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¿Adiós a uno de los mejores deportistas en la historia de Castellón? Pues, según lo afirma, está cercano...

Sergio García cierra un inquietante Masters: nueve años después de ganar en Augusta, protagoniza una preocupante semana, lejos de la victoria, con declaraciones donde habla de una próxima despedida y un feo gesto en el último recorrido

Un pensativo Sergio García, el miércoles pasado, entrenando en el Augusta Masters.

Un pensativo Sergio García, el miércoles pasado, entrenando en el Augusta Masters. / ERIK S. LESSER

Juan Francisco de la Ossa

Juan Francisco de la Ossa

Castellón

Sergio García abandonó Augusta con una sensación mucho más profunda que la de un torneo discreto: pasó a duras penas el corte, pero acabó con +8, a 20 golpes del ganador, el norirlandés Rory McIlroy. Lo que dejó el borriolense en este Masters fue la imagen de un campeón atrapado en un momento de bloqueo, sin confianza en su golpe de salida, incapaz de reconocerse en el campo en el que tocó el techo de su carrera con la chaqueta verde del 2017.

A sus 46 años, en su 27ª participación y tras llegar con un discurso de pocas expectativas, el de la Coma volvió a verbalizar algo que empieza a sonar a alarma: la retirada ya no es una idea lejana, sino una sombra cada vez más presente. Antes, incluso, de arrancar el torneo, admitía que «pasar el corte ya sería una gran semana», una frase impropia del Sergio ambicioso que durante años vivió instalado en la élite.

Más de lo mismo

Sus palabras sonaron mucho peor que su tarjeta tras la decisiva segunda jornada: «Las sensaciones siguen siendo muy malas, muy feas». Lo más preocupante no era el resultado, sino la forma en la que describía su estado mental y técnico: sin control, sin seguridad y sin una explicación clara sobre cuándo iba a terminar ese bache. El propio García admitió que, cuando se coloca sobre la bola, casi espera «que no me dé un patatús» en el swing y que su única salida es «rezar para que la bola salga más o menos recta». Augusta, que tantas veces fue su obsesión, volvió a convertirse en espejo incómodo de su mal momento.

Fue entonces cuando verbalizó la frase que más ruido ha dejado en el golf español. El borriolense confesó que pegarle a la bola de esa manera le trae «pensamientos que no son de los más bonitos»; y al ser preguntado por el sentido de esa afirmación, acompañó la respuesta con el gesto de colgar la bolsa. Lo aclaró aún más: «Nos vamos acercando, cada vez estamos más cerca».

No lo planteó como un calentón pasajero ni como el enfado típico de una mala vuelta. Habló de cuatro meses arrastrando malas sensaciones, sin saber cuándo terminarán o, incluso, si terminarán. El problema, explicó, es especialmente doloroso porque afecta al drive, el golpe que durante toda su carrera le dio seguridad. Y si falla ahí, dijo, se le viene abajo todo lo demás. Un jugador acostumbrado a vivir de la confianza se expresó como alguien que ya no confía ni en sus automatismos más básicos.

El incidente final

Lejos de despejar la tormenta, el fin de semana la hizo más visible. En la ronda final, en el hoyo 2, García envió la bola al búnker de la derecha, descargó su rabia golpeando el tee y después estampó el driver contra una nevera de jugadores hasta partirlo. La escena le obligó a completar el resto de la jornada sin ese palo y derivó en un warning por parte del comité del Masters. Augusta, además, estrenaba un criterio más estricto con este tipo de conductas: tras el aviso, una reincidencia podía suponer una penalización y una tercera, hasta la descalificación. Para un torneo que cuida su liturgia como pocos en el deporte mundial, la secuencia fue demoledora.

Sin variar el discurso

Lo significativo es que, después del incidente, tampoco apareció un Sergio especialmente arrepentido ni dispuesto a explicarse. Admitió que no estaba «superorgulloso» de lo sucedido, pero lo encuadró como una consecuencia más de una frustración que arrastra «durante todo el año». Incluso dejó una frase amarga: «Es lo que hay, hay que lidiar con ello».

Cuando se le preguntó por la conversación con el comité, se cerró en banda: «No te lo voy a decir». Y ante una segunda insistencia, zanjó el asunto con un seco «siguiente pregunta, por favor». Más que un enfado puntual, lo que Sergio transmitió fue cansancio, hastío y una desconexión casi total con su propia versión competitiva.

Sergio García, en us último recorrido en el Masters 2026, en Augusta.

Sergio García, en us último recorrido en el Masters 2026, en Augusta. / EFE

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