Como cabía esperar --tras su oposición al alto el fuego durante la guerra en el Líbano, en un claro alineamiento con EEUU e Israel--, el primer ministro británico, Tony Blair, tuvo ayer una estancia accidentada en Beirut. Cerca de 4.000 personas, acorraladas por un masivo dispositivo militar, se manifestaron contra su visita a un kilómetro del Palacio del Serrallo, donde se reunió con una parte del Gobierno libanés.

Los dos ministros de Hizbulá, además del presidente chií del Parlamento, Nabih Berri --"ausente en viaje de negocios"--, boicotearon su visita negándose a asistir a la reunión. Afuera, los manifestantes le dedicaron pancartas que decían: Blair, no eres bienvenido y Gracias por destruir nuestras casas y nuestros recuerdos. Su penitencia continuó en la conferencia de prensa conjunta con el primer ministro, Fuad Siniora. Una activista irlandesa interrumpió su alocución gritándole: "Debería darte vergüenza", al tiempo que mostraba un cartel con la inscripción: Boicot al apartheid israelí.

Ante las protestas y las reiteradas preguntas de los periodistas británicos sobre si estaba arrepentido, Blair trató de excusarse. "Podía haber pedido el alto el fuego, pero el conflicto hubiera continuado igual hasta la aprobación de una resolución de la ONU", manifestó.

OFERTA ECONÓMICA En el terreno estrictamente político, Blair se comprometió ante Siniora a reforzar al Ejército libanés con "entrenamiento, equipamiento y todo cuanto sea posible". Además, ofreció 60 millones de euros para la reconstrucción del país. Y antes de despedirse, como si quisiera emular al estadounidense Bill Clinton, aseguró que dedicará el tiempo que le queda como primer ministro a lograr la paz en Oriente Próximo.