Si vieras hoy, Roge, nuestra casa tan profunda y ramosa. Tiene en cada uno de sus rincones todas las ausencias amontonadas sobre hojas secas. Me gusta perderme en su añoranza y oler tu regreso por las esquinas, casi implorando, casi llorando. A veces me giro porque me parece oír tu voz y la de mamá, que murió nueve meses después de tu fallecimiento inesperado por esta sinrazón irracional, por su misterio pleno de incoherencias fatídicas, de falsedades sin causa, por mi incapacidad fatal, por no saber poder ayudarte… y presentía que te ibas ante mi incredulidad. La ambulancia no llegaba y tu ahogo no te dio ni un solo respiro. Cuando vinieron ya no te pudieron resucitar. Creí estar dentro de una broma de mal gusto llena de bruma y nebulosa. Desde entonces llevamos una losa llagada sangrando miedos que es necesario sanar.

Junto a la vieja ventana, frente al cielo castellonero blanco y azul, por detrás de tu aposento, de tu asiento, por detrás de mí, siento el aroma de la primavera que lucha por volver y yo cruzo los dedos para que vuelva ¡cómo me falta tu abrazo, tu consejo, tu sabiduría! ¡Como! a veces sin masticar, tragándome la pena. La primavera tuya regresa cada primavera pero ya no viste tu habitación con vestido nuevo y café mañanado recién hecho. Cumpliste el 5 de abril de 2018 sesenta y tres años. Te habías jubilado por fin. Anhelabas que tu jubileo fuera el nuestro y hubiera sido, no te quepa la menor duda.

Esa madrugada del 30 de abril me dijiste sorpresivamente: «Xicuela no puc respirar» y yo llamé a la desesperada a esa ambulancia que tardó una eternidad y cuando vino, tú habías abandonado en tu última partida, descubriendo tus cartas boca arriba. No era un farol. Te fuiste de puntillas, sin ruido, heroicamente. Allí tu sobrino, tu madre enferma y yo, casi naufragamos contigo en aquel mar de la madru-ahogada.

A partir de ahí sigo trabajando día a día con mi personal relámpago y no desistir. Y después la pandemia me ha acostumbrado a respirar las capas del aire con suave y tembloroso vaivén. Es como el palpitar de unas flores que entran en el corazón. Son primaveras idas y manos que no se tocaron bastante. Besos de piedra cálida y cuerpos perdidos en el tiempo. Ecos del por qué sin respuesta, hermano.

Atrás dejamos los años felices que golpean con sus recuerdos y su más arrobador perfume nuestro hogar. ¡Qué bueno eras jugando a cartas! ¡Cuánto sorprendías al contrario con tu juego! ¡Qué buena persona eras! ¡Qué buen amigo de tus amigos! ¡Qué inteligente, idealista, trabajador, protector y valiente, no listo ni precavido, ni cauto ni… vamos a dejarlo en lo privado! Demasiado condescendiente, confiado, considerado y generoso con tus enemigos que ahora los he heredado yo. He de jugar por ti tu partida. Es difícil porque Margarita, así me llamabas, amargamente nada en la Nada o en un Todo vacío vagamundo y errado. No sé de matemáticas. Es más si pretendes que las mate, las mato. Matemáticas eres tú. Amo otras temáticas como tu bien sabes. Mi ser es literatura y en la actualidad está obturada por cierto.

Hay nuevos habitantes en tu habitación, fotografías entre la que destaca la que te dio muy poco antes de partir al país del Más Allá, Santi Palau, de cuando jugabais en el CD Cabanes y me pediste encarecidamente que la guardara, pero como tú siempre solías hacer, sin darle importancia, aunque para ti la tenía, yo sé que la tenía, libros, libretas, documentos y más documentos y además, un armario repleto de tu ropa, otros objetos, tu introspección más introvertida y tu silencio tímido que permanece callado por no molestar. Nunca te quejabas de nada ni de nadie. Tus secretos te los llevaste contigo. De un largo cajón parecido a un ataúd no hace mucho vi que tenías guardada la fotografía de tu mujer con su belleza radiante de Hamburgo con la fecha de su muerte 12 de octubre de 2013.

Descansad en paz. Os lo merecéis. Os queremos mucho y os echaremos de menos en vuestra eternaedad. A buen seguro por esa gran ventana donde se ve el otro lado de la luna debatirse con toda la fuerza del fuego, eres, cuñada, la mariposa bella que se columpia en ese rayo de nieve posándose sobre esa estrella de rojo Roge que toca los muros de las nubes en el que dibujasteis mi nombre para que lo aprenda de nuevo, siendo la ayuda que preciso para no sentirme una desterrada en la tierra. Cuando circule el sueño por mis venas pasará mi Ser por túneles, aldeas y peldaños. Cuando pasen los años, algunos más, confío, deseo llegar al río donde se juntan los dos mundos y de pronto todas las aguas entrarán en mi corazón sonriendo de gozo en el reencuentro. Espero que vuelva la vida a mi casa como ávida caracola que escucha tu mar, morar en los ojos tuyos que calman cualquier tempestad de mi alma atormentada. Yo también seré tierra algún día, sin embargo, ansío serlo después de haber luchado y vencido. Seré tierra, estoy convencida, sólo tierra, tierra de mi gente, mientras tanto, escribo unas breves páginas que alcancen la infinitud de mi memoria. Y otra vez hoy la primavera pasa por nuestra casa profunda y ramosa, pero esta vez con la esperanza de llenar tu victoria de flores que crecen sobre mi frente y es que en mí siguen viviendo tus raíces.  

María Roca Guía