"Fue una victoria de los de abajo contra los de arriba", dijo en la madrugada de ayer el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, sobre los 58 millones de votos que le dieron la reelección, y que forman parte de una corriente que excede al Partido de los Trabajadores (PT) o las definiciones ideológicas: el lulismo. Su primer discurso fue de barricada y agradecimiento a los más pobres. Pero el ganador también llamó al diálogo para garantizar el crecimiento del país. Y para dar prueba de ello, ayer se reunió con algunos de sus rivales.

Un día después de la victoria de Lula, los analistas se siguen preguntando por qué el presidente no solo salió ileso de los escándalos de corrupción que arrastran al PT, sino que amplió su legitimidad. "Es muy difícil disputar la elección contra un mito", reconoció el gobernador de Minas, Aecio Neves, del Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB).

"Es la victoria de la economía y el carisma", dijo la analista Miriam Leitao sobre esa combinación de personalidad arrolladora, políticas sociales que benefician a 11 millones de familias y estabilidad macroeconómica.

El semanario Isto é fue uno de los primeros en hablar de lulismo para definir la nueva realidad. Para esta publicación, se trata de un fenómeno emocional que se "apoya en la historia y el estilo personal del presidente", está "apartado de las agremiaciones políticas" y es "difuso en cuanto a demarcaciones ideológicas y francamente asistencialista".

El influyente ministro de Relaciones Institucionales, Tarso Genro, anunció ayer que Lula se ocupará "personalmente" de las negociaciones para formar Gobierno, y que dejará al margen al PT. "Se terminó la era Antonio Palocci", dijo Genro en clave económica para referirse a quien fuera el primer ministro de Economía de Lula. Palocci impuso una rígida política de corte neoliberal que se ha prolongado hasta hoy, pese a salir del Gobierno tras un escándalo.