¿A qué no te gustaría que un nutricionista se sentase contigo cada día en la mesa y se dedicase a juzgar a todas horas tu manera de alimentarte? Pues a los niños tampoco. Si nos preocupa la alimentación infantil, lo mejor es que nos limitemos a dar ejemplo, a asegurarnos de que en nuestra casa entran pocos alimentos malsanos y a dejar los sermones para las iglesias y las etiquetas para las prendas de ropa”. Así de contundente se muestra el dietista- nutricionista Julio Basulto (uno de los más reconocidos y prestigiosos de nuestro país) cuando le preguntan sobre cómo conseguir que un niño coma de forma saludable.

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Lo cierto es que es un tema que nos preocupa muchísimo a las madres y padres. Lo que nos lleva, en muchas ocasiones, a recurrir a todo tipo de técnicas, también a obligar a los niños a comer determinados alimentos y, por supuesto, determinadas cantidades. Pero lo cierto que esto no hará que nuestro hijo crezca más sano ni, lo más importante, que aprenda a comer. Sí tendrá, en cambio, consecuencias negativas, como nos advierten todos los nutricionistas y expertos en el tema. Consecuencias que veremos más adelante. Pero antes cabe preguntarse: ¿por qué nuestro hijo no come?

¿Por qué mi hijo no come?

Quizá la primera pregunta que tendríamos que hacernos es: ¿por qué tengo que obligar a mi hijo a comer? Es decir, ¿por qué mi hijo no come? En su libro ‘Se me hace bola’, Julio Basulto lo explica de forma sencilla con esta infografía:

Por qué mi hijo no come

Lo que le ofrecemos en la comida es, obviamente, menos atractivo y apetitoso que la comida insana que ha tomado en el desayuno y a media mañana. Además, estos alimentos son tan calóricos que es lógico que no tenga apetito a la hora de la comida. Este proceso continúa en la merienda. ¿Consecuencia? En la cena nuestro hijo tampoco tiene hambre.

Pero hay más, nos recuerda Julio: “¿Has pensando que tu hijo no come fruta porque su paladar se ha acostumbrado al potentísimo sabor de los batidos, cereales de desayuno, galletas, bollos?”.

Sobre esto también reflexionaba la divulgadora Catherine L’Ecuyer en uno de nuestros eventos: “Un estudio realizado en 2011, consistió en dar bebidas gaseosas azucaradas a un grupo de personas durante un mes. Una vez finalizado dicho estudio se dieron cuenta de que esas personas tenían más dificultad para percibir sabores, porque habían sido expuestas a una altísima dosis de azúcar. Lo cual explica porqué cuando llevamos el bollo azucarado o las chuches de merienda a los niños, o cuando añadimos en las papillas azúcar o sal para ayudar a que coman mejor, a los niños luego les cuesta tanto comerse una manzana, unas espinacas o unos garbanzos. El gusto está sobre estimulado, baja la sensibilidad, sube el umbral de sentir y ese niño necesita cada vez más estímulos artificiales para poder percibir las cualidades de los alimentos”.

¿Cómo podemos, entonces, romper el circulo vicioso que aparece en la infografía? “Alejando de la vista y del alcance de los niños estos productos malsanos. No se trata de prohibir, puesto que prohibir es despertar el deseo. Se trata de que no estén en casa, así nadie tendrá que prohibirlos”, recomienda Julio.

Deshazte de todos los alimentos insanos que tengas en casa. Lo importante es dar ejemplo a tus hijos

Consecuencias de obligar a un niño a comer

Aunque, en ocasiones, la desesperación nos lleve a acabar obligando a nuestro hijo a comer para así conseguir que lo haga, los nutricionistas nos advierten de las consecuencias que acarrea obligar a un niño a comer. Te contamos las 8 más relevantes 

1. No funciona a largo plazo

Julio Basulto utiliza ejemplos en su libro ‘Se me hace bola’ para que entendamos por qué obligar a un niño a comer no funciona en absoluto: “Si alguien te sobornase para que pestañearas a una velocidad concreta, quizá lo harías durante un tiempo, con un esfuerzo tremendo, pero no podrías mantener esta situación el resto de tu vida, al menos sin sufrir consecuencias al dedicar todas tus energías a un proceso fisiológico. Pues algo similar ocurre con la alimentación”. Obligar a comer a nuestro hijo no va a contribuir a que mantenga esta actitud a largo plazo.

2. No estás respetando su apetito

“¿Alguien de aquí podría decirme cuánta hambre tengo yo? Nadie, ¿verdad? Pues parece que sí sabemos cuánta hambre tienen nuestros hijos. Les decimos que tienen que terminarse toda la comida que hay en el plato, como si supiéramos su apetito. Es increíble como durante la lactancia los niños se alimentan a demanda, pero cuando empiezan a comer otro tipo de alimentos, nosotros sabemos cuánta hambre tienen”. Con esta argumentación, empezaba el chef Juan Llorca una ponencia maravillosa en uno de nuestros eventos. Y con ella nos invitaba a reflexionar sobre lo poco acertado que es obligar a nuestros hijos a comer una determinada cantidad. En este sentido, Julio Basulto es claro: “no existe el niño mal comedor, como tampoco existe el niños malpestañeador”.

Los niños que comen dulces, les cuesta más acostumbrar su paladar a otros sabores menos intensos

3. No nos estamos centrando en lo importante

El dietista nutricionista Aitor Sánchez, cuenta en su libro ‘Qué le doy de comer: Una guía para que los más pequeños coman de forma saludable’, que ante la pregunta de muchas madres y padres de: “¿Cómo sé que cantidad de comida le tengo que dar?”, la respuesta es sencilla: Preocúpate de la calidad, que el niño se encargará de la cantidad. Si seguimos un esquema lógico, donde le ofrecemos al niño alimentos saludables que incluyan frutas, verduras, legumbres, proteínas… podemos dejar que sea el niño quien elija la cantidad que desea comer”. De hecho, según indica la Academia Americana de Pediatría (AAP) “el apetito de los niños es errático e impredecible. Se adapta al crecimiento del niño, y solo el apetito del niño puede usarse como marcador de sus necesidades calóricas”. La tarea de las madres y padres es, por tanto, asegurarnos que lo que ofrecemos a nuestro hijos es saludable. De la cantidad solo pueden encargarse ellos.

4. Crearemos mayor resistencia a comer

“No es adecuado, desde el punto de vista nutricional, forzar a los niños a comer por encima de su sensación de hambre. Hay que evitar ejercer presión sobre los niños para que coman, ya que hacerlo puede conducir a una mayor resistencia a comer, crear aversión a ciertos alimentos y otras conductas alimentarias poco o nada saludables que pueden persistir en la edad adulta”, asegura el documento ‘Acompañar las comidas de los niños. Consejos para los comedores escolares y las familias’, elaborado por la Agencia de Salud Pública de Cataluña en colaboración con la Sociedad Catalana de Pediatría y el Colegio de Dietistas-Nutricionistas de Cataluña.

 5. Estamos generando un mal clima familiar

Imagina que en cada comida que compartes con tu pareja, acabases discutiendo. Esto es lo que ocurre en muchas casas diariamente. Muchos padres nos quejamos de que la hora de comer es una batalla. Y así lo viven nuestros hijos. Como un auténtico infierno del que no pueden salir hasta que nosotros, sus padres, no acabamos ganando, y ellos perdiendo. O lo que es lo mismo: hasta que no se comen todo lo que hay en el plato, y nosotros nos quedamos satisfechos. El momento de la comida debería ser un momento de disfrute en familia, en el que compartir, no solo alimentos, sino conversación, risas, tiempo juntos…También es un momento para educar en valores a nuestros hijos, y uno de los valores fundamentales es el respeto hacia los demás. Por tanto, como dice Juan Llorca: “el respeto debería ser la base de una buena alimentación”.

 6. Limitamos su autonomía y, en consecuencia, la capacidad de tomar decisiones

“Si yo preguntara: ¿qué quieres que sea tu hijo con 15 años: obediente o responsable? Seguramente, la inmensa mayoría de las madres y padres contestaría que responsable. Entonces, ¿por qué educamos en la obediencia?”. Esta es una de las preguntas que a menudo lanza a los padres el psicólogo Antonio Ortuño para hacernos reflexionar sobre la necesidad de ir dando cierta autonomía a nuestros hijos para que aprendan a tomar decisiones, a equivocarse y responsabilizarse de sus actos. “Los niños educados en la obediencia, acostumbrados a que los adultos decidan en cada momento qué es lo que necesitan, cuando son más mayores y tienen que comenzar a tomar otras decisiones (qué asignatura elegir, dónde le gustaría estudiar, la carrera que quiere estudiar, comprarse una casa…), les resulta muy complicado hacerlo por sí solos. Siempre tienen que acabar pidiendo la aprobación de otras personas”, nos recuerda Antonio. Esto, llevado al campo que nos ocupa, tiene como consecuencia que “el niño termina delegando la responsabilidad de su ingesta en un control externo, cuando debería ser interno”, como nos recuerda Julio Basulto en su libro.

7. Alteramos su sensación de hambre

Cada vez que le insistimos a que sigan comiendo un poquito más, es muy posible que estemos obligando a que coman más de lo que realmente necesita su cuerpo,. Estaremos alterando así sus mecanismos innatos de hambre-saciedad. De esta forma, cuando sean adultos, le será más complicado reconocer cuando está satisfecho con la comida y además aumentan las probabilidades de que se convierta en un comedor emocional.

8. Caemos en el chantaje emocional

Cuando obligamos a nuestros hijos a comer, para conseguir que nos obedezcan, a menudo caemos en el chantaje emocional: “Si te comes todo, tendrás postre”, “si no te acabas el brócoli, no podrás jugar a la play”. Es decir, recurrimos a los premios y a los castigos. El psicólogo Alberto Soler, en su canal de YouTube ‘Píldoras de psicología’, nos cuenta que “ha quedado sobradamente demostrado que los premios y los castigos como estrategia educativa no son tan eficaces para producir cambios motivacionales en el sentido deseado, porque las personas se acaban guiando más por evitar los castigos y buscar las recompensas que por comprender los motivos para el cambio”. Además, mientras los adultos estemos ahí para premiar o castigar, el método puede llegar a funcionar. Pero, ¿qué pasa el día en que ya no los premiamos? Pues que pueden perder el interés en seguir haciendo lo que antes hacían para conseguir algo. O incluso pueden perder el interés en el premio, y entonces tendremos que amplificarlo. ¿Y qué pasará el día que no estemos delante para ejercer como jueces? Pues que tendrán la libertad de hacer lo que quieran porque no habrá nadie que les castigue.

La receta parece sencilla: las madres y padres debemos preocuparnos y ocuparnos en que los alimentos que ofrecemos a nuestros hijos sean saludables y dejar que sean ellos quiénes decidan la cantidad en función del apetito que tienen. ¿Nos ponemos a ello?