La cancillera Angela Merkel ha impuesto su sello personal al liderazgo que ejerce Alemania sobre la Unión Europea (UE). Las dificultades internas de Merkel con su propio electorado han propiciado que el liderazgo que le corresponde por derecho propio a la primera economía europea se perciba como el de un gigante que avanza, sí, aunque arrastrando los pies, titubeando, rectificando y dejando cristales rotos por el camino.

El último episodio de tan singular forma de ejercer el liderazgo se ha producido durante esta última semana. Acuciada por las presiones de sus electores, en general, y del Bundestag (la cámara baja), en particular, la cancillera Merkel ha querido imponer como condición que cualquier nuevo rescate a Grecia debería estar condicionado a la participación en él de los inversores privados (bancos, aseguradoras y fondos de inversión y de pensiones, sobre todo).

Los alemanes no quieren que los contribuyentes sean los únicos en pagar con sus impuestos el rescate de otros países y su cancillera, cuyo partido cristianodemócrata ha sido vapuleado este año en cinco elecciones regionales y se enfrentará a otras dos en septiembre, ha recogido la iniciativa, después de llevar semanas diciendo lo contrario.

RUMORES SOBRE EL EURO La tortuosa manera con la que Merkel ha impulsado esta iniciativa ha provocado tales enfrentamientos políticos e institucionales en la UE --en particular con el BCE-- que llegaron a cobrar fuerza los rumores sobre una disolución del euro. El problema se encauzó cuando Merkel se reunió con el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, y acordaron que el segundo rescate para Grecia se haría al modo del BCE. Los inversores contribuirán al rescate, sí, pero de forma voluntaria.

A falta del último capítulo de esta historia, está claro que Merkel ha dirigido el debate pero lo ha hecho a caballo de sus contradicciones y a costa de un erosionador enfrentamiento político e institucional para llegar a una solución que no era la suya.

Algo así sucedió a principios del año pasado. El calendario electoral alemán llevó a Merkel a posponer la decisión del rescate de Grecia hasta el extremo de sumir a toda la zona euro, y a España, en particular, en una peligrosa crisis de deuda. En noviembre, cuando estaba sobre la mesa el rescate de Irlanda, Merkel ya se descolgó con que los inversores deberían asumir parte del coste. Esto llevó a una estampida de capitales en países como España. Alemania retrocedió.

Luego llegó el rescate de Portugal, en marzo del 2010, y Merkel cargó contra el vínculo de los salarios y el IPC y contra países como España donde había demasiados días de vacaciones. Contra la, a su juicio, escasa disciplina y baja competitividad de los países del sur. La refriega se saldó con el Pacto Euro Plus con el que los países asumieron una agenda más ambiciosa de reformas estructurales en lo que podría ser "un intento de germanizar las economías europeas", en expresión de Federico Steinberg, in-