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Tragedia en el Atlántico

La vida que deja el mar

Supervivientes, viudas e hijos huérfanos en O Morrazo a causa de naufragios relatan sus experiencias

De izquierda a derecha: Fernando Argibay, Ana Gil y su madre Carmen Medraño y José Iglesias 'Josecho'.

La tragedia del 'Villa de Pitanxo' saca a la luz historias de otros naufragios que se resistían a salir a la luz. Es el caso del cangués José Iglesias Parcero (65 años), que siente la necesidad de sacar el padecimiento que pasó cuando el superpetrolero 'María Alejandra', de la compañía Mar Oil, en el que trabajaba, ardió en Mauritania, allá por el año 1980. Fueron 40 años de silencio, de lágrimas contenidas, de pesadillas casi diarias, de miedo a regresar al mar. De ayudante de cocina, con 23 años, a carnicero en tierra. Ahora se atreve a desvelar pactos de silencio que se forjaron en una lancha salvavidas. Eran tiempos en los que no existía la ayuda psicológica, como comenta el propio José Iglesias, que recibió como indemnización, después del desastre del 'María Alejandra',  80.000 pesetas.

“Lo que pasó en el 'Villa de Pitanxo' me anima a sacar todo el dolor que llevo dentro. Me dio fuerzas para contar todo lo que pasó” . José Iglesias Parcero tenía 23 años. Había entrado en la marina mercante gracias a un compañero de la mili, que era oficial. Primero estuvo en el 'Vanesa', que era gemelo del triste famoso 'Urquiola', y después fue para el Maria Alejandra, como ayudante de cocina. Relata que tras descargar en Algeciras, el superpetrolero se dirigía al Golfo Pérsico. Fue el día 11 de marzo de 1980 cuando sobrevino la desgracia a la altura de Mauritania. José Iglesias era el encargado de distribuir la despensa y del primer plato. Durante unos días estuvo ordenando la despensa, pero pensó que quedaba mucho tiempo de navegación y que esta tarea podía esperar. Ese día 11 de marzo se encontraba en el camarote duchándose cuando escuchó la primera explosión, después habrían de venir otras más fuertes. José Iglesias estaba en la cuarta planta del petrolero y subió a cubierta junto con un alumno en prácticas. El barco se iba con inusitada rápidez a pique y ellos decidieron saltar al mar. Recuerda que también lo hizo el jefe de máquinas, pero que se dejó hundir en el mar cuando comprobó que su mujer no había podido salir.  “Se dejó morir cuando estaba en el agua”. Este accidente marítimo se saldó con 7 personas supervivientes de 43 que iban a bordo.

José Iglesias 'Josecho', en la playa de Rodeira, en Cangas. Gonzalo Núñez

José Iglesias asegura que lo que le salvó fue que en la mili, y al poco de salir, había ido a clases de natación. “Nadé todo cuanto pude, sin mirar. En un momento giré la vista y vi una lancha flotante. Me agarré a las cuerdas que hay en los costados con los dientes. Desnudo y lleno de petróleo me subí a la balsa. Después subió otro marinero, que era de Tenerife. Pensábamos que estábamos a salvo, pero nos dimos cuenta de que había fuego por todas partes, así que nos tiramos de la balsa y nos alejamos. Tras ello vino un ruido inmenso. Era la chimenea del barco que se desplomaba. Fue cuando decidimos volver a subirnos a la balsa y recogimos a otros compañeros, uno de ellos un oficial”.

"En la balsa prometí que nunca volvería al mar. Hacía año y medio que mi hermano había muerto en un naufragio del barco San Martín"

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Durante dos horas, José Iglesias y los otros supervivientes permanecieron en la lancha a la espera de ser rescatados. Trataron de lanzar bengalas para dar su ubicación, pero fue a la cuarta tentativa cuando él pudo encenderla, en las otras tres había fracasado. En sus manos aún guarda las marcas del fuego de las bengalas. “Pensamos que era nuestro fin. Fue el oficial quien nos tranquilizó bastante, al informarnos que estábamos en una zona de ruta de barcos mercantes, por lo que había muchas posibilidades de que nos rescataran. En la balsa prometí que nunca volvería al mar. Hacía año y medio que mi hermano, también, con 23 años, había muerto en un naufragio del barco 'San Martín', en Aguiño, donde no se salvó nadie. Sabía que tenía que salvarme, que mi madre no aguantaría otro golpe semejante. Los que somos familias de marineros siempre decimos el mar es como nuestra madre, por mucho que haga, siempre se le perdona. Nos recogió el 'Sequolla', de tripulación india. Pero entonces no era como ahora. Nos dejaron en helicóptero en Las Palmas y después nos llevaron a Madrid y allí cada uno se las tuvo que ingeniar para llegar a su tierra. El apoyo psicológico brillaba por su ausencia. Me dieron 80.000 pesetas y al cabo de unos meses me llamaron para embarcar otra vez. Les dije que no y les pregunté si tenían trabajo en tierra. Me dijeron que no”.

José Iglesias afirma que la tragedia del 'María Alejandra' fue un accidente que se podía haber evitado, ya que se hizo la descarga del petróleo en Algeciras sin gas inerte y eso es muy peligroso. En la balsa juraron no hablar de ello porque lo que interesaba eran los muertos y las viudas.

Durante años pasó sin bañarse en el mar. Lo recuerda su mujer, que dice que, por lo menos, ahora ya va a a playa. 'Josechu' comenta tras abandonar la marina mercante tuvo que buscar trabajo en tierra. Puso un bar, estudió delineación, trabajó en cartelería y, ahí, por esos azares de destino, le ofrecieron ser carnicero. “No tenía ni idea de carnicería, pero me atreví. Estuvo trabajando 20 años en una cadena de supermercados y después decidió abrir una carnicería, que la regenta en el casco vello de Cangas. Aún le revienta esas 80.000 pesetas que cobró como indemnización y clama: Ni apoyo piscológico ni h...”.

El caso de Fernando Argibay

Tres días y tres noches. Así estuvo el moañés Fernando Argibay, en febrero de 2017, en una lancha salvavidas con otros siete compañeros más, todos ellos africanos, esperando hasta que fueron rescatados en aguas de Senegal, tras el naufragio del pesquero 'Senefand Uno', en el que faenaba como jefe de máquinas. El naufragio coincidió también casi en la misma fecha que el del 'Villa de Pitanxo'. El 'Senefand Uno', de la armadora viguesa grupo Profand, se hundió el día 8; y el arrastrero de Marín en la madrugada del 14.

Fernando Argibay, superviviente del naufragio del 'Senefand Uno', esta semana, en Moaña. Gonzalo Núñez

En el 'Senefand Uno', que faenaba a la pescadilla, eran solo dos españoles, el patrón de pesca, de Marín que falleció en el hundimiento con otros dos marineros senegaleses, y él. El resto de la tripulación estaba formada por hombres africanos. El capitán, de Marín, Vicente Pazos, “se fue con el barco al fondo del mar”, recuerda Arbibay. Nunca se pudo recuperar su cuerpo, ni tampoco el barco, ya que trabajaban en una zona que llamaban los pozos: “Íbamos pescando así, pasando el pozo y largando el aparejo”. Asegura que habían estado en tierra esperando un mes por la licencia, que partieron un martes y ya el miércoles “nos fuimos al hondo”. Tiene presente el dicho de que “el martes ni te cases ni te embarques” .

Asegura que en el barco tenían dos balsas, con capacidad para 12 personas cada una, les dio tiempo a echarlas al gua, pero una se abrió al revés y le tuvieron que cortar el pecho para darle vuelta. Por eso que los 8 supervivientes tuvieron que estar en una, aunque recuerda que con los víveres de las dos. La otra embarcación iba de remolque. Reconoce que el mar de Senegal no es el mismo que el de Canadá, son aguas más tranquilas, a una temperatura de 25º, “a la que te puedes tirar bien, flotar, estar un día o dos en el agua, sin riesgo de hipotermia”, aunque con el miedo a los tiburones. Vieron pasar varios mercantes por delante de ellos pero ninguno se percató de las balsas, a pesar de que gastaron casi todas las bengalas.

Aquellos tres días nunca se le van a borrar de la mente: “Teníamos un remo y les decía a los compañeros que había que remar para ir a tierra y los iba entreteniendo así. Unas veces iban unos, otras los otros…y así estábamos; también íbamos de una balsa para la otra. Repartía las galletas energéticas que van en las bolsas de víveres para alimentarnos y el agua, que viene en dosis pequeñas”. No puede precisar para cuántos días tenían víveres, pero “creo que administrando bien para un mes”, como tampoco recuerda cuántas bengalas tenían a bordo, “pero las agotamos todas y cada día echábamos dos o tres”.

Tardaron tres días hasta que fueron rescatados por el mercante ro-ro 'Grande Argentina', de 214 metros de eslora y 28 de manga, que ya les estaba buscando junto a medios aéreos. El problema, dice, es que no dieron por desaparecido el barco hasta los tres días porque la radiobaliza no saltó “y nadie nos daba por desaparecidos”. Argibay logró salvar la vida, pero tiene el trágico recuerdo de la última imagen del patrón, desde una ventana en el puente, acurrucado, pero ya el barco dio la vuelta; y de otros dos tripulantes senegaleses que quedaron atrás, uno de ellos que había estado junto a él, cuando el pesquero se puso con la quilla al sol y se tiraron juntos para nadar hasta las balsas porque el barco ya se iba al fondo, pero murió pese a que llevaba el chaleco; y otro marinero joven, de 17 o 18 años, que no sabía nadar. Tras el naufragio volvió al mar, en Ecuador, durante dos mareas, pero tras aquello ya no regresó y ahora recibe un a pensión y acude a cursillos de supervivencia y de formación básica porque le caducaron. Del 'Villa de Pitanxo' asegura que si él pudo estar 10 o 15 minutos nadando, ellos con cinco minutos que estén en el agua, olvídate, porque está bajo cero”.

Ana Gil y su madre

“Hemos aprendido a remontar, a ser felices, pero cada vez que sucede una tragedia en el mar algo se te remueve por dentro”. Son las palabras de Ana Gil, una de las hijas de José Gil Castro, tripulante de Bueu fallecido en el naufragio del mercante 'Monte Palomares', el 10 de enero de 1966. Podrían ser también las de su madre, Carmen Medraño, de 85 años y viuda desde los 29, que confiesa que estos días es incapaz de ver la televisión y que se entera de las noticias del 'Villa de Pitanxo' únicamente por lo que le cuentan. “Es como si lo viviera otra vez, y eso que han pasado 56 años”, dice. “Estos días alguien me recordaba que no había una desgracia tan grande desde la del 'Monte Palomares'”, señala Ana Gil. Razones no faltan para la comparación. En aquel buque cargado con 12.000 toneladas de maíz que hacía la ruta entre Norfolk (Estados Unidos) y Barcelona fallecieron 32 de los 38 tripulantes, y muchos de ellos eran de O Morrazo. Una galerna cogió al barco a la altura de Bermudas y lo echó a pique. Los guardacostas acudieron a su llamada de auxilio, pero por el camino fueron socorriendo a otros barcos en apuros y llegaron tarde.

Ana Gil y su madre Carmen Medraño, en Bueu. Santos Álvarez

Ana Gil tiene fuertes recuerdos de esos días, a pesar de contar con solamente 5 años. “Llegaba gente a casa, llorando, y a mi hermana [de 6 años] y a mí nos apartaron en un cuarto. Pero allí había un Faro y mi hermana leyó que se había hundido un barco y se estaba buscando a los supervivientes”, relata. José Gil fue uno de los desaparecidos, lo que multiplicó el ya intenso dolor. “No podía entender que no viniera. La gente me daba caramelos, se portaba bien conmigo y no tenía motivos para llorar”, señala, antes de añadir que “estuve años pensando que algún día aparecería”. Carmen Medraño aún hoy rechaza ese estatus de desaparecido. “A mí que no me digan ‘el difunto de Pepe’”, subraya de modo enérgico.

Medraño recuerda aquellos días con tanto dolor como confusión. “Mi madre me había dado unas pastillas y yo no me enteraba. Estuve 15 días sin apenas comer. Tenía una vida buena, éramos un matrimonio joven, con una tienda... y me quitaron a mi compañero, a mi primer novio. Luego hubo que hacer la vida”, relata.

La gestión de las ayudas fue toda una odisea. Medraño recibió únicamente 7.000 pesetas al mes por sus hijas, pero se quedó sin pensión de viudedad. “No pudimos solucionarlo, al estar desaparecido”, señala. Encima, la Naviera Aznar entró en quiebra poco después. En cambio esta familia sí pudo beneficiarse de una educación gracias a la denominada Mutualidad de Accidentes del Mar y del Trabajo. El Instituto Social de la Marina de aquel entonces tenía dos centros (uno masculino en Sanlúcar de Barrameda y otro femenino en A Coruña) para los llamados huérfanos del mar. Y allí pudo estudiar Ana Gil Primaria y Bachillerato, con una beca que se mantuvo hasta los 18 años. “Doy las gracias por esa oportunidad, por esto soy una mujer independiente. Si no, no habría podido hacer Magisterio”, afirma. Allí coincidió con muchas alumnas que habían vivido experiencias similares. “Consolaba saber que todas habíamos pasado por lo mismo. De las que estábamos en ese centro, en un 75 por ciento no se había encontrado el cuerpo del fallecido”, recuerda.

“Es curioso ver cómo en los supervivientes queda un estigma. Nosotros hemos aprendido a ser felices, pero ellos siguen arrastrando demasiado peso”

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Curiosamente, la vida de Ana Gil se ha acabado orientando también hacia el mar como ocio. “Pasé de tenerle miedo a luchar contra este sentimiento y aficionarme”, dice. Hoy es una de las tripulantes del crucero 'Maracaná', que compite en diferentes regatas en la Ría de Pontevedra. Las dudas que le podían surgir le fueron rápidamente resueltas por Manuel González Palmeiro, uno de los supervivientes del Monte Palomares, también de Bueu. Él, que trabajaba como jefe de electricistas, fue avisado por José Gil para que abandonase el barco. Luego el mar los separó. “Le pregunté si no era muy arriesgado estar de nuevo en el mar y él me dijo que el mar ya me había quitado bastante. Que si ahora me estaba dando algo que lo aprovechase”, resume.

En cambio Manuel González Palmeiro dejó el mar a raíz de aquel accidente y acabó emigrando a Australia, desde donde conserva el contacto con Ana Gil. “Es curioso ver cómo en los supervivientes queda un estigma. Nosotros hemos aprendido a ser felices, pero ellos siguen arrastrando demasiado peso”, sentencia.

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