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El Periódico Mediterráneo

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Angustia a 3.500 kilómetros del Donbás

“No dejéis que los niños de Ucrania vean la guerra”

Abogados españoles ayudan a las familias - Ya han llegado seis menores a Madrid y Barcelona

Ciudadanos ucranianos rezan por su país en su iglesia evangélica de Madrid.

Algunas mujeres con pañuelo en el pelo alzan los brazos estremecidas cuando oyen al pastor Yaroslav Dimko clamar: “¡Gospodin, slaba Ukraina!” (Señor, salva a Ucrania) en el salón en el que han establecido su templo. Son evangelistas de la Iglesia Ucraniana de la Salvación de Dios reunidos en un modesto local de un barrio de trabajadores de Madrid. Los han convocado a rezar tan solo unas horas antes de que Putin lance sobre su país el enorme ejército que ha acumulado en la frontera.

La escena es de una intensidad aplastante, febril en muchos instantes de emoción. La feligresía oye el relato bíblico de la lucha entre David y Goliat, especialmente elegido para el momento, mientras unos preciosos niños se mueven por el salón ajenos a la enorme tribulación de sus mayores. Los parientes varones de los que han venido al salón han recibido de madrugada la orden de incorporarse a una base militar. Toda la concurrencia tiene familia y amigos en lo que ya es un país en guerra.

Tres chicas y dos chicos -la solista entre lágrimas- interpretan con guitarra, piano y cajón el “Boje Ukraina bereyé” (Dios proteja a Ucrania), que habla de paz, de jardines y flores. De los niños hablará luego Yaroslav con este diario. De los niños en peligro, que preocupan a este predicador de 46 años, que se gana la vida como sastre en la periferia: “La guerra es muy dura para ellos, se quedará en sus cabezas, no la podrán olvidar en su vida; hay que ayudarlos”, suplica.

Puente aéreo

Una cadena solidaria une ya eslabones para apartar a los menores del infierno en el que se han convertido las provincias del Donbás y toda Ucrania. Españoles e inmigrantes ucranianos ya buscan acomodo para traer pequeños refugiados, aunque sea una temporada de vacaciones.

"La guerra deja malos sentimientos en la cabeza, y eso no debe pasarle a los niños", dice el albañil Iván Kuros

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Los primeros seis niños de familias de Donetsk y Lugansk han llegado a España, cuatro a Madrid y dos a Barcelona, la pasada semana, en el inicio de esta discreta acción, cuentan representantes de diversas entidades de la colonia ucraniana.

El abogado Luis Carlos Cano ha propiciado el refugio de una niña de 9 años. La mandan sus padres desde la zona ya bombardeada de Donetsk a la casa de su abuela en Madrid. “El vínculo familiar es una condición”, explica Cano. “No necesitan visado, pero de momento solo se pueden traer niños previo consentimiento parental y para que estén con otros familiares aquí”.

También se ha puesto en marcha un grupo de miembros del Colegio de Abogados de Madrid. Y pese a lo discreto de su arranque, “ya llegan infinidad de solicitudes de ayuda”, cuenta Cano.

La angustia de los ucranianos en Madrid: "No dejéis que los niños vean la guerra"

La angustia de los ucranianos en Madrid: "No dejéis que los niños vean la guerra" David Castro

“La idea es no dejar que vean la guerra”, explica, y a la vez pide, Iván Kuros, dueño de una pyme de construcción en la Pequeña Ucrania en que se ha convertido la conurbación en torno a la carretera de Barcelona. El albañil Kuros dirige los sábados la escuela Nove Pokolinnya (Nueva Generación) en un local que le ha cedido el Instituto Cervantes. Dice que no solo está recibiendo muchas peticiones, “también muchas ofertas de españoles para dar acogida a los niños”.

En un momento de descanso de su trabajo, sentado en un hito de la carretera de Camarma de Esteruelas, junto a Alcalá de Henares, relata que a su primo de 32 años lo acaban de movilizar para el Ejército. “La guerra deja malos sentimientos en la cabeza. Eso no debe pasarle a los niños”, sentencia. A la asociación que preside le han puesto un nombre triste y elocuente: Diáspora.

El estante de los dulces

Sobre qué es la guerra saben más de lo que quisieran en casa de Kateryna K. Su marido, Maksym, la vivió terriblemente cerca cuando lo movilizaron para los combates de 2014 en el Donbás, siendo un muchacho. Una parte de su servicio lo tuvo que desempeñar en un escuadrón de recogida de soldados muertos.

Kateryna K. regenta junto a la estación de Atocha una tienda de comestibles, Ucranmarket, llena de letreros en cirílico, botellas de vodka, quesos, embutidos y chuches. En una estantería del fondo conviven los bombones rusos de crema de leche con las chocolatinas ucranianas de almendra. Es el lineal de los solodoschi, los dulces, juntos unos con otros en sus bolsitas de plástico a 1,95 la media docena.

Ciudadanos ucranianos se concentran frente a la embajada de Rusia en Madrid. David Castro

En el comercio no se permiten discusiones entre rusos y ucranianos. “Esto no es una embajada ni un parlamento: es solo una tienda”, explica Maryna, su madre. Si alguien habla en ruso, se le contesta en ruso; si en ucraniano, en ucraniano. “Es como el castellano y el catalán”, explican.

Pero Kateryna es ucraniana, y tiene a los abuelos allí. “Lo primero que hacen al levantarse es poner la tele, y mirar quién ha muerto, porque todos los días hay muertos. Vivimos pendientes del teléfono”, relata nerviosa.

Garbanzos y drones para el frente

Una comunidad de 115.186 inmigrantes vive en carne viva los acontecimientos de Ucrania, recalentados por las televisiones que ven en sus ordenadores, sus casas, sus móviles. “Cargo el teléfono dos veces al día. Hablo mucho con mi padre”, relata Iván, regentador de un bar de menús para obreros en la rotonda de Camarma. Y más ahora, porque a su padre, pese a tener 53 años, le ha llegado un aviso de movilización con el nombre de una base cerca de Chernivtsi.

Los inmigrantes ucranianos preparan paquetes para enviar a los soldados en su país: macarrones, garbanzos, botas, drones...

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Iván tiene 29 años, y lleva 13 viviendo en España. Su madre fue cocinera de Zinedine Zidane, pero él es del Atlético de Madrid por más que conociera al crack. De los 13 años que lleva en este país, ocho los ha pasado viendo llegar refugiados poco a poco, “del Donbás, de Donetsk… vienen con sus niños para no estar en la guerra. Algunos allí echan de menos la Unión Soviética, el comunismo, el vale de comida… ¿Sabes que muchos pueblos rusos no tienen gas y andan pidiendo leña? ¡Eso en el país mayor exportador de gas!”, clama moviendo la cabeza

Las referencias históricas que maneja este hostelero en su educación escolar y sentimental son tristes de puro trágicas. El Golodomor, por ejemplo, la letal hambruna que vivieron los ucranianos en tiempos de Stalin. De aquella época negra recuerda el relato de una tía abuela: “Llegó a nuestro pueblo un hombre del Donbás. Venía muy hambriento. Le dieron un trozo de pan, lo devoró y cayó al suelo muerto”.

Iván se tiene que ir. Está liado con los menús, y cuando acabe colaborará en un envío de ayuda a los soldados ucranianos con lo que van entregando los inmigrantes que viven en España: macarrones, garbanzos, botas, drones…

“Hay que organizarse”, dice Yuri Chopyk, mediador social, ingeniero, cincuentón desolado por su país. Su esposa le ha bordado el tridente del escudo ucraniano en la mascarilla. Con otros compatriotas se planta ante la blanca fachada de la embajada de Rusia, adornada con un retrato del cosmonauta Yuri Gagarin, saca de un hato su bandera amarilla y azul, carteles acusando a Vladimir Putin de genocida, y se pone a protestar. Quizá el pueblo ruso se oponga a la guerra, o quizá no: “Ya no hay pueblo ruso –rumía-, sino zombies secuestrados por la propaganda y el miedo de la dictadura… Algún día a Putin lo juzgará un tribunal internacional por crímenes de guerra”.

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