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“Mamá, papá, quiero ser tenista profesional”: Por qué tener talento ya no basta para llegar a la ATP

Inversiones de hasta 800.000€ y una probabilidad de éxito del 0,004%: la insalvable barrera económica y los agresivos contratos que financian a las futuras promesas

Alcanzar tu sueño de ser tenista profesional tiene un alto coste económico para las familias.

Alcanzar tu sueño de ser tenista profesional tiene un alto coste económico para las familias. / Mediterráneo

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M. Ortí Carceller

En una época en que el fútbol ocupa todas las portadas y los niños tienen por ídolos a los Messi, Cristiano, Alexia, Lamine, Aitana o Mbappé, hay algunos jóvenes que les da por fijarse, eventualmente, en deportistas de otras disciplinas. De este modo, ya sea por iniciativa propia, intermediación de algún familiar o pura casualidad, se desmarcan de las dos porterías y el rectángulo verde de 105 x 70 metros para explorar otros lares.

Sin miedo alguno a salirse de lo convencional, a estos chiquillos les llama poderosamente la atención la mentalidad de Rafael Nadal, la genialidad de Carlos Alcaraz o el poderío de Jessica Bouzas. Quieren aprender a sacar con potencia, encuentran diversión en las dejadas y hasta sueñan con levantar un Grand Slam. Estos muchachos, muchas veces sin ser conscientes de ello, se enamoran de un deporte llamado tenis.

De esta suerte, en estas tempranas edades, entre la difícil elección de jugar con el revés a una o dos manos, mejorar el juego de piernas o instruirse en cómo subir a la red, los más avezados y aquellos con mejores condiciones empiezan a despuntar. Y es ahí cuando llega la “patata caliente” para los padres: decidir si merece la pena perseguir el ansiado sueño de alcanzar, algún día, el tenis profesional.

En caso de dar un “sí” por respuesta, aceptando los tremendos escollos que ello conlleva, acceder al ranking profesional – y ya no digamos escalar a la cúspide tenística –, no es una cuestión exclusivamente de esfuerzo o calidad. No basta con incrementar el número de horas en pista y elevar las cuotas de exigencia hasta rozar la excelencia, ni con privarse de caprichos, experiencias y distracciones comunes para cualquier preadolescente.

Pretender el profesionalismo implica inversión, y muy firme, por cierto. Con lo anterior, estamos hablando de destinar una media de 50.000 € al año solamente en cobertura de gastos durante las primeras temporadas, pudiendo llegar, en muchos casos y sin caer en exageraciones de ningún tipo, a cifras superiores a los 800.000 € de inversión acumulada. Y todo ello, claro está, lejos de contar con la certeza siquiera de hacer del tenis su medio de vida.

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A sabiendas del exiguo porcentaje de chavales que lo logran – las estimaciones oficiales arrojan la dura estadística de que únicamente 1 de cada 24.000 jugadores de tenis son capaces de inmiscuirse en el ranking profesional, lo que equivale al 0,00416 % –, y sin que dicha inclusión en el ranking sea sinónimo, ni mucho menos, de poder vivir con holgura de este deporte, el atractivo de desarrollarse en lo que a uno más le apasiona provoca la aparición de instrumentos jurídicos creativos, que suplen el bolsillo de la vasta mayoría de padres y madres de los jóvenes tenistas.

Y aquí entra en escena el contrato de representación y patrocinio. Por medio de este acuerdo, un inversor financia la etapa formativa de la nueva promesa del tenis durante un periodo específico de tiempo, con el fin de obtener un reembolso posterior en forma de porcentajes sobre los premios en metálico que pueda cosechar el tenista a lo largo de su carrera profesional. Además, la parte inversora también puede asegurarse una porción de la retribución conseguida por contratos publicitarios y de cesión de derechos de imagen, incluso después de la retirada profesional del tenista.

En este aspecto, muchos de estos acuerdos de inversión ya se articulan de manera que el inversor se ocupe de gestionar y maximizar los frutos de la vertiente comercial del deportista, repercutiendo positivamente para ambas partes una administración diligente en este ámbito. Por añadidura, para mayor sofisticación, existen contratos que incluso prevén un diferente porcentaje de comisión para el inversor en función de la posición en el ranking en que se encuentre el tenista en el momento de generación del ingreso.

Jessica Bouzas se lamenta durante el duelo ante Shnaider en Madrid.

Jessica Bouzas se lamenta durante un reciente duelo en Madrid. / Mediterráneo

No obstante lo precedente, no hay que perder de vista que, en el instante de celebración de estos acuerdos, el tenista es todavía menor de edad. Por este motivo, es conveniente – y en algunos supuestos, necesario –, que en el contrato quede rubricada también la firma del padre, madre o tutor de la joven promesa consintiendo este negocio jurídico, si se pretende dotar de plena eficacia vinculante a esta transacción en cualquier jurisdicción a nivel internacional.

En este extremo, ello no obedece únicamente a criterios de legalidad, sino que supone una garantía reforzada para el inversor. Así, el padre, madre o tutor actuará como garante de que el tenista, efectivamente, se reafirme en el compromiso acordado cuando alcance la mayoría de edad.

En caso contrario, podría activarse, en el supuesto de haberse establecido por la parte inversora, una cláusula compensatoria que cubra, en su totalidad o en parte, la inversión realizada. Incluso, de preverse, sería posible además la efectividad de una cláusula de penalización económica a abonar por parte del tenista si, cumplidos los diechocho años, decide no proseguir con su carrera profesional o no continuar ceñido al acuerdo suscrito.

De esta forma, empuñar una raqueta con visos de acceder a la élite, como sucede en otros deportes individuales, acarrea ingentes sacrificios desde el punto de vista familiar, tanto en términos de tiempo como de dinero – y de desgaste de vínculos familiares –. Desde esta perspectiva, los padres suelen transitar de ser ellos quienes en primera instancia depositan sus ahorros en el futuro profesional del joven, para luego constar como garantes o avalistas en esta clase de contratos.

Y, aunque no se pretenda, la cruel consecuencia no es otra que el traslado de unos desproporcionados niveles de presión para el precoz tenista. Ese quien, pese a todo, sigue siendo un niño.

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En definitiva, el tenis es probablemente una de las pirámides competitivas más estrechas del deporte a escala global. Mientras más de 100 millones de personas juegan a este deporte en el planeta, apenas unos pocos miles consiguen figurar en los rankings profesionales internacionales WTA y ATP. Con todo, entre quienes sueñan con vivir del circuito tenístico, la inmensa mayoría descubrirá que el verdadero desafío no es llegar a ser bueno, sino lograr ser excepcional.

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