El abrazo entre Dolores Delgado y Fernando Grande-Marlaska ayer en el Senado simboliza el apoyo del Gobierno a la ministra de Justicia pero no disipa la intensa presión que Pedro Sánchez tiene sobre los hombros para forzar su salida del Gobierno. De momento, Delgado resiste contra las cuerdas con cierto tono soberbio y el aval del presidente, pero nadie garantiza que el apoyo sea irreversible. El temor a que se desvelen nuevas conversaciones comprometidas que superen el «maricón» con el que denominó al ministro de Interior y un Parlamento apretando las tuercas (incluido Pablo Iglesias) hacen impredecible su supervivencia en el cargo.

Mientras que el PP da a la ministra por dimitida, en el PSOE agitan la teoría del chantaje al Gobierno y confían en que pase el vendaval. No parece. Este martes el Senado reprobó a Delgado y el miércoles será interpelada en el Congreso. Sánchez vive la crisis desde Nueva York, donde participa en la asamblea general de la ONU y coincidió con Donald Trump. Solo los datos de un Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) camino de convertirse en tracking presidencial le alivió la jornada: el PSOE saca diez puntos al PP, eso sí, diez puntos contabilizados antes de la dimisión de Carmen Montón, de la polémica de la tesis, de las armas a Arabia Saudí y del affaire Delgado. Es decir, en el pleistoceno de un Gobierno que quema etapas a velocidad de vértigo.

Al PP le sonríe la suerte. Los conservadores consiguieron que el Senado reprobase a Delgado (con votos de PP, Cs y Foro Asturias, y la bancada del Gobierno vacía) no por sus conversaciones con el excomisario José Manuel Villarejo, sino por «abandonar» al juez Pablo Llarena. A los tiempos parlamentarios (también) los carga el diablo. Pocas horas después de que Moncloa.com desvelase los audios con comentarios homófobos y machistas (dijo que prefiere no trabajar con «tías» y que el titular de Interior es «maricón»), el Senado tenía prevista su reprobación.

PALABRAS O HECHOS / Delgado respondió con el desdén que da el enfado infinito («Se lo voy a explicar despacito para que usted lo entienda», dijo a la portavoz del PP) pero, sobre todo, el verse arropada por los suyos. La vicepresidenta, Carmen Calvo, asegura que «perfectamente se va a mantener». Marlaska afirma que no se siente ofendido porque «lo importante no son las palabras, sino los hechos».

En el PSOE el nerviosismo es menor que en la crisis de Montón, pero no esconden que Delgado podría ser el tercer miembro del Gobierno en dimitir si de nuevas conversaciones (más recientes) que mantuvo con Villarejo se derivan comentarios más gruesos.

PRESIÓN DE LOS ALIADOS / La presión más significativa viene del principal socio de Sánchez. Tras una primera respuesta tibia de los morados, Iglesias cargó las tintas por la tarde y defendió que «hay que alejar de la vida política a cualquiera que mantenga amistad con los representantes de las cloacas». No pronunció la palabra dimisión pero evidenció que no está dispuesto a apoyar al presidente a toda costa y fue más duro (como, dice, le pide su madre) con el Gobierno. Por el momento, los otros socios, ERC y PDECat, prefieren esperar a que dé explicaciones en el Congreso. Tendrá, por lo menos, dos oportunidades. La primera, este miércoles, en una interpelación del PP que le pide que dimita. Y otra, cuando comparezca ante el pleno también con ese fin.

Mientras, Delgado enmarca los audios de la comida que tuvo en 2009 con el excomisario -en prisión por el caso Tándem- en «un ataque institucional» contra el Gobierno, que insinúa que se debe a la actividad del Ejecutivo para «cambiar el mundo».

Asegura que son «trocitos de audios solapados, puestos pegados, en los que se afirman determinadas cosas» en una conversación «distendida». «Quien me conozca sabe que no me refiero a él, que es una persona a la que quiero», explica. La ministra acota a tres las citas con Villarejo: cuando fueron presentados; la comida en la que se festejaba que había sido condecorado junto a otros miembros de la cúpula policial y el juez Baltasar Garzón, y un café posterior.