En realidad nos podríamos haber ahorrado la campaña electoral. Hubiera bastado con el debate de hoy; lo demás, los mítines y las alharacas de los teloneros, son solo fuegos de artificio para celebrar el combate.

El clímax está servido y los hooligans calientan el ambiente filtrando los estados de ánimo de cada aspirante. Sabemos el tiempo que dedicó ayer cada uno a leer informes, a hacer gestos delante del espejo y a fijar rictus de desprecio o ironía: saben que la cámara lo capta todo.

La confrontación televisada entre José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy es lo más parecido a una oposición en la que solo hay una plaza para dilucidar entre dos aspirantes. Los temas están claros. Los tiempos, tasados.

Cada uno de ellos dispone de fichas ordenadas con argumentos, cifras, descalificaciones y ocurrencias. Cuenta tanto el tiempo, para que no quede nada en el tintero, como el tono para cautivar al tribunal, compuesto por más de diez millones de españoles, de audiencia estimada.

Mariano Rajoy el aspirante, es un empollón nato que superó el examen para ser registrador de la propiedad. Es capaz de aprenderse la enciclopedia británica de memoria y llevará cronometrada la exposición de los datos, los adornos y la descalificación. Se maneja bien en las distancias cortas y en los tiempos aquilatados.

Al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, todavía le quiere la cámara; domina la primera persona del singular como si estuviera solo en el mundo. Pone cara de no haber roto nunca un plato. Como Gary Cooper, tiene madera para convencer de que es el único que nos puede librar de los forajidos.

El milagro de la televisión hace que el resultado sea emocional, y no científico. No importa lo que se diga sino lo que hayan entendido los espectadores. Como en las telenovelas, se trata de decidir quién es el malo.