo Basilio y Tuzón, y el cedido por el Valencia Vilarrodá; pero, a falta de siete jornadas para concluir el campeonato, incorporó a un futbolista veterano pero eficiente, el yugoslavo Draganic, quien había estado a prueba en el Burgos y llegaba recomendado por Lucien Muller, firmando en calidad de cedido de un equipo de la primera yugoslava por 500.000 pesetas y 100.000 mensuales para el jugador.

La anécdota del 23-F

Siendo el año del aceite de colza y del atentado al papa Juan Pablo II, en la memoria colectiva es más recordado por el golpe de estado en España. Ese día, el Castellón venía de empatar a cero en Ceuta y pernoctaba en Sevilla, dado que el miércoles iba a disputar la Copa en Huelva. El 23-F pilló a varios jugadores en el cine, viendo la película Brubaker, de Robert Redford; mientras, el gerente Carlos Laguna se enteró de la asonada cuando se duchaba escuchando la radio y salió al pasillo del hotel gritando semidesnudo ante la doble incredulidad del directivo Miguel Meseguer.

El partido del ascenso

El viejo Castalia ya era un hervidero desde varias horas antes. Tracas, majorettes, tambores, pancartas y bandas de música amenizaron los prolegómenos. Se habló de 15.000 espectadores, entre ellos los históricos Vicente Hernández el Valensianet, Vicente Martínez el Salao o Paco Guillén, sin olvidar asistentes ilustres como el periodista José María García o el entrenador Helenio Herrera. La recaudación fue de 5,5 millones de pesetas.

Imagen del histórico partido del Castellón ante el Rayo. MEDITERRÁNEO

El mayúsculo esfuerzo de los jugadores y el apoyo de la afición no encontraban su recompensa. Pese al dominio local, el fútbol era trabado y no se atisbaba siquiera una acción individual que rompiera el equilibrio. No en vano, el Rayo también se jugaba sus opciones de ascenso. 

En el minuto ocho de la segunda parte, una internada Ribes por la derecha fue truncada por Uceda dentro del área de la portería de la avenida de Benicàssim --conocida como de les palmeres por las que allí detrás había plantadas--, siendo señalada como penalti por el colegiado tinerfeño Castilla Yanes, motivo por el que el Rayo le recusaría luego a perpetuidad. Después de que Conde fallara los dos últimos penaltis a favor en Liga y Copa, el capitán Juan Planelles decidió asumir aquel reto. Ribes se quedó mirando al banquillo esperando órdenes, pues en otras ocasiones había sido el encargado, pero el técnico le mandó que se apartara. Planelles engañó al portero Mora y abrió el camino de la gloria. Ya en el minuto 82, el joven Roberto aprovechaba un servicio de Viña para anotar el segundo gol. A falta de una jornada para la conclusión de la Liga, el Castellón había asegurado el ascenso matemáticamente.

Castalia estalló de alegría: el terreno de juego fue invadido; Joanet arrojado a la piscina; ante la imposibilidad de desplazarse esa noche, Sales brindó por teléfono con los lesionados Javier Beltrán y Valbuena, convalecientes en Barcelona; después, el presidente y el entrenador cenaban en casa del directivo Meseguer; y mientras, el equipo celebraría el ascenso en la discoteca l’Hostal hasta bien entrada la madrugada.

Ya de manera oficial, hubo visita a la plaza Mayor, abarrotada de aficionados y donde se reclamó la construcción del nuevo campo; y una cena pagada por el club en el hotel Orange de Benicàssim.

El título de campeón

La última jornada devenía ya intrascendente para los albinegros, pero aún quedaban por dilucidar los otros dos equipos que le acompañarían en la máxima categoría el próximo curso. Ascendieron también el Cádiz, tras su victoria en Elche; y el Racing, que ganaba en casa; mientras el Rayo no pasaba de la igualada; propiciando un increíble por inusitado quíntuple empate entre los citados a 45 puntos, cerrando la competición más disputada que se recuerda. Los resultados particulares entre todos favorecieron al Castellón que, así, además de su tercer ascenso a Primera, y pese a perder en Linares, lograba proclamarse campeón de Segunda A por primera vez en su historia. 

Las cuentas

El Castellón había aprobado 85 millones de presupuesto. La temporada se saldaba con 20 millones en pérdidas, que Antonio Sales maquillaba con el traspaso de Ribes y Roberto al Valencia. El ejercicio se cerraba así con 10 millones de superávit.

La prima del ascenso

Más allá de la profesionalidad de Planelles y de su capacidad de liderar el equipo en el camino del éxito, también es cierto que al margen del resto de componentes de la plantilla, el capitán tenía una prima especial si se conseguía aquel ascenso añorado. El presidente sabía bien lo mucho que dependía el equipo del mítico jugador de Borriana y, mientras primaba a la plantilla con 170.000 pesetas --según el Mediterráneo de la época--, le prometía 400.000 a su capitán, un 10% de lo que suponía su ficha, que ya era la más importante del vestuario albinegro. Valga como referente económico que los coches más vendidos en esa época eran el Ford Fiesta y el Renault 5, y costaban menos de 2.000 euros.

Planelles celebra un gol con la camiseta del Castellón. MEDITERRÁNEO

Lo que no se ha contado nunca es que Planelles, el maestro, aprovechó aquel generoso incentivo personal para invitar por su cuenta al primer equipo y a todos los empleados del club, administrativos, masajistas, utilleros y demás personal, junto a sus respectivas esposas y parejas, a una cena sin parangón que todavía recuerdan agradecidos los 45 invitados en el Restaurante Rafael del Grau, en aquel momento el más prestigioso y caro de la capital. La factura ascendió a 105.000 pesetas de la época.