Cada día que pasa, más de 1.300 iraquís cierran a cal y canto sus hogares, sitos en áreas donde su comunidad religiosa o étnica es minoría, y emprenden el exilio, en el interior o en el exterior del país, tras percibir un peligro inminente para sus vidas. Se trata, según palabras del Alto Comisariado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), en un desesperado llamamiento realizado el pasado 8 de enero para recabar fondos, "del mayor desplazamiento no temporal de población en Oriente Próximo desde el éxodo de palestinos tras la creación de Israel en 1948".

Al igual que lo hizo la proclamación del Estado de Israel y la consiguiente huida de palestinos, la guerra entre sunís y chiís en Irak está cambiando la geografía humana de Oriente Próximo, puede que solo para las próximas décadas, puede que para siempre. No son desplazamientos temporales de población cuyos habitantes huyen de una zona de combates para volver tras el fin de las hostilidades, como en la guerra del Líbano.

DIFÍCIL REGRESO "Se trata de un tipo de desplazamiento en el que será muy difícil la vuelta", admite a este diario Bill Frelick, director de política para los refugiados de la oenegé estadounidense Human Rights Watch (HRW). Este movimiento poblacional, unido a anteriores oleadas migratorias, hace que en un país como Irak, con una población de 26 millones, unos 3,7 millones, (o lo que es lo mismo, el 14,2% de la población), sean hoy en día desplazados internos (se han reinstalado dentro de las fronteras de su país) o refugiados (en países extranjeros).

Solo las cifras de desplazados internos son, según Dana Graber, responsable del área de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), "alarmantes". "Desde el pasado febrero, unas 60.000 familias o 351.000 personas han dejado sus casas", indica Graber. "La gente se marcha porque ha sido amenazada en mensajes a través de móviles, secuestros, grafitis escritos en los muros de sus casas o panfletos, o simplemente porque se siente insegura", señala Graber. Las tendencias en los movimientos de población consisten en que "los sunís abandonan el sur y van al centro" del país, y los chiís "dejan el centro y van al sur", añade.

La capital, Bagdad, donde antes de la guerra convivían todas las etnias y comunidades religiosas de Irak, es el máximo exponente de esta masiva limpieza étnica y sectaria que apenas acapara la atención mundial. "La gente se va al barrio donde su grupo religioso está más consolidado, donde hay grupos insurgentes de su comunidad que le protegerá", aclara Joost Hiltermann, vicedirector del programa para Oriente Próximo y África del Norte del International Crisis Group (ICG), especializado en estudiar y prevenir conflictos. Pero el gran problema está en los alrededores de la capital, donde es muy difícil establecer zonas de población homogéneas debido a que pueblos chiís y sunís "conviven mezclados y para llegar a ellos hay que atravesar la localidad que pertenece a la otra comunidad", subraya Hiltermann.

JORDANIA, DESBORDADA En el área de los refugiados en el exterior, las cosas no van mejor. "Contando a los palestinos, Jordania, principal destino de los iraquís que huyen, tiene que asumir en estos momentos el mayor porcentaje de refugiados de todo el mundo", dice Frelick, de HRW. Ammán ha "cerrado sus fronteras a todo hombre iraquí de entre 17 y 35 años", algo que, según Frelick, viola el principio legal internacional de no rechazar a refugiados que pueden ser perseguidos en su país.

EEUU y el Reino Unido, que lanzaron la guerra contra Sadam Husein en el 2003, tienen, según Frelick, la "obligación moral" de abrirse a los refugiados iraquís, pero no lo hacen porque sería admitir "su fracaso".