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Juanma Moreno: el triunfo del centrista paciente

A su segunda legislatura como presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno llega convertido en el ‘barón de barones’ de su partido a nivel nacional. La suya en la política es la carrera de fondo de alguien que, paradójicamente, alcanza sus cimas tras las derrotas

Juanma Moreno, en la campaña de las elecciones generales del 2000, con el entonces presidente del PP de Málaga, Joaquín Ramírez. ARCINIEGA Joaquin Corchero

Juan Manuel Moreno Bonilla ha vuelto a ganar tras doblar la apuesta. Y, quienes lo conocen desde que empezó en el PP en los años 90, lo atribuyen a que este malagueño nacido en Barcelona -en 1970, unos meses antes de que sus padres dejaran de ser emigrantes para volver al sur- "siempre ha sido el mismo". Aunque en unas etapas haya sido 'Moreno Bonilla' y en otras 'Juanma Moreno'. "Juanma hace lo mismo que hace 25 años, es un tipo de centro que mira a la derecha o a la izquierda porque cree en una manera distinta de hacer política; como es campechano, empático y cercano, al final siempre llega a la gente", añade al glosar el triunfo de este centrista paciente alguien que lo conoce desde su época universitaria. 

Desde que su tirón como líder de la Asociación Popular de Estudiantes lo catapultó, en 1993, a la presidencia de Nuevas Generaciones en Málaga. Dos años después, convertido en el responsable andaluz de la organización juvenil y en concejal de Juventud, Deporte y dos distritos con Celia Villalobos como alcaldesa de Málaga, Moreno ya había dejado los estudios.

Su salto a la política nacional le llevó a vivir en primera fila, desde la cúpula de Nuevas Generaciones, los crímenes que ETA perpetró contra su partido. Él ya era el presidente de la organización juvenil en julio de 1997, cuando se produjo el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Y, tres veranos después, otro de aquellos atentados se cebó con su entorno más inmediato. Ocurrió bastante cerca de la avenida de la capital malagueña en la que él vivía y su padre regentaba una tienda. 

En el barrio de Nueva Málaga, la banda terrorista acribilló a balazos al concejal del PP que, precisamente, había ocupado el sillón de Juanma Moreno en el Ayuntamiento de su ciudad, cuando lo dejó en la primavera de 1997 para ser parlamentario andaluz. Lo recordó el propio presidente de la Junta el pasado 15 de julio, coincidiendo con el aniversario del fatídico suceso: "Mi compañero José María Martín Carpena me sustituyó como concejal del Ayuntamiento de Málaga, y lo mataron. ETA lo asesinó delante de su familia hace 22 años".

Por aquel entonces, Juanma Moreno ya se había estrenado como diputado nacional. Llevaba tres meses en el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo, dónde su partido le buscó un hueco en las elecciones generales del 2000 representando a Cantabria. Su vida había estrechado vínculos con Madrid y con una sede de calle Génova en la que todavía ejercía como líder el hombre que, en 1989, lo deslumbró y lo despertó para la política cuando asistió entre el público a uno de sus mítines: José María Aznar

En 2001, Moreno dejó de presidir Nuevas Generaciones. Y, posteriormente, en 2004 no renovó el asiento de diputado tras quedarse a las puertas en la lista malagueña de los comicios nacionales de ese año. No obstante, su hábitat continuó siendo el aparato nacional. Se dedicó exclusivamente a la fontanería política en calle Génova hasta que, durante el último año de esa legislatura, ocupó el sillón de su compañero malagueño Manuel Atencia.

En esta etapa, con el boom del despegue ya templado por más de un baño de realidad, se empieza a comprobar que la de Moreno en la política es la carrera de fondo de alguien que, paradójicamente, alcanza sus cimas tras las derrotas

Después de aquella ‘travesía del desierto’ en las tripas de la sede madrileña, siguió ganando peso ante la dirección nacional y fue nombrado en el seno del Gobierno de España por Mariano Rajoy, en 2011, secretario de Estado de Servicios Sociales e Igualdad. Su consolidación en el aparato del partido todavía vuelve como un bumerán y hasta la oposición la usa como arma arrojadiza. Sin ir más lejos, en la reciente precampaña andaluza, el socialista Juan Espadas le afeó "la libretita de Bárcenas". Su éxito en Andalucía es, precisamente, otro reflejo de sus inesperadas resurrecciones. 

El aterrizaje en el sur de Moreno incluía en el paquete el ‘marrón’ de exponerse a unas elecciones después de que el PP hubiese levantado su techo más alto. Tras el triunfo baldío que propició una alianza del PSOE e IU, todo lo que no fuera repetir como fuerza más votada o andar por los 50 escaños de Javier Arenas, supondría una merma. 

En 2015, el ahora presidente se estrelló y el PP bajó a los 33 parlamentarios. Y, en 2018, la caída fue aún más sonada con 26 diputados que significaban el peor resultado de la historia e implicaban un retroceso a los tiempos de Gabino Puche. Sin embargo, cuando tocaba agachar la cabeza, afloró la sorpresa. Los 21 escaños de Cs y el apoyo con otros 12 de Vox encumbraron al derrotado como primer presidente del PP en la historia de Andalucía.

Y ahí, en las segundas oportunidades que suelen concederle los resbalones, se hizo fuerte el político malagueño. Se agarró a la moqueta del Palacio de San Telmo con la habilidad suficiente para convertir al Gobierno del cambio en su pasaporte hacia la mayoría absoluta. Hacia unos 58 escaños que han dejado en un triunfo ya menos rotundo el logrado por Isabel Díaz Ayuso en la Comunidad de Madrid.  

A su segunda legislatura como presidente de la Junta de Andalucía, Moreno llega convertido en el ‘barón de barones’ de su partido a nivel nacional. Su pacto en plena guerra interna con Alberto Núñez Feijóo, le concede en calle Génova más poder que nunca. Su amigo Elías Bendodo es el coordinador general. Y el nombre de Moreno no tardaría en aparecer si, dentro de unos años, hace falta un plan B para La Moncloa. El malagueño goza de parte del control en la dirección nacional solo cuatro ‘julios’ después de haberse sentido perdedor en un congreso en el que apoyó sin tapujos a Soraya Sáenz de Santamaría frente a Pablo Casado.

A finales de los 90, Moreno empezó a subir como la espuma en la política y esto no impidió que, hasta que sus agendas ya se lo impidieron, siguiera celebrando su cumpleaños, cada 1 de mayo, en la casa de campo de su añorado padre en el Valle del Guadalhorce. Continuó citando allí, entre las tierras por las que tanto le gusta caminar, a sus amigos de los inicios. A Fran Oblaré, Mariví Romero, Elías Bendodo, Víctor González Juan Jesús Bernal, que le acompañaron en furgonetas alquiladas por toda España en su osada campaña para presidir Nuevas Generaciones.

Era una de sus maneras de no perder la toma de tierra con ciertas raíces. Juanma Moreno cree en los retornos al pasado y quizás por eso, el pasado 2 de julio, se acercó a la plaza de toros de La Malagueta para disfrutar del concierto que conmemoraba el 40 aniversario de Danza Invisible. El grupo del malagueño Javier Ojeda era el espejo al que se miraba, antes del mitin de Aznar, cuando pasó con más pena que gloria por la música pop. En los años 80, Juanma Moreno era el veinteañero que cantaba en bandas bautizadas como Lapsus Psíquico, Cuarto Protocolo o Falsas Realidades.  

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