En menos de cuatro días los festejos del 60º aniversario del Tratado de Roma, celebrado en el día de ayer, serán pasado y la Unión Europea se dará de bruces con la cruda realidad. El Reino Unido se marcha, de verdad, y en un plazo de dos años el club dejará de estar formado por 28 estados miembros, en la constatación evidente de que el proyecto de integración sí tiene marcha atrás. Ayer, sin embargo, los 27 jefes de Estado y de Gobierno de la UE -todos menos la británica Theresa May- optaron en Roma por ignorar el inminente terremoto político que se avecina, cerrar filas, renovar sus votos con el proyecto europeo y lanzar un mensaje de unidad.

«Europa es nuestro futuro» y «la unión está unida y es indivisible», proclamaron en la declaración solemne firmada en la capital italiana con toda la pompa y el boato de las grandes ocasiones. La ceremonia tuvo lugar en la sala de los Orazi y Curiazi, en el Palacio de los Conservadores del Campidoglio, frente a las ruinas del Foro Romano. El mismo lugar en el que hace 60 años los seis países fundadores del club -Francia, Alemania, Bélgica, Holanda, Luxemburgo e Italia- firmaron los tratados que dieron origen a la Unión Europea.

«DISTINTAS INTENSIDADES» / La firma, que estamparon 30 dirigentes -solo tres de ellos mujeres-, deja algunos gestos curiosos. El primer ministro griego, Alexis Tsipras, tomaba aire unos segundos antes de poner el boligráfo sobre la declaración, mientras que su colega polaca Beata Szydlo levantaba los brazos en gesto de concesión. Ambos mandatarios habían amagado en los últimos días con sabotear el texto, pero finalmente no amargaron la fiesta.

El texto promete trabajar en los próximos 10 años en cuatro áreas -seguridad, desarrollo económico, cohesión social y en la escena internacional- y no descarta, pese al rechazo que la idea suscita en Varsovia, la posibilidad de avanzar «a distintos ritmos e intensidades cuando sea necesario, mientras avanzamos en la misma dirección (...) manteniendo la puerta abierta a quienes quieran unirse más adelante».

Pero más allá de la fiesta, el 60 cumpleaños dejó mucha autocrítica en un momento en el que es muy necesaria. «No podemos pararnos cuando el mundo a nuestro alrededor está en movimiento, pero demasiadas veces lo hemos hecho, y eso ha provocado en una parte de nuestra opinión pública una crisis de rechazo y ha hecho reaflorar un nacionalismo que creíamos haber dejado atrás», reconoció el primer ministro italiano, Paolo Gentiloni. «Se han cometido muchos errores», admitió Antonio Tajani, presidente del Parlamento Europeo, preocupado por el «desapego» de los europeos hacia la Unión.

LAS ADVERTENCIAS / Europa debe corregir el rumbo y lo primero que debe hacer es cumplir lo que promete. «Tenemos que hacer lo que decimos. No hacer nada no es una opción a no ser que queramos pasar a la historia como los que a través de nuestra inacción desmantelamos un proyecto de 60 años», alertó el primer ministro maltés, Joseph Muscat, cuyo país ocupa este semestre la presidencia semestral de la UE. «No somos más que los herederos, pero solo unidos podremos encarar los desafíos», dijo por su parte el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, quien subrayó el futuro del bloque como una Unión «indivisible y sin divisiones», cuya fortaleza reside en esa unidad, al tiempo que llamó a sentirse «orgullosos» de los logros en materia de paz, seguridad, prosperidad y derechos fundamentales logrados en los 60 años de historia del proyecto europeo.

«Creo que no nos sentimos suficientemente orgullosos de lo que hemos logrado en Europa. No somos conscientes de esos logros, aunque otros sí se fijan desde fuera en lo que hacemos», proclamó Juncker en su discurso previo a la firma de la declaración.

Pero si hubo un dirigente europeo especialmente crítico fue el presidente de la UE, Donald Tusk, quien, al igual que el proyecto europeo, ha cumplido 60 años. Media vida, contó, la pasó al otro lado del telón de acero luchando por un sueño que durante décadas tuvieron prohibido. Por eso instó a sus colegas a no destruir los avances porque «Europa como entidad política o está unida o dejará de existir. Solo una Europa unida puede ser una Europa soberana respecto al resto del mundo y solo una Europa soberana puede garantizar la independencia para sus naciones».

Tusk también utilizó la solemnidad del Campidoglio para recordar al Gobierno polaco y a otros países del Este que «no basta con lanzar un llamamiento a la unidad y protestar en contra de las múltiples velocidades» porque lo importante es respetar «las reglas comunes» como los derechos humanos, las libertades civiles, la libertad de expresión y de reunión y el Estado de derecho. «Estos son los verdaderos cimientos de nuestra unidad», proclamó. Y cerró el acto con un mensaje: «Después de Roma será necesaria más que nunca una Unión política. Probad que sois los líderes de Europa y cuidad del legado recibido».