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El desafío ruso

Las vidas quebradas de Ucrania

Los ucranianos no llegaron nunca a imaginar que un día se despertarían con la noticia de que Rusia estaba invadiendo su país, una pesadilla que empezó hace ahora un mes y que deja una población traumatizada por la tragedia que está viviendo

Ciudadanos asisten a un entrenamiento para aprender a usar las armas en el puerto de Odesa, este miércoles.

Hace un mes las ciudad de Kiev, Járkov, Dnipro, Mariupol, Odessa o Sumi derrochaban vida. Los días transcurrían como siempre. Había cierta preocupación por la pugna con Rusia y muchos habían empezado a hacer cursos de supervivencia, pero prácticamente nadie pronosticó entonces lo que estaba por venir, ni lo creyó posible. La sensación era, sencillamente, que lo inimaginable no iba a ocurrir. Pero la madrugada de aquel 24 de febrero, las sirenas antiaéreas, ahora imposibles de olvidar, dieron paso a la pesadilla. La de una invasión que empezó a dejar vidas quebradas.

Artur Bakhashaliev, un informático de treinta y tantos años, lo recuerda bien. Ese día se encontraba junto su amigo Kiril en la estación de esquí de Bukovel cuando, al despertarse, leyó la noticia en las redes sociales. Bakhashaliev afirma que a partir de ese instante, como le ocurrió a millones de ucranianos, su teléfono empezó a recibir miles de mensajes y llamadas de amigos y familiares. La información más preocupante la supo casi enseguida. El aeropuerto de Gostómel, cerca de su casa en las afueras de Kiev, se había convertido en uno de los lugares en los que primero la batalla había empezado a tomar forma. “Estábamos Kiril y yo, y nos mirábamos desorientados sin saber bien qué hacer, ni adónde ir”, recuerda.

Esa sensación de parálisis también la tuvo Ekaterina Ushanova, que al oír la señal de alerta lo primero que hizo fue bajar a comprar agua. “No sé por qué lo hice, tal vez porque el agua corriente es de mala calidad en Kiev. Cuando llegué al supermercado había tanta gente que tuve que esperar media hora antes de poder entrar”, afirma esta joven de 31 años. “Me costó mucho aceptar lo que estaba pasando, ya había tenido ataques de pánico y problemas de ansiedad y estaba intentando recuperarme”, añade Ushanova que hoy se encuentra temporalmente en Lviv, ciudad a la que llegó después de convencerse de que la capital de Ucrania, en la que hace ocho años se refugió cuando Rusia anexó su Crimea natal, ya no es un sitio seguro para ella. 

La decisión de dejar la ciudad

El hombre que salvó por segunda vez a Ushanova se llama Myhailo Mysak, tiene 56 años, y es un tipo muy religioso y algo nacionalista. Aquella fatídica jornada, Mysak recibió instrucciones sobre lo que tenía que hacer por teléfono de su mujer Vira, que se encontraba en un viaje de placer en Chipre con el hijo de ambos. “Me dijo: aprende inglés y aloja en casa a todos los refugiados que puedas”, cuenta Mysak, Y eso es lo que ha hecho desde entonces, como también le piden en su parroquia. “Aquí ha venido gente de Jarkov, Kiev, Irpin… Algunos se han ido ya, otros siguen aquí. No es la primera vez que en mi familia se hace esto, mis antepasados también lo hicieron con los que escapaban de la Gran Hambruna de Holodomor (que, en la década de 1930, devastó Ucrania, entonces territorio de la Unión Soviética)”, sostiene Mysak, propietario de una tienda de alimentos. 

“Fue un día que lo cambió todo”, dice Kateryna Marynets, una ama de casa de Limán, en la región oriental de Donetsk. “Me desperté con mucho miedo al escuchar los bombardeos, pero también decidida a quedarme con mi marido, que es médico”, explica. Tras una conversación con una amiga íntima, residente en Jarkov, decidió marcharse de la ciudad. “Me dijo: ‘vete ya, antes de que lleguen los rusos’. Así tomé la decisión”, recuerda. “Hice las maletas incluso antes de que mi hijo se despertara”, cuenta mientras clava su mirada en un niño de unos ocho años que está sentado en un refugio para familias. “Desde ese día no ha ido a la escuela”, añade.

La notica del inicio de la invasión traumatizó también a muchos ucranianos que se encontraban fuera del país, a kilómetros de distancia de sus familiares residentes en los sitios en los que desde el principio la artillería rusa se ensañó con fuerza, como la martirizada y asediada Mariúpol, en el sur del país. “Lo peor fue saber que mis dos hijos pequeños estaban allí, en Mariúpol, solos con mi primera esposa, y yo lejos, sin posibilidades de regresar rápidamente para ayudarlos y salvarlos”, explica un hombre, que por miedo, prefiere guardar el anonimato cuando lo encontramos en un desesperado viaje hacia esta ciudad del este ucraniano. “Desde entonces ya no sé nada de ellos, algunos me han dicho que podrían estar en (la ciudad de) Zaporiyia o en Dnipro. Los buscaré por todas partes, traigo dinero y lo intentaré hasta que no pueda más”.

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