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El Periódico Mediterráneo

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Crisis del coronavirus

Un español en Shanghái: el epicentro (dos años después) del coronavirus

Compras a mayoristas ante supermercados desbordados o test de antígenos en las puertas de los que hay que dar parte al minuto, así se vive ahora en la capital económica de China

José Sánchez Rodríguez, en Tongxiang, a 100 kilómetros de Shanghái, días antes del encierro.

"Yo, en abril del 2020, me fui a una casa rural y en junio estaba viajando a una isla". Lo cuenta José Sánchez Rodríguez, nacido en Córdoba en 1990 y residente en China desde hace ocho años, los tres últimos en Shanghái, donde ejerce como director de desarrollo de negocio en la empresa Dragon Trail Interactive. Cuando más de medio mundo estaba encerrado en casa sin apenas haber escuchado hablar del coronavirus, en China ya empezaban a rozar la normalidad.

Dos años después, la cosa es bien distinta. Shanghái, capital económica de China y con 26 millones de habitantes, está confinada tras un repunte del covid-19 que contabiliza ya más de medio millón de casos. José recuerda que la ciudad nunca estuvo confinada, quizá algún restaurante cerrado, pero se podía salir de casa sin problema. Ahora, no pueden bajar a la puerta de la calle ni pueden salir a pasear a sus mascotas.

"China, al inicio de la pandemia, hizo bien su trabajo y, aunque no estuvieras de acuerdo con las políticas que se aplicaron, los resultados fueron buenos. Cuando no había información sobre el virus ni había vacunas, se salvaron muchas vidas, eso no pasó en otros sitios, como en Europa. Aquí lo más afectado fue Wuhan, y nada más", relata este cordobés.

¿Qué ha pasado para llegar a este punto?

Que la normalidad llegara a China antes que a otra cualquier parte del mundo no fue una casualidad. Además de tener un control acérrimo sobre los positivos, la política de entrada al país también es sólida. Cuenta este cordobés que toda persona que viene de fuera y llega a China, sea extranjero o ciudadano del país, debe hacer cuarentena en un hotel durante dos semanas, y después estar una semana más en casa vigilándose. Todo ello con numerosas pruebas previas y con autorización. Es decir, es complicado entrar a China y, además, los vuelos no son, lo que se dice, asequibles.

Sin embargo, en enero todo estalló y se cree que fue a raíz de una persona que entró en el país y no hizo la semana de cuarentena domiciliaria, fue a un centro comercial y a una cafetería (ojo, todo son rumores, porque en una ciudad de 26 millones de personas hacer un seguimiento exhaustivo es una tarea que parece difícil, por no decir imposible). En el caso de José, una compañera de trabajo acudió a la misma cafetería que, se supone, fue la persona que no había guardado cuarentena y finalmente dio positivo.

A partir de aquí vino un periplo que en un país como España es impensable. La compañera de José fue aislada en un hotel y el resto de la plantilla de la empresa tuvo que permanecer en la oficina durante 48 horas y no podían volver a casa si no tenían un test negativo.

José Sánchez muestra el colchón en el que durmió mientras tuvo que hacer cuarentena en la oficina.

Y llegó el confinamiento

A partir de marzo, el repunte desorbitado de casos obligó a confinar Shanghái, primero se aplicó el encierro a una parte de la ciudad, luego a la otra parte. Sin embargo, esto no funcionó y, a día de hoy, los ciudadanos no tienen nada claro cuándo van a poder volver a recuperar la normalidad. "Se rumorea que, para junio, podremos volver a la oficina", cuenta José, que también relata el día a día entre medidas que llaman la atención.

No pueden salir de casa, ni pasear a las mascotas, tampoco bajar la basura ni, por supuesto, ir a trabajar. Hacer la compra individual es imposible, cuenta José, porque los supermercados no dan a basto. La solución ha venido de la necesidad: las comunidades de vecinos se organizan para hacer pedidos directamente a los mayoristas que, como mínimo, suponen 1.000 euros de desembolso.

Se han creado grupos donde hay responsables de los alimentos, como huevos, pan, tartas, fruta... A José, la semana pasada, le llegaron 12 kilos de manzanas, y esto es solo un ejemplo. Los mismos grupos se forman para elegir a un responsable que dé parte a la autoridad sanitaria cuando se detecte algún positivo. Prácticamente cada día a José le dejan un test de antígenos en su puerta, debe hacérselo al momento y enviar la comprobación de su resultado negativo al grupo.

Ejemplo de cómo hay que enviar los resultados de los test a los grupos creados para tal fin.

"Ya no es un problema sanitario, es un problema político"

José expresa clara su opinión acerca de la realidad que está viviendo a día de hoy en China. "Antes del brote, los ciudadanos chinos estaban satisfechos con las políticas que se estaban aplicando, era un orgullo nacional la forma en la que se estaba gestionando la situación", recuerda, "venían las comparaciones: mira cómo está Estados Unidos o mira cómo está Europa", eso ha cambiado.

"Ahora hay muchas opiniones críticas, nunca había visto eso desde que vivo aquí. Se intentan enviar vídeos por las redes sociales contando lo que pasa, pero se censuran", explica José, que cree que el problema "ya es no es sanitario, es político", el gobierno, cree, no va a reconocer que se ha equivocado.

Este cordobés se sabe las cifras oficiales de memoria, de medio millón de contagios, apenas ha habido 238 fallecidos que, además, tenían una media de 83 añosEl 95% de ellos, cuenta, no estaba vacunado.

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Se montan hospitales de campaña en espacios públicos para atender a pacientes positivos, reservándose, entiende José, los hospitales comunes para los casos graves. Sin embargo, se está llegando a extremos de no poder atender a pacientes con patologías graves no relacionadas con el virus y que incluso sufren accidentes porque las ambulancias están encargándose de recoger a los positivos o de hacer test.

"Antes de venir yo sabía que no iba a hacerme mayor aquí, pero no tenía prisa por irme", recuerda José, que ahora tiene claro que su destino más próximo no estará ubicado en China.

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