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El Periódico Mediterráneo

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Un año del asalto al Capitolio

Dos centros de mando y un destino: desguazar la democracia de EEUU

Días antes del asalto al Capitolio, los asesores de Trump establecieron su centro de operaciones en dos hoteles de Washington, donde se coordinó una estrategia legal para tratar de cambiar el resultado de las presidenciales

Rudolph Giuliani y Donald Trump, durante una reunión mantenida el 20 de noviembre de 2016 en Nueva Jersey.

Desde que el Hotel Willard abriera sus puertas en 1847, su vestíbulo ha sido uno de centros recurrentes de la intriga política en Washington. No en vano, hay quien dice que allí se acuñó la palabra 'lobista' o cabildero, cuando su 'lobby' empezó a llenarse de empresarios, picapleitos y conspiradores de todo pelaje que trataban de camelarse al presidente Ulysses Grant (1864-1865) para que defendiera sus intereses, un Grant que muchas tardes recorría a pie la calle que separa la Casa Blanca del Willard para tomarse un brandi y fumarse un puro en su vestíbulo. Más de 150 años después, ese mismo edificio de estancias augustas volvería a honrar su vieja reputación. Esta vez para albergar las cocinas del mayor intento para desguazar la democracia estadounidense desde su sangrienta guerra civil.

Corría finales de diciembre del 2020 cuando un equipo de asesores de Donald Trump estableció en las suites del Willard uno de sus "centros de mando" para tratar de subvertir el resultado de las urnas, apenas un mes después de que el republicano perdiera las elecciones contra Joe Biden. (El otro se instalaría en el Hotel Trump, situado a menos de un kilómetro en la misma avenida Pensilvania). Sus más fieles escuderos trufaron aquel gabinete de crisis en la sombra, encargado de concebir una estrategia legal que permitiese al presidente perpetuarse en el poder durante un segundo mandato, por más que hasta el Departamento de Justicia hubiera descartado ya la teoría del fraude.

Allí estaba su abogado personal Rudolph Giuliani, el delirante arquitecto del bulo de las irregularidades electorales; Steve Bannon, el ideólogo de cabecera del movimiento; el exjefe de la policía de Nueva York Bernard Kerik, dedicado ahora a investigar el supuesto pucherazo; o John Eastman, el abogado ultraconservador que condensaría en un memorando de dos páginas las opciones de Trump para abortar la coronación de su rival, lo que algunos han bautizado como "el borrador del golpe de Estado". 

"Yo creía que algo se podía hacer hasta el día de la toma de posesión, por eso mantuvimos la lucha", diría Kerik meses después a 'The Washington Post', que ha reconstruido los acontecimientos del Hotel Willard. Intentarlo, lo intentaron todo. El 2 de enero, cuatro días antes del fatídico asalto al Capitolio, Trump, Giuliani e Eastman mantuvieron una teleconferencia con más de 300 legisladores estatales para informarles de las supuestas pruebas del fraude en siete estados y pedirles que se negaran a certificar el resultado de las presidenciales en sus respectivos territorios. "Vosotros sois el verdadero poder. Vosotros sois los que vais a tomar la decisión", les dijo el presidente, según 'The Washington Examiner'.

Estrategia en manos de Pence

Ese mismo día Eastman lo expresaría en otros términos al intervenir en el podcast de Bannon, convertido en uno de los altavoces de la rebelión en ciernes. "Estas legislaturas están obligadas a corregir semejante conducta escandalosa y asegurarse de que no ponemos en la Casa Blanca al tipo que no ganó las elecciones", diría el abogado, al que Trump reclutó meses antes tras verlo en un programa de Fox News echando pestes contra la investigación de la trama rusa. Pero las legislaturas estatales eran solo una de las piezas del puzle. El grueso de la estrategia pasaba por convencer al vicepresidente Mike Pence de que tenía potestad para decidir al ganador de las elecciones en su calidad de presidente del Senado, donde el 6 de enero debía certificarse definitivamente la victoria de Biden

El 4 de enero Trump y Eastman se reunieron con Pence en el Despacho Oval para explicarle sus opciones, telegrafiadas en el memorando de Eastman. Esencialmente le pidieron que retrasara el recuento de los votos electorales en el Congreso para dar tiempo a que los estados investigaran las alegaciones y cambiasen eventualmente el signo de suficientes votos para darle la victoria al presidente. Pero a Pence, que había sido el modoso facilitador de los desbarres de su jefe durante cuatro años, le temblaron las piernas. No se daban las condiciones para impugnar el resultado, le advirtieron sus asesores legales.

Trump le transmitió su frustración a Bannon al terminar la reunión. "Ha estado muy arrogante", le dijo a modo de resumen refiriéndose a Pence, según recogieron Bob Woodward y Robert Costa en 'Peligro', el libro que narra los acontecimientos que precedieron el asalto al Capitolio. Ya no podrían convencerlo. Dos días después, poco antes de que comenzara la sesión para certificar el resultado, poco antes de que la turba de bárbaros reventara los primeros cristales del Congreso, Pence expresó su intención de certificar la victoria de Biden.  

Certificación del resultado en el Congreso

"Algunos creen que como vicepresidente debería ser capaz de aceptar o rechazar el resultado unilateralmente", escribió en una carta colgada en Twitter. "Tras un estudio minucioso de nuestra Constitución, nuestras leyes y nuestra historia, no creo que ninguna de esas interpretaciones sea correcta". La suerte de Trump estaba echada. De nada sirvió que 139 diputados y ocho senadores republicanos acabaran objetando al recuento en el Congreso o que durante más de tres horas interminables se encomendara al poder de la violencia de sus seguidores.

Para ser exactos, 187 minutos, el tiempo que tardó en pedirle a los suyos que se marcharan a casa en uno de los discursos más infames de la historia estadounidense. "Conozco vuestro dolor, sé que estáis heridos. Celebramos unas elecciones que nos han robado", dijo finalmente a las 16.17 horas de aquel día de Reyes aciago a través de un vídeo colgado en las redes. "Necesitamos tener paz, así que iros a casa. Os queremos, sois muy especiales". La insurrección había fracasado.

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