José Luis Rodríguez Zapatero ya había mostrado su vocación por el martirio. En junio del 2010, tras el severo ajuste del mes anterior, el entonces presidente del Gobierno dijo en el Congreso de los Diputados: "Tomaré las decisiones que España necesita aunque sean difíciles. Voy a seguir ese camino me cueste lo que me cueste". La frase, con su mensaje de condena personal en aras de la salvación colectiva, encerraba profundas connotaciones cristológicas. Ayer, en la Universidad Católica de Ávila, durante un encuentro organizado por La Razón, con el muy conservador cardenal Antonio Cañizares como compañero de mesa y ante más de mil personas que le interrumpieron, pitaron, abuchearon e insultaron, Rodríguez Zapatero eligió esa misma senda para reaparecer en público.

Lo que resulta más oscuro es cuál era el objetivo buscado al elegir a un público tan ajeno a su ideología. De acuerdo con antiguos colaboradores, el exlíder socialista, un declarado ateo cuya vida se encuentra ahora alejada de las convulsiones políticas de los últimos 12 años, quería demostrar que se puede debatir con otro por muy en "las antípodas" que se esté de él.

OPTIMISTA "Esta es una convocatoria valiente que provocará algunas incomprensiones. Ya ven que no pierdo mi espíritu optimista, porque hablo solo de algunas incomprensiones", comenzó diciendo Zapatero entre gritos de "¡fuera, fuera!". Y tenía razón. Continúa rezumando optimismo. Porque no son algunos, sino muchos, los que no entienden qué le llevó a hacer lo que hizo ayer. No lo entienden los ajenos, pero tampoco los propios. La actual dirección socialista lleva días preguntándose por qué su antiguo secretario general, que a diferencia de otros expresidentes ha dejado claro que no quiere tener una presencia pública activa, decidió participar en una cita tan de derechas junto a un religioso que en la pasada legislatura se dedicó a espolear a sus fieles en contra del Gobierno socialista, llegando a decir que en España no había libertad religiosa y que el aborto era peor que el abuso de menores. Ningún dirigente cercano al actual líder del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, fue a la cita.

Pero ahí estuvo Zapatero, discutiendo con el prelado sobre "el humanismo en el siglo XXI". Fue un debate (en realidad, un cruce de breves monólogos entre ambos) muy educado, con el religioso erigiéndose en defensor del expresidente frente a las protestas del auditorio.

"Humanismo significa respetar a las personas", señaló Cañizares, un cardenal actualmente destinado en Roma, como prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, que quiere volver a España y suceder a Antonio María Rouco al frente de la Conferencia Episcopal. Actos como este le vienen muy bien para su proyección mediática. La discusión sirvió para que ambos contrastaran sus puntos de vista, con el religioso sosteniendo que "toda sociedad necesita valores absolutos" y el expresidente respondiendo, en una frase del filósofo alemán Jürgen Habermas, que "la Iglesia debe abandonar la tentación de monopolizar todos los aspectos de la vida".

Pero el encuentro también mostró que el antizapaterismo es un vasto sentimiento con límites muy amplios. Un ejemplo. A mediados del debate, el expresidente Zapatero citó varios datos sacados de un informe de la ONU. Se trataba de algo fáctico, y por tanto indiscutible, pero un asistente gritó: "¡Mentira!".

LA CONCIENCIA Y ni siquiera en los momentos armónicos, cuando el cardenal y el expresidente mostraron las mismas tesis, el público concedió tregua. "No hay democracia sin conciencia", dijo el cardenal Antonio Cañizares. "Totalmente de acuerdo. Es más, la democracia es conciencia", respondió Zapatero. Aunque una cosa es que lo dijera el primero y otra que lo hiciera el segundo, ese presunto ogro anticlerical contra el que muchos se manifestaron en los últimos años. Así que el auditorio, tan dispuesto a jalear a uno como a pitar al otro, aplaudió al religioso y abucheó al político por exponer la misma idea.