"Tengo frío, mucho frío", fue lo primero que dijo cuando lo encontraron en posición fetal. El niño se había escondido en un frigorífico encendido del sector de artículos suntuarios para salvarse del fuego que devoró al centro comercial Ycuá Bolaños, en Asunción.

En declaraciones a la prensa, el bombero que lo rescató no salía del asombro. La criatura estaba dentro, aterida, tan cerca de las cenizas, del olor a carne chamuscada y los aullidos, que su aparición --junto a la de un bebé encontrado ente los cadáveres-- fue uno de los escasos milagros conocidos en medio de la tragedia que envuelve al país.

Las campanas de la iglesia de la Santísima Trinidad no dejaban de esparcir su llanto metálico a toda Asunción. Santísima Trinidad es un barrio de clase media baja, a 15 manzanas del centro de la capital. El centro comercial era su nota discordante desde que lo inauguraron con toda pompa. "Una obra arquitectónica con relevante fuerza estética", decía en diciembre del 2001 un anuncio del diario ABC.

Su dueño, Juan Pío Paiva, había pasado de tener un pequeño almacén a manejar negocios a gran escala. Esta superación no sorprende a nadie en un país donde el lavado de dinero proveniente del tráfico de armas y drogas y la corrupción forman parte del paisaje hace tanto tiempo que nadie recuerda cuándo comenzó el desarreglo.

El Ycuá Bolaños era una de las tantas metáforas urbanas de una ciudad donde faltan cloacas, pero abundan esos falsos destellos de esplendor. Ahora que todo el dolor del mundo puede caber en una manzana, nadie quiere mirar hacia allí, donde 423 personas han muerto, 139 han desaparecido y casi 500 están ingresadas con heridas de diversa consideración.

Y mientras las campanas de iglesia Santísima Trinidad seguían tañendo, Carlos Storm, el presidente de la Cámara de Supermercados, se preguntaba si el incendio del Ycuá Bolaños incidiría negativamente en las ventas del sector.