E n la brumosa mañana aún se distingue el río Yantsé, esa majestuosa cicatriz que divide y ordena Wuhan, pero cuesta verle los márgenes a una ciudad que crece sin bridas. «Wuhan es hoy el lugar más seguro de China», cuenta la shanghainesa Liu asomada desde lo alto de la Pagoda de la Grulla Amarilla. «Y, si pasa algo, tenemos experiencia en arreglarlo», añade Yang, su amiga local.

Wuhan es la ciudad más segura y sabe cómo vencer al virus. Esa fórmula, con variantes mínimas, se repite como un mantra estos días. Wuhan es la ciudad que concentra el grueso de los muertos –oficiales– en China (3.869, de 4.635), la de los hospitales desbordados y los cadáveres en bolsas. También es la que suma ocho meses sin contagios, la de las recientes fiestas en macropiscinas y celebraciones multitudinarias de Año Nuevo. Wuhan sintetiza el triunfo chino contra una pandemia que aún atormenta al mundo.

El remedio fue aplicado un año atrás. Sus 11 millones de habitantes fueron encerrados en un experimento social sin precedentes en la historia moderna. Sin trenes ni aviones, recluidos en sus casas durante 76 días, sin visitas al supermercado ni al estanco.

El mundo fue escéptico ante una medida que después adoptaría. Será ineficaz, decían algunos; es la enésima violación de derechos humanos de una dictadura, decían todos. Los últimos estudios de seroprevalencia indican que frenaron la expansión del virus en el resto del país. Shanghái o Pekín, con una veintena de millones de habitantes cada una, registran apenas un puñado de muertos.

Nadie ha olvidado aquellas semanas de plomo. Liang, de 44 años y con diabetes, sufrió una incesante tos a finales de enero. Integraba los comités de distrito que llevaba la comida a domicilio y que, junto a la red de voluntarios, permitieron la estricta cuarentena. Lo recuerda su hermana Yang: «Llamó al hospital, pero le dijeron que estaban desbordados, que había 500 personas en espera. Yo le telefoneaba todos los días y me repetía que estaba bien, hasta que una vez contestó mi padre y me dijo que lo habían ingresado porque estaba muy enfermo. Fui a visitarlo al Hospital Xiehe y me asusté. El suelo de los pasillos estaba cubierto por pacientes, no había suficientes médicos ni enfermeras. Conseguí colarme en su habitación. Estaba inconsciente, apenas abría los ojos. No pudo contestarme. Llegué a casa una hora después y me llamaron. Había muerto».

Yang comparte un juicio extendido. Sabe que la realidad no se ajusta a la propaganda. Que las autoridades locales minimizaron la gravedad del virus las primeras semanas y organizaron imprudentes banquetes cuando ya se sospechaba del contagio humano. Pero también que el Gobierno tomó medidas audaces y sin precedentes después, que improvisó la logística para atenderles y dio consejos válidos cuando se sabía aún poco del virus. Un vistazo al pertinaz naufragio global un año después de que Wuhan mostrara el camino decanta la balanza. «Mi hermano sabía que estaba enfermo y decidió arriesgarse para ayudar a los demás. Era su trabajo y su deseo. No le guardo rencor a nadie», señala en un bar mientras apura una cerveza.

El cerrojazo generó reacciones variadas. Chen Li, de 27 años, entró en pánico. «Estaba convencida de que iba a morir en cualquier momento. Acababa de licenciarme después de muchos años de duros estudios y pensé que era muy injusto», cuenta. Chen Liu, inversor en la treintena, solo lamenta aquel tedio compartiendo techo con su mujer, hijo y suegros. «No teníamos suficientes temas de conversación, los días se sucedían sin nada que hacer», explica, aunque añade: «Sabíamos que en casa estábamos seguros».

No es comparable aquella cuarentena con las que después replicaría el mundo. Fue más rigurosa y larga y, sobre todo, más inquietante. Los wuhaneses se enfrentaban a un virus del que aún se desconocía el índice de mortalidad o las vías de infección, ignoraban si bastaría el encierro para vencerlo o cuánto duraría este. Muchos sufrieron estrés, ansiedad, insomnio o pensamientos suicidas. Aquellos días también sirvieron para vencer clichés sobre la psicología, desdeñada por Mao como un delirio pequeñoburgués, y que se dejara de estigmatizar al que pide ayuda como a un loco.

Un servicio de ayuda telefónica funcionaba el primer día del encierro con equipos de 20 psicólogos comandados por los más experimentados. Las primeras semanas fueron un frenesí, recuerda un profesor de Psicología de la Universidad de Wuhan que pide el anonimato. «Teníamos tantas llamadas que había un tiempo máximo para cada una. El pánico desapareció cuando la gente empezó a ver que la mayoría de enfermos se curaban», cuenta. Los cuadros más serios, asegura, están vinculados a problemas sedimentados. Las secuelas son raras un año después en los jóvenes, pero algunos mayores siguen arrastrándolas.

El país sin embargo no tiene cifras tan positivas, ya que en las últimas semanas se ha producido un importante rebrote. El 14 se registró el primer muerto desde mayo. Y por números, en la de Heilongjiang, acumulan 256 casos. Las cifras siguen creciendo lejos de Wuhan, una ciudad que no mira atrás más de lo necesario. H