Ni Siria, ni Irán, ni Corea, ni Afganistán, ni, por supuesto, África o el cambio climático. Aunque todos esos temas están en la agenda de la cumbre de dos días del G-8 que comenzó ayer en Camp David, el abismo al que se asoman Grecia y la eurozona son los protagonistas de una reunión donde líderes con visiones enfrentadas sobre cómo salir de la crisis buscan, con pocas expectativas de logros concretos, mensajes coherentes.

El anfitrión, Barack Obama, ha prometido liderar un diálogo que trate de hallar "pasos específicos" para responder a la situación que vive el Viejo Continente. Y ayer, tras recibir en la Casa Blanca al nuevo presidente francés, François Hollande, aseguró que "este es un asunto de extraordinaria importancia, no solo para los europeos, sino para la economía mundial". "Estamos deseando tener una fructífera conversación sobre cómo gestionar un enfoque responsable de la consolidación fiscal que esté emparejado con una fuerte agenda de crecimiento", dijo.

INACCIÓN Pero la Casa Blanca lleva tiempo minimizando las expectativas ante la cumbre. Aunque ayer mismo el presidente prometió que se hablará de "los medios para estimular el crecimiento", las reuniones del G-8 son tan reconocidas por el ambiente que permite a los líderes mantener conversaciones francas y directas (sobre todo en un sitio tan aislado como Camp David) como por su falta de adopción de decisiones. Esa inacción hace tiempo que granjea críticas de irrelevancia a unas cumbres nacidas en 1973 y que han perdido peso frente a las del más amplio G-20, con presencia de economías emergentes como China y Brasil y que se reúne el mes que viene en México.

En año electoral, Obama es consciente de las peligrosas consecuencias para sus perspectivas de reelección de una economía global sacudida por un potencial descalabro del euro y de Europa, principal socio comercial de EEUU. Y aunque su intención en Camp David es, al menos públicamente, no imponer tesis, ha dejado claro desde su llegada a la Casa Blanca que su apuesta para superar la crisis en EEUU pasa por aplicar a corto plazo políticas de estímulo dejando para el largo los recortes y el control del déficit, táctica que cree también válida para Europa.

Discretamente, en el retiro de las montañas Catoctin de Maryland, se puede esperar que la Casa Blanca presione para una intervención más agresiva. Y el secretario de prensa de Obama, Jay Carney, ya dejó claro esta semana que su jefe pretende instar a los líderes europeos a que "aborden la necesidad de crecimiento de Europa y de dar empleo a la gente, sobre todo a los jóvenes".

PRIORIDAD Tras recibir a Hollande, Obama reiteró que lo prioritario son las políticas de expansión. El encuentro, de 20 minutos, selló una nueva alianza filosófica en términos de política económica tras la marcha de Nicolas Sarkozy. La llegada del socialista al Elíseo plantea retos a Washington --por la promesa de París de retirar las tropas de combate de Afganistán a finales de año-- y altera también el diálogo entre EEUU y Europa.

En ese nuevo mapa, con el alineamiento con las tesis de Obama, de Hollande, del primer ministro italiano, Mario Monti, y del británico, David Cameron, se queda más sola, aunque aún poderosa e influyente, la cancillera alemana, Angela Merkel, con su defensa a ultranza de las políticas de austeridad. Merkel ha empezado a suavizar su oratoria.

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