El jefe de los conservadores, Antonis Samarás, ha logrado su sueño, perseguido con ahínco y no siempre de forma limpia, de dirigir Grecia. Con los resultados logrados ayer, se perfila un Ejecutivo de la Nueva Democracia (ND) con apoyo de los socialdemócratas del Pasok.

Cuando, tras la caída de Yorgos Papandreu (Pasok), en noviembre, Samarás aceptó que su partido formase parte de una coalición liderada por el exbanquero Lukás Papadimos, exigió elecciones anticipadas. Tras dos años de desastroso Gobierno de los socialdemócratas, se sabía ganador. Por eso, su fiasco en los comicios del 6 de mayo no pudo ser mayor: había ganado, pero con el peor resultado de la historia de la ND.

Los que lo conocen dicen que estas semanas han sido un infierno para él. Anoche respiró tranquilo. Pero la misión que se le presenta a Samarás es difícil. En las semanas previas a los comicios de mayo no dudó en repetir hasta la saciedad que, él, con los socialistas --"ladrones" y "mentirosos"--, no pactaba. Ahora deberá tragarse sus palabras. "Invitamos a todas las fuerzas políticas europeístas a participar en un Gobierno de salvación nacional", declaró.

Gesto para la galería

Pero, por mucho que tanto el líder conservador como el del Pasok, Evangelos Venizelos, hiciesen llamamientos a formar un Gobierno de unidad nacional, se trata de un gesto cara a la galería, puesto que la izquierdista Syriza se siente más cómoda en el papel de la la oposición, reforzado por un gran crecimiento de su apoyo (del 4,6% al 27% en dos meses), que en el desgastador papel de socio. Además, por mucho que hoy se inicien los contactos de la ND con todas las fuerzas, es probable que la UE inste a Samarás y Venizelos a pactar rápidamente y no repetir el paripé de los últimos comicios.

Eso sí, Syriza y los restantes partidos contrarios a las medidas de austeridad han cosechado una victoria importante. Si en mayo, la ND y el Pasok se mostraban más o menos fieles a la continuidad de las políticas requeridas por los prestamistas internacionales, en las últimas semanas prometieron sin ambages una renegociación del último plan de rescate. Si el nuevo Gobierno no es capaz de obtener alguna concesión de Bruselas, la presión social será enorme.