Barraca y tangana
Opinión | Una cierta ilusión
Esto han ganado todos los clasificados para el próximo Mundial: el derecho a ser feliz con la expectativa

Aficiondos de Curazao celebran la clasificación al Mundial. / Marco van der Caaij / EFE

Me entrevistaron en un podcast y preguntaron por mi Hijo Número 2. El entrevistador planteó la posibilidad de que Hijo Número 2 llegara a ser futbolista profesional. Yo enseguida dije que no, yo enseguida aseguré que mi hijo nunca será futbolista, y ahora me siento mal por si el niño entra en Youtube, ve la entrevista y piensa que su padre no lo quiere y no confía. Ahora me siento mal porque mi respuesta le roba un derecho universal de niño futbolista. El derecho a ser feliz con la expectativa.
Por eso, ahora voy a escribir esto aquí por si un día Hijo Número 2 abre el periódico y encuentra mi firma: Teo, no es que tu padre no te quiera y no confíe, es que es pura estadística. Eso no significa que no te esfuerces, que no aprendas, que no te diviertas, que no me guste ver cómo controlas, te orientas y cambias de frente la jugada, con tu zurdita. De hecho, es lo que más me gusta en la vida.
Pero ya que estamos, añadiré: trabaja la pierna débil y la visión periférica y sé más agresivo. Si no lo haces, te voy a querer igual, pero te aviso. No deseo presionarte, de buen rollo te lo digo. Es solo un consejo de amigo.
Un asunto delicado
Sin duda, es un asunto delicado. Podría decir que sé lo que habría que hacer para que mi hijo de nueve años tuviera más posibilidades de ser futbolista, pero es más probable que terminara odiándome a mí y al fútbol por el camino. No quiero que acabe odiándome como Agassi a su padre. Prefiero que mi hijo me quiera y mantenga cierta ilusión por el fútbol, una sana gasolina de vida, si no le enseñan la entrevista.
En realidad, y en general, poco más se necesita para ir tirando que una cierta ilusión. El fútbol nos acompaña durante tanto tiempo porque es muy bueno generando y ofreciéndonos una cierta ilusión. No es necesario, además, que sea máxima. Es suficiente si es templada, incluso tenue. Una ilusión contenida.
Una cierta ilusión: mi hijo ha entrenado bien, tiene partido matinal el domingo. En mi equipo, por la tarde, va a jugar mi delantero favorito. Si ganamos, estaremos un poquito más cerca del objetivo. Esto es: una mezcla de alimentos del hincha. Algo en lo que pensar en la cama, mientras te rindes y te quedas dormido. Poco más se necesita.
El Mundial
En los últimos días, varias selecciones se han clasificado para el próximo Mundial. Tenemos a Curazao, tenemos a Haití, tenemos varias naciones exóticas. Cuando ocurre algo así, suelo acordarme del niño que fui. Suelo pensar cómo estará ese niño de Curazao, con esa ilusión en su caso nada tibia. Cuando España se clasificó para el Mundial de 1994, pasé una de las mejores noches de mi vida.
Pero no solo esa noche, también las siguientes. Eso han ganado todos los clasificados para el Mundial (y sirve igual para mi hijo y sus inocentes sueños de futbolista): el derecho a ser feliz con la expectativa. Eso a veces vale más que el propio objetivo, porque no es tanto la meta sino el camino.
Lo he contado alguna vez: tenía tantas ganas de que llegara el Mundial de 1998 que preparé una cuenta atrás en una cartulina. Cada noche, tachaba un día. Luego llegó Nigeria. No hace falta explicar la desdicha.
Esa ilusión de la previa es de una pureza infinita. Ya ni me roza, pero la intuyo en mi hijo y quizá pueda compartirla. Y quizá sea mejor que ser futbolista.
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