20-N
Los últimos luchadores contra Franco: “Si vences contra una dictadura, eres un libertador; si fracasas eres un terrorista”
Lucila Aragó, Antonio Nebot, Miguel Morata y Pascual Moreno militaron en organizaciones como el FRAP o el PCE (m-l): “Nos habíamos jugado la vida y la juventud y de repente éramos unos apestados”

Germán Caballero
Marta Rojo
La imagen de Pascual, Lucila, Antonio y Miguel sentados en la terraza de un bar no tiene, en realidad, nada de particular. Son solo cuatro personas de alrededor de 70 años que remueven el café en sus tazas, se ponen al día, hablan de libros, preguntan por conocidos. Pero los cuatro tienen claro que, hace cinco décadas, esa escena habría sido imposible. En primer lugar, porque los miembros del Partido Comunista de España Marxista-Leninista o el FRAP sabían que no les convenía dejarse ver. Pero, sobre todo, porque en 1975, ni siquiera ya muerto el dictador Francisco Franco, a nadie en su sano juicio se le habría ocurrido quedar a escasos cien metros de la Jefatura Superior de Policía de València. Ahora, con el edificio en obras, se preguntan si solo es una reforma de la fachada o si es "de una vez por todas, también de dentro". Una reforma que creen que sigue pendiente desde el 75.
Varios de ellos conocen bien los calabozos de la Jefatura, como Lucila Aragó, Antonio Nebot y Miguel Morata. Pascual Moreno se los imagina, porque pudo huir, pero pagó el precio del exilio y el aislamiento. Son la primera generación que puso el cuerpo, “la jeta”, en la lucha antifranquista desde los maquis. Les han torturado, han perdido compañeros, han visto paralizadas sus vidas profesionales y personales durante años. Y, a pesar de eso, les han llamado terroristas, un apelativo que hoy les remueve menos, pero que sigue doliendo. Eso sí, coinciden en una lectura: “Si los que prenden la lucha contra las dictaduras fracasan se les llama terroristas, si vencen pasan a ser libertadores”.

Pascual Moreno, Lucila Aragó, Miguel Morata y Antonio Nebot posan para Levante-EMV ante la Jefatura de Policia Nacional de Valencia / Germán Caballero
Prisión, torturas, exilio
Lucila Aragó tiene 70 años, y eso significa que ha vivido cincuenta desde que Franco murió el 20 de noviembre de 1975. La noticia le pilló en prisión, y las reclusas se acabaron todas las cervezas del economato en un brindis de alivio colectivo. El “crimen” que la llevó a la cárcel fue militar en el Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP), una de las organizaciones en las que se movieron ella y sus compañeros, junto con otras como el Partido Comunista Marxista-Leninista. También Antonio Nebot estaba en prisión cuando murió el dictador. Fue después de que lo localizaran en Barcelona, lo llevaran, sin vista o juicio, a los calabozos de la Jefatura y le preguntaran de qué oído le habían operado recientemente. “Cuando dije de cuál, me dieron una buena hostia en esa oreja”, denuncia. El juez, cuando finalmente lo juzgaron, consideró que le convenía “una temporadita en la cárcel”. Esa temporadita el fiscal pedía que fuera de 21 años. Al final, fueron más de dos años, durante los que desarrolló enfermedades crónicas que nadie le diagnosticó y que aún arrastra.

Miguel, Pascual, Lucila y Antonio hablan y ríen frente a la Jefatura Superior de Policía, algo impensable hace 50 años, cuando algunos de ellos pasaron por los calabozos de este mismo edificio / Germán Caballero
“Tuve la mala suerte de que vinieran a por mí, la buena suerte de que me escapé”, resume, por su parte, Pascual Moreno. Y la mala suerte, le falta añadir, de que tuvo que dejar su casa, a su mujer con la que acababa de casarse y su vida para refugiarse en Francia. El exilio fue difícil, pero más lo fue la vuelta a una España en la que se encontró “desconectado” y sin perspectivas de futuro. “No me quiero imaginar los que se exiliaron durante treinta años”. La muerte de Franco le permitió volver, pero de forma menos directa de lo que se esperaba: lo hizo cuando Adolfo Suárez decretó una amnistía, solo entonces. Y cuando Pascual volvía, un joven Miguel Morata empezaba su andadura militante, motivado por los últimos conatos de violencia en vida del dictador, como los fusilamientos de septiembre del 75. El 20-N, a él, le pilló “con contactos” con el FRAP. En 1976 fue cuando comenzó a formar parte de la organización. Un par de años después, ya con Franco desaparecido, pudo probar también los calabozos de la Jefatura, detenido por su participación en una reunión del Tribunal internacional para juzgar los crímenes del franquismo que puso en marcha el Partido Comunista. Aunque su detención se hizo con más suavidad que sus compañeros. “Ni nos tocaron ni nada”, afirma.

Miguel Morata posa para Levante-EMV ante la Jefatura de Policia Nacional de Valencia / Germán Caballero
Universidad, manifestaciones, propaganda
Su militancia empezó desde la universidad, unos años después de que Lucila, Antonio y Pascual ya hubieran sufrido represión y violencia. Precisamente, reconoce, inspirado por el ejemplo de personas como ellos. En su caso, se implicó en el Frente Obrero. “A esas edades, tiendes a fascinarte por la opción más radical, y eran los del FRAP los que estaban a hostias con la policía”, explica. De hecho, cuando le ofrecieron participar en el PCE (m-l) dijo que no. “Que yo solo quería en el FRAP; luego comprobé que una cosa era consecuencia de la otra”, reconoce. También en la universidad, algunos años antes, Pascual había empezado su militancia en la misma organización y había cofundado Nova Germania. Desde el exilio, empezó a colaborar en un grupo de relaciones internacionales, y aún recuerda a los intelectuales que conoció, como Fernando Arrabal o María Casares. La diferencia cultural con la España franquista era para echarse a llorar.
A Antonio, la movilización le venía casi de cuna. En su propia casa, cuando aún era adolescente, fue testigo de cómo “trincaron” a su hermano mayor por dirigir el Sindicato Democrático de Estudiantes. En la universidad, se fue decantando por la opción comunista y acabó ayudando en el “aparato de propaganda”. Por su parte, para Lucila, la facultad está ligada a las primeras asambleas y la “actividad semilegal”: podían debatir pero sabían que allí estaba la Brigada Político-Social, escuchando. Fichando. “En la Universitat de València, el rector Báguena expedientó a 312 estudiantes en septiembre del 73”, añade Lucila, que estaba entre ellos, pero ese, casi, era el menor de sus problemas. En esos años, empezó a experimentar cosas como ir a la primera manifestación, pero también salir corriendo de ella para evitar una paliza policial.

Pascual Moreno para Levante-EMV ante la Jefatura de Policia Nacional de Valencia / Germán Caballero
“Terroristas” o “libertadores”
Les ha costado años sentirse lo suficientemente seguros como para contar en qué organizaciones militaban. Durante décadas, lo han escuchado hasta de gente muy cercana. “Joder, es que vosotros sois terroristas”, le dijo algunas veces su cuñado a Pascual. Le contestó que terrorista era un régimen que les obligaba a esconderse para sobrevivir y que reprimía la disidencia con violencia. Pascual reconoce que “en la fase final se dieron algunas acciones armadas violentas”, fruto de las cuales, en la transición, sus compañeros y él fueron condenados al ostracismo. “Nos habíamos jugado la vida y la juventud y de repente éramos unos apestados”, reprocha.
Coincide Lucila. La violencia, que considera “legítima ante una dictadura como la nuestra” la puso sobre la mesa, como arma de represión, el propio régimen. Estaba en el aire a principios de los 70. “No había manifestación en la que no hubiera pedradas, cócteles Molotov, policía reprimiendo salvajemente, los grises entrando en las facultades, palizas en las movilizaciones obreras”, relata. “No es que nosotros fuéramos especialmente violentos, es que vivíamos en una dictadura que era violencia pura”, añade Lucila que, eso sí, reconoce que algunas cosas “se podían haber hecho mejor”. “Fuimos muy desastre, tuvimos una capacidad organizativa muy limitada”, lamenta.

Lucila Aragó posa para Levante-EMV ante la Jefatura Superior de Policía Nacional de Valencia / Germán Caballero
Pero no se puede volver al pasado para cambiar o deshacer lo hecho. “Sería una ucronía”, apunta Miguel Morata. El FRAP, recuerda, no era solo una organización antifranquista, sino que “también tenía un objetivo revolucionario”. Persiguiendo ese objetivo, “se cometieron errores pero se estuvo ahí, poniendo la jeta”. Poner el cuerpo, dejarse detener, apalizar, sigue siendo, cree Miguel, un acto de “generosidad por encima de los errores”. Y después de esa generosidad, “una época de mucho silencio”. Pero ese tiempo ya pasado, cree Antonio Nebot, y ahora reivindica su “orgullo por haber pasado por eso”.
Una gallina con un huevo de mármol
Por eso y por lo que consideran un postfranquismo que no depuró responsabilidades. Pascual define lo que fue para él la transición con una metáfora que le trasladó un viejo republicano en un mítin en París: “Si coges un huevo de mármol y se lo pones bajo a una gallina, nunca saldrán pollitos”. De la impunidad, apunta, nunca saldrá la reparación. Pero saben que muchas cosas han cambiado. “Una reunión como la de hoy hablando en una terraza no la habríamos hecho”, afirma. Como mucho, dice, de incógnito: “Habríamos dicho algo como: a las afueras de Picassent hay unos olivos, nos vemos allí”.

Antonio Nebot posa para Levante-EMV ante la Jefatura Superior de Policía Nacional de Valencia / Germán Caballero
Han pasado 50 años que no han sido igual para todos. Miguel explica que tiene amigos que, durante estas décadas, le veían como “el raro”. El que se complicaba la vida. Para Pascual, “Franco ha muerto, pero el franquismo sigue vivo” en los discursos y partidos nostálgicos de una dictadura que cercenaba libertades.”¿Cuánto tiempo más tiene que pasar para analizar en profundidad lo que afectó a nuestras vidas y al conjunto de la sociedad”?, se pregunta Lucila. Y cuánto tiempo más, apostilla Pascual para perder, del todo, el miedo.
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