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Opinión

'Feijóo no le sirve a Ayuso'

Casado se aísla en la habitación del pánico de Génova, para afrontar otra semana de caída en las encuestas

Pablo Casado.

Pablo Casado se ha pasado el lunes entero encerrado en la habitación del pánico de Génova, y desde la soledad insonorizada ha concluido que el PP puede permitirse otra semana de caída a pico en las encuestas. Es la reacción previsible en el iluso que divaga en la radio sobre "mi consejo de ministros". El portaviones de la derecha se ha convertido en un grupúsculo asambleario, donde el portavoz Martínez Almeida ni siquiera se presenta a las reuniones obligatorias para su cargo.

"En España, el que resiste gana". Haber escuchado esta frase de labios de Camilo José Cela le concede un valor racial, que inspiró al autor de la letra del Resistiré del Dúo Dinámico y alentó el estoicismo social frente a la pandemia. Salvo que en la voladura del PP no hay enemigo exterior. Y que Casado y Ayuso no se han atacado, se han embestido.

El estruendo de la querella en curso ha estrangulado su racionalización. 

Quede claro pues que la diferencia fundamental entre los contendientes radica en que Casado expulsa al votante del PP hacia Vox, en tanto que Ayuso atrae al votante del PP hacia Vox. Más allá del dilema moral de elegir entre diferentes estilos reprobables, la dudosa comisión o el espionaje con visos de chantaje, ni siquiera es cierto que los militantes populares huyan aterrorizados por la zapatiesta Casado/Ayuso. 

En realidad, buscaban una excusa para una decisión ya tomada, y los dirigentes del primero o segundo partido conservador de España les han balizado el camino hacia la salida.

La contabilidad del PP establece que si cuatro mil votantes se congregaron contra Casado cuando ya había otorgado el perdón exprés a Ayuso, cuántos se hubieran reunido sin esa cláusula de sumisión. Por anotar algún dato positivo para los populares, el consenso en torno a la figura milagrosa de Feijóo demuestra que la inteligencia no se ha esfumado de la vida política española.

Feijóo es un valor estable, pero no equidistante entre Casado y Ayuso. 

El insólito pacto del gallego con la madrileña demuestra el grado de ensoñación que asalta al Segismundo de la política española, encadenado en su torre sitiada. Sin embargo, la coexistencia pacífica entre los sucesores solo vendría avalada por la larga distancia geográfica entre las áreas de influencia respectivas. La operación puesta en marcha la semana pasada no aspiraba a centrar al PP, sino a reforzar el ariete radical de Vox camino de la nueva Polonia o Hungría. Dados los artistas invitados, se hubiera reeditado el famoso imperio austrohúngaro citado en todas las películas de Berlanga.

El aclamado Feijóo es la solución a Casado, pero no le sirve a a Ayuso, que tenía otros planes. Desde el prisma de la Igualdad, tiene su gracia que una mujer gane el duelo contra un hombre, para ser a continuación desplazada por otro. Suerte que el feminismo oficial escogería a Casado antes que a la presidenta madrileña.

En 2011, el deseado Feijóo debió ser el candidato popular en vez de Rajoy. Una década más adelante, García Margallo presume del nutrido banquillo del PP, pero su salvador es el mismo. Cuesta imaginar el entendimiento entre el vandalismo madrileño de Ayuso y la derecha zen que logra una mayoría absoluta tras otra en Galicia. A Vox, que es el socio inevitable de los populares, no le agradará el desembarco del único líder conservador que ha mantenido a raya a la ultraderecha moderada.

En una semana, el país ha contemplado un comportamiento de Casado que lo inutiliza como aspirante en serio a La Moncloa. Del otro lado, queda claro que al precio de Santo Tomás Díaz Ayuso no habría un solo negacionista de la pandemia. En medio, la figura más destacada de los populares que no ha sido presidente del Gobierno puede plantearse cuánto tardará en recibir la primera acusación de "derechita cobarde".

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